Una realidad de la post verdad o una estrategia extremista: ¿Han muerto las ideologías?

Manuel D. Arias M.

A menos de un año de las elecciones generales del 2022, que definirán, en gran medida, el futuro de las instituciones democráticas en Costa Rica, en medio de un caos electoral partidario que implica multitud de precandidaturas en partidos políticos que no tienen ni siquiera un proyecto de corto plazo y, mucho menos, una propuesta sobre el modelo de sociedad para el futuro de Costa Rica, en un contubernio entre los poderes económicos y los grupos de la oligarquía propietarios de los cada vez más mediocres medios de comunicación social, se ha intentado asentar la idea de que la ideología, es decir el fundamento filosófico que define una propuesta de transformación social, económica, cultural, ambiental y ética, ha dejado de existir y ya no es un elemento trascendental a la hora de delegar la soberanía en unos comicios.

La democracia ha sido, de este modo, despojada de todo contenido, porque fue limitada al simple acto de votar cada cuatro años, sin que exista la posibilidad de generar grandes cambios estructurales que, de una vez por todas, modifiquen los paradigmas vigentes, según los cuales la política, — entendida desde una perspectiva perversa —, es sólo un negocio más, para que algunos se beneficien y, a su vez, protejan los intereses de los poderosos.

Sin embargo, en el contexto de la explosión de interacciones que ha generado la revolución digital de las tecnologías de la información y de las comunicaciones, aún con los grandes peligros de la manipulación, de las teorías conspirativas y de la post verdad, es imposible negar que, nunca antes desde la invención de la imprenta, la cual comenzó a mover los engranajes que derribaron a las tiranías del Viejo Mundo, las y los ciudadanos tienen la posibilidad de demandar la evolución urgente, desde el actual régimen democrático burgués, liberal y representativo, hacia un modelo democrático más deliberativo, transparente y participativo, que haga posible que las personas, únicas depositarias de la soberanía popular, puedan influir, efectiva y eficazmente, en los procesos de toma de decisiones vinculados con su calidad de vida, sus oportunidades de movilidad social, sus alternativas de progreso económico o la defensa de su entorno natural.

La estrategia de negar la ideología

En consecuencia, la desideologización del debate político es, paradójica y simplemente, una maquiavélica y nefasta estrategia de desinformación del, cada día más y más cuestionado, sistema neoliberal de capitalismo salvaje de libre mercado, ahora aliado con los sectores más reaccionarios y conservadores, en procura de perpetuar los decadentes intereses de una rancia oligarquía y de los grupúsculos que han parasitado a su sombra, en detrimento del interés general.

Por este motivo, no hay estrategia más ideológica que la de decir que no existen las ideologías, mientras, desesperados, los adalides del “dejar hacer y dejar pasar”, no dudan en traicionar los valores liberales originales, con el fin de sumarse a proyectos populistas y demagógicos acompasados al ritmo de la religión, el nacionalismo, el patrioterismo, el más vulgar maniqueísmo y, lo que es más grave, una nueva clase de fascismo, al cual no le tiembla la voz o el pulso, a la hora de achacar todos los problemas al sistema institucional democrático vigente. Si hay alguna duda, sólo hay que recordar las patéticas y preocupantes imágenes del asalto al Capitolio de los Estados Unidos, el pasado 6 de enero, por parte de hordas enardecidas por el veneno retórico del ex presidente Donald J. Trump, para corroborar hasta donde puede llegar este nuevo fascismo, con tal de retener, a cualquier precio, el control, en una clara contradicción con el sistema de pesos y contra pesos propio de las democracias liberales.

La burguesía aristócrata, que se ha beneficiado de la creciente desigualdad social y de la acumulación de la riqueza en cada vez menos manos, promueve la desinformación y tutela la ignorancia, para crear descontento entre las clases menos favorecidas, con el fin de darles, más adelante, un líder, un “hombre fuerte”, capaz de entusiasmar a la masa con discursos reaccionarios, vacíos y excluyentes, con el fin de alienar y enajenar a quienes, eventualmente, mediante la adquisición del concepto de conciencia de clase, estarían en disposición de plantear un verdadero cambio social y económico.

La alternativa solidaria

En este contexto, por lo demás complejo y muy riesgoso para la democracia política, es imprescindible que, eventualmente, de cara a las próximas elecciones, un partido levante, de forma diáfana y clara, una bandera ideológica, que respalde un proyecto país, no sólo para cuatro años, sino para poder imaginar el futuro del Estado social y democrático de derecho, solidario y del bienestar, en Costa Rica, de cara al mediano y el largo plazos.

La alternativa dialéctica, evidentemente, ante el cada vez más profundo colapso del sistema capitalista de libertinaje de mercado, cuyo ataúd ha sido sellado de forma definitiva por las gravísimas consecuencias sociales, económicas y humanas de la pandemia del COVID-19, pasa por la reformulación, en el contexto del siglo XXI, de una ideología socialista, democrática, humanista, progresista, laicista, feminista, ambientalista y fundamentada en reconocer la riqueza que implica la diversidad humana.

