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Carlos Revilla Maroto

Carlos Revilla

Si en 2014 nos sorprendía que WhatsApp llegara a los 450 millones de usuarios, hoy esas cifras parecen de la prehistoria digital. Doce años después, la aplicación ha superado la barrera de los 3 mil millones de usuarios activos mensuales, consolidándose no solo como una herramienta de mensajería, sino como la infraestructura básica de comunicación del planeta. Lo que en su día fue una transacción récord, hoy se revela como el movimiento maestro del capitalismo tecnológico.

Aquel “efecto de red” que mencioné en unos apuntes originales del 2014, ha mutado en algo mucho más profundo. En el capitalismo de plataformas, el valor ya no reside en la venta de un producto o en una suscripción anual. Meta desechó la posible anualidad de un dólar, porque entendió que nuestra privacidad y nuestros metadatos valen muchísimo más que eso. Al ser «gratuito», WhatsApp se convirtió en una infraestructura invisible pero obligatoria; hoy, quien no tiene la app está, en la práctica, desconectado de la vida civil, comercial y política. Ya no somos clientes del servicio; somos la materia prima que alimenta los modelos de lenguaje y los algoritmos de una corporación global.

La simplicidad que antes elogié es hoy una terminal de captura de conducta. El capitalismo tecnológico se basa en la monetización del comportamiento humano. A través de los Estados, los Canales y ahora la integración de la Inteligencia Artificial (Meta AI), la plataforma ya no solo transmite mensajes, también analiza intereses y predice movimientos. Con la llegada de WhatsApp Business y los sistemas de pago, Meta ha logrado intermediar en cada transacción de nuestra cotidianidad, desde la cita médica hasta la compra del supermercado. Quien controla el canal de comunicación, controla el mercado.

Hay un dato en mi texto original que hoy, bajo la explosión de la IA, adquiere una relevancia escalofriante: los solo 55 empleados que operaban WhatsApp al momento de su compra. Esto no fue un detalle fortuito ni una anomalía; fue el presagio del sistema que habitamos. El capitalismo tecnológico ha perfeccionado la fórmula de la rentabilidad máxima con el mínimo factor humano: una infraestructura minúscula capaz de procesar la vida entera de miles de millones de personas.

Con la IA, esa brecha se vuelve definitiva. La tecnología ya no necesita grandes plantillas para expandirse; necesita capacidad de cómputo y acceso a nuestra información. Aquellos 55 empleados fueron la vanguardia de un modelo donde el capital ya no busca generar empleo, sino automatizar el control. En esta era, el éxito se mide por qué tan poco se depende del ser humano para dominar el mundo. Lo que en 2014 era una empresa incipiente, hoy es el tejido conectivo de un sistema donde nuestra conectividad es la mercancía más preciada.

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Un comentario

  1. No hay mas remedio que pensar en una distribución de ese dinero, mas bien que en crear el empleo que los distribuya: lo que ahora es imposible porque lo impide el deseo de conectividad. Lo primero que me viene a la mente es el dicho popular de que «lo barato sale caro»

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