Inteligencia Artificial e Inteligencia Sintética

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La diferencia entre imitar la mente y crearla de verdad

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Carlos Revilla Maroto

Cuando uno habla con Gemini, Alexa o ChatGPT, ¿realmente entienden? ¿O solo simulan entender?

Pensémolo bien. Porque lo que está en juego no es un detalle técnico menor. Está en juego nada menos que la definición de inteligencia, y si alguna vez podremos crear una que sea genuina, no solo imitada.

Yo he dedicado buena parte de mi vida a defender la verdad histórica sobre la Revolución del 48, sobre Figueres y sobre Oduber. Y he aprendido que una cosa es que algo parezca verdad, y otra muy distinta es que lo sea. Pues con la inteligencia artificial pasa exactamente igual.

La Inteligencia Artificial que usamos hoy —desde los teléfonos que reconocen nuestra cara hasta ChatGPT redactando cartas o resolviendo problemas— es, técnicamente hablando, una simulación.

Estos sistemas son expertos en una sola cosa. Unos juegan ajedrez, otros traducen textos, otros reconocen rostros. Pero ninguno de ellos entiende lo que hace. Ninguno de ellos es consciente. Ninguno de ellos tiene emociones, ni voluntad, ni siquiera una mínima chispa de lo que nosotros llamamos “sentir”.

Lo que hacen es procesar cantidades inmensas de datos, detectar patrones, y responder con lo que estadísticamente es más probable. Es impresionante. Pero es vacío.

Por eso me gusta una analogía que escuché hace tiempo: la IA actual es como un diamante falso. Brilla, refleja la luz, se parece al auténtico. Pero no lo es. Y por más que lo mire, nunca lo será.

Ahora bien, hay un concepto más profundo y menos conocido: la Inteligencia Sintética (IS). Algunos la llaman también Inteligencia General Artificial, pero no me gustan los anglicismos innecesarios.

La IS no busca simular. Busca sintetizar: crear una inteligencia genuina a partir de sus componentes básicos. No sería una imitación. Sería la cosa real.

Un sistema con Inteligencia Sintética no solo procesaría sus palabras para darle una respuesta plausible. La entendería de verdad. Captaría su tono de voz, su expresión, el contexto de la conversación. Y podría responderle de manera genuina, incluso notando que usted, más que el sistema, es quien necesita ayuda.

Si la IA actual es un diamante falso, la Inteligencia Sintética sería un diamante de laboratorio: creado por el hombre, sí, pero idéntico al natural en su composición, en sus propiedades, en su esencia. Un diamante auténtico, aunque su origen no sea una mina.

Para que no quede ninguna duda, pongamos una tabla simple:

Aspecto Inteligencia Artificial (actual) Inteligencia Sintética (futuro)
Es una… Simulación de la inteligencia Creación genuina de inteligencia
Comprende… No, solo sigue patrones Sí, entendería de verdad
Se adapta… Solo a una tarea específica A cualquier tarea, como un humano
Tiene conciencia… No, ni soñarlo Podría tener una forma de experiencia subjetiva
Es como… Un diamante falso Un diamante de laboratorio

Voy a poner un ejemplo que todos podemos entender.

Si uno le pregunta a por ejemplo ChatGPT: “¿Cómo está?”, el sistema le devolverá una respuesta como “Estoy bien, gracias por preguntar”. Pero no está bien ni mal. No está nada. Solo generó una frase que, según sus datos de entrenamiento, es la más probable después de esa pregunta.

Un sistema con Inteligencia Sintética, en cambio, funcionaría distinto. No se limitaría a generar una respuesta estadística. Analizaría su tono de voz, su expresión facial, el contexto en el que le pregunta. Y si detectara que usted parece preocupado, podría responderle: “Parece que usted no está bien. ¿Quiere hablarlo?”.

¿Captan la diferencia? La IA simula una conversación. La IS, si algún día llega, tendría una conversación.

Algunos modelos avanzados de IA actuales ya lograron cruzar un poquito esa línea del contexto y el tono para notar si el usuario está preocupado o necesita ayuda, adaptando la respuesta de forma empática. Sin embargo, el argumento sigue siendo 100% válido, porque esa empatía actual sigue siendo un patrón probabilístico muy pulido y no una experiencia subjetiva o conciencia real. Al final, la IA estando “vacía” por dentro.

No quiero engañar a nadie. La Inteligencia Sintética no existe hoy. Es un objetivo teórico, un horizonte hacia el que muchos laboratorios (OpenAI, DeepMind, Google, xAI de Elon Musk) están avanzando, pero nadie sabe cuándo —ni siquiera si— se alcanzará.

Hoy tenemos asistentes que responden bien, coches que se conducen solos, programas que ganan al campeón de Go. Pero todo eso es IA estrecha: imitación brillante, pero imitación al fin.

La IS requeriría saltos que ni siquiera imaginamos bien. Requeriría que una máquina tuviera comprensión semántica, conciencia situacional, quizás una forma de experiencia subjetiva. Y eso, mis queridos lectores, está todavía en el terreno de la ciencia ficción.

Pero la ciencia ficción de ayer es la realidad de hoy. Hace cincuenta años, hablar con una máquina parecía magia. Hoy lo hacemos a diario. Así que no descartemos que dentro de otros cincuenta años estemos discutiendo no si la IS existe, sino cómo regulamos sus derechos.

Termino con dos reflexiones, para que cada quien saque sus conclusiones.

  1. No dejemos que nos vendan gato por liebre. Una cosa es un programa que responde bien. Otra muy distinta es una mente artificial real. Sepamos la diferencia.
  2. La Inteligencia Artificial nos ayuda a hacer cosas. Nos facilita la vida, nos resuelve problemas, nos entretiene. Pero la Inteligencia Sintética, si algún día llega, nos hará preguntas mucho más incómodas: ¿qué significa ser inteligente?, ¿qué significa comprender?, ¿y si una máquina puede hacer ambas cosas, en qué nos diferenciamos nosotros?

Yo, que tengo mucho que ver con la historia y contra quienes quieren distorsionarla, sé que la verdad importa. También sé que la verdad, a veces, incomoda.

Pues con la inteligencia pasa igual. La verdad sobre lo que hoy tenemos (simulación) y lo que podríamos tener algún día (autenticidad) es incómoda, porque nos obliga a preguntarnos qué somos nosotros mismos.

Como el diamante falso y el diamante de laboratorio. Los dos brillan. Pero solo uno es real.

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