No se trata, de ninguna manera, de revivir el cadáver del totalitarismo soviético o de copiar el fracaso que ha llevado al colapso a Venezuela o Nicaragua. Tampoco se propone la resurrección, nostálgica, de la añeja Socialdemocracia que, ya hace décadas, se vendió al capital, de tal modo que ahora es un clon filosófico de la derecha. Por el contrario, la idea es reivindicar los tres fundamentos sobre los que nació el liberalismo en el siglo XVIII, y que han sido convenientemente olvidados por la derecha post moderna. Esos tres preceptos, sin los cuales no es posible la democracia política, social, económica, cultural y verdaderamente humana, son: libertad, igualdad y fraternidad.

Para empezar, con una simple delineación de algunas ideas que deben centrar el debate, es necesario, desde el ámbito ideológico progresista,
entender que la economía de mercado debe ser regulada y tutelada por mecanismos institucionales que promuevan las oportunidades para las grandes mayorías y la distribución equitativa de la riqueza. No se propone revertir la globalización, sino humanizarla y encajar en ese proceso a las micro, pequeñas y medianas empresas que generan desarrollo y, sobre todo, empleo, ya que son factores que propician la justicia social y la democratización de los ingresos.

Del mismo modo, esa economía debe funcionar en el marco de un Estado social y democrático de derecho, solidario y del bienestar, dotado de una congruente seguridad jurídica, con fuertes sistemas públicos de salud, educación, vivienda y atención socioeconómica, con servicios públicos universales y de máxima calidad, que incentiven la migración hacia la nueva sociedad del conocimiento para todos los sectores socioeconómicos.

Una economía social y solidaria de mercado, con potentes instrumentos fiscales de redistribución de la riqueza, debe contar con apoyo estatal, no sólo para hacer la transición al mundo digital, sino, sobre todo, a mecanismos de producción de mercancías y servicios de alto valor agregado, que posean amplias ventajas competitivas y que hagan un uso eficiente, eficaz y sostenible de la energía, de las materias primas y del recurso humano, en equilibrio ecológico con el ambiente.

La ciencia y la tecnología

Las herramientas de la ciencia, la tecnología y la planificación existen y, si se utilizan lógica y racionalmente, con fundamento técnico, pueden promover el desarrollo humano, económico, social y cultural que Costa Rica necesita para ser un país de vanguardia en el tercer milenio. Esto, por supuesto, reforzando los compromisos internos y externos con el multilateralismo en la escena mundial, con la lucha contra cualquier forma de colonialismo e imperialismo, con el reconocimiento a la autodeterminación de los pueblos, con el apoyo decidido al feminismo, con la búsqueda de la equidad, con el firme respeto por la diversidad, con la congruencia con la solidaridad y la empatía, así como con el resguardo efectivo de todos los derechos humanos y libertades inherentes a la persona humana, sin distinciones o etiquetas de ninguna clase.

Finalmente, en lo político, esa propuesta ideológica revolucionaria, debe compatibilizarse con el Estado de derecho y el sistema constitucional vigente, de modo que la reforma progresiva sea factible por medio de la voluntad del pueblo expresada en las urnas, con el fin de que sea viable, en el menor plazo posible, la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente, que dote a la República de Costa Rica de una nueva carta magna, que convierta en normas los principios básicos que inspiran el tránsito hacia una democracia social con rendición de cuentas, ejercicio transparente del poder y participación ciudadana.

La propuesta ideológica está ahí y puede detallarse, en el marco de un trabajo interdisciplinario y multisectorial, siempre transparente y abierto a la ciudadanía. Por ende, lo que hace falta es un partido político valiente, capaz de superar la politiquería, con el fin de presentar una iniciativa como ésta a las y los costarricenses…. ¿Alguien se atreve?

De lo contrario, si la desidia y el oportunismo se anclan de nuevo al poder, en un circo perpetuo que ya no causa risa a nadie, el país continuará poniendo parches sobre remiendos que, más temprano que tarde, terminarán por reventar, lo que tendría consecuencias horribles para toda la ciudadanía, ya que se generaría retraso, violencia y caos. O, en una situación aún más oscura, quedaría el escenario preparado para el advenimiento de un falso “Mesías”, que conculcaría las libertades y los derechos de las mayorías, en beneficio de unos pocos y que acabaría con el sueño democrático que ha sido parte del espíritu de este pueblo.

En las manos de quienes tienen verdaderas opciones de postular sus nombres, en el contexto de una democracia de partidos muy elitista, queda la oportunidad de salvar al país de esos trágicos destinos, con el propósito de conducirlo por la senda del progreso, la paz, la solidaridad y la libertad.

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Un comentario

  1. Gustavo Elizondo

    Con respecto a esta afirmación: “Tampoco se propone la resurrección, nostálgica, de la añeja Socialdemocracia que, ya hace décadas, se vendió al capital, de tal modo que ahora es un clon filosófico de la derecha” deseo aclararle al columnista que la social democracia no está añeja, está como pancito fresco, solo que no en la vitrina que otrora la vimos y que el hecho de que algunos desde la derecha se quieran autodenominar socialdemócratas, no significa que los auténticos, como muchos que escribimos aquí, nