(Debí tirar más fotos…)
Conversaciones con mis nietos
Arsenio Rodríguez

Protestando como estudiante en las calles de México en 1968, sentí el himno mexicano en mis venas. Y caminando por la India, en Kenya, o en la China, me identificaba con tradiciones y escenas, totalmente inentendibles de lenguaje y costumbre, pero que sentía en el corazón. Y ni se diga en el resto del Caribe o América Latina o Europa, donde el idioma y las vibraciones se parecían a los ritmos del comienzo de mi vida, y las diferencias culturales, eran como distintos puntos de asomo, desde un mismo balcón.
Sufriendo esa dilución planetaria, comencé a apreciar la belleza de la diversidad del jardín de la humanidad, y a descubrir nuestra humanidad común.
Yo iba a Puerto Rico por ratos, muchas veces, de vacaciones, para bodas, funerales o conferencias, a esa hermosa isla del Caribe donde nací. Y siempre sentía su esencia en mi -porque allí crecí y me hice consciente de mi humanidad, que después reconocí en el resto del mundo, vestida de otros colores, salpicada de otros sabores, y tocando diferentes instrumentos musicales, pero que era una sola orquesta tocando la misma sinfonía, aun sin saberlo.
Hoy después de esta larga vida, mis amigos, esos con quienes uno anda, comparte, sufre y canta, están dispersos por todo el planeta, algunos viviendo en el aposento de tierra donde nacieron, y otros como yo por todas partes. Pero estamos todos en el mismo barco.
Pero siento que es en nuestro punto de origen, al aprender a tocar el instrumento musical particular del aposento, donde uno nace y crece, donde se aprende a escuchar esa canción universal. Ahí se forja la capacidad de sintonizar con el concierto sinfónico global, y darnos cuenta de que somos parte de una sola orquesta.
Volví a visitar al San Juan que me vio nacer y crecer. Solo por tres días, pero esta vez acompañado de una de mis hijas, y uno de mis nietos. No sé si fue el hecho de las tres generaciones, la profundidad de las distintas relaciones, o el estar de nuevo con mi hermana de 90 años, con amigos del alma, algunos oriundos de allí, y con una querida amiga Tica y su amiga. Pero algo se desató adentro, más allá de las palabras, donde uno escucha la música, la sinfonía de vivir.
El primer día, acabando de llegar, fuimos en el atardecer a caminar por el viejo San Juan. Recorrimos las
calles adoquinadas, las mismas calles que caminaba de niño, adolescente y adulto, antes de irme de la isla.
Y algo me pasó.
Mi percepción de aquel atardecer, que se derramaba mágico sobre los viejos edificios, la bahía, los adoquines, las calles de siglos, y los transeúntes, era de que estaba en un teatro tridimensional, con tiempos entremezclados, donde se proyectaban simultáneamente, capítulos de una película en serie, de momentos de mi crecimiento. Reviviéndolos, desde mi presente octogenario, y al mismo tiempo experimentándolos desde la infancia, adolescencia, y juventud. –Las vidrieras de navidad cuando era niño, de la tienda González Padín, las rondas nocturnas de mi adolescencia, mi tiempo de vivir en la calle Luna, la Plaza de Armas, la vida y el amor.
Veía la película siendo parte de ella a su vez, dándome cuenta de cómo se iba manifestando esa música silenciosa de todos en mí, de cómo fui aprendiendo a escuchar y a tocar la canción de humanidad, con los instrumentos de la tierra en que nací. Estaba allí con mi hija, que lleva más de la mitad de su vida viviendo de gitana trotamundos como yo, con mi nieto que nunca ha vivido ahí, y con mi amiga del alma, la Tica que se enamoró de mi país, como yo del suyo.
Fue todo un viaje, externo e interno. Un volver y un despertar, un darme cuenta de lo caminado y de lo aprendido, lo olvidado, y lo que fue desperdiciado, durante el tiempo que pasó, cuando no reconocí en su momento, su valor.
Debi tirar más fotos…de cuando estuve en esa escuela, que me enseñó, no solo a tocar los instrumentos disponibles en mi entorno, esa música humana que nos hace ser, sino también a reconocer esa música en otros lados cuando es tocada por otros instrumentos.
Como un viaje a Punta Islita en Guanacaste. O el Teatro Nacional y las calles de San José, las calles de Coyoacán en Mexico, las de Guadalajara, Taxco, Guanajuato, Ahmednagar, Shanghái, y los Hutongs y la plaza de Tiananmen en Beijing. Y tantos, tantos sitios hermosos, Lima, Rio, Buenos Aires, Santiago, Antigua, Nairobi, Barcelona, Vincenza y Dublin, y todavía aún más. Todos tocando en su propio ritmo y con sus instrumentos únicos, la misma canción de humanidad que aprendí en mi Isla.
De alguna manera, me di cuenta claramente en este viaje, disfrutando del sabor local, de esos ritmos del Caribe, que la próxima etapa de la humanidad, no seguirá el modelo antiguo del “melting pot”, un fundidor donde varias culturas se disuelven en una cultura dominante, sino el modelo del jardín, donde muchas tradiciones y culturas coexisten y enriquecen el conjunto.
¡Si ya se ven hasta australianos y japoneses, bailando juntos con Bad Bunny los ritmos del Caribe! Vi un nuevo mundo, donde la conectividad y la integración, nos están llevando a una conversación planetaria. Donde la gente aprende la música de otra cultura al instante, se casan a través de continentes, mantienen lazos familiares a través de las diásporas, y comparten tradiciones locales a nivel global. Hoy, la humanidad empieza, a compartir su identidad, más allá de las nacionalidades.
Sí, superaremos la presente etapa de los dolores de parto, asociados con el nacimiento de una nueva civilización. La humanidad superará su adolescencia. Y habrá una ética humana global, con expresiones culturales regionales, donde las familias interculturales que están creciendo vertiginosamente, actuarán como puentes. Una civilización con muchos ritmos e instrumentos, pero con una sola melodía.
Sentí, al ver las películas repetidas de mi lugar de nacimiento, un futuro con una nueva ética civilizacional, una humanidad dándose cuenta de que su supervivencia y florecimiento dependen, de reconocer y sentir que realmente estamos todos en el mismo barco.
Y que cuando ese sentimiento se difunda, y esto sin duda pasará, porque sobreviviremos los actuales berrinches, de los que siguen enamorados del pasado, y sus arrebatos de supremacía egoísta, y entraremos en una nueva fase de cultura planetaria, a través de una transformación comparable a una metamorfosis biológica. Esto implicará nuevas formas de inteligencia colectiva, nuevas narrativas culturales y nuevos marcos éticos basados en la empatía y la vulnerabilidad mutua.
Y así, viendo a mi hija, a mi nieto, a mi hermana de 90 años, a mis queridas amigas Ticas, y mis queridos amigos del patio, los mezclé a todos, con esas películas viejas repetidas en mi mente con escenas de San Juan, Coyoacan, Tiananmen, San José, Nairobi, Ahmednagar, etc., y mi corazón enfermo se curó con una nueva magia, resucitado por una canción que surgía de adentro del Silencio, presagiando un nuevo florecimiento humano.
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¡Gracias queridísimo Arsenio! Si la sensación de debí tirar más fotos también la tuve yo. Gracias por presentarme a San Juan, a Germán, a Marquitos, a Ariel, y a tanta gente queridisima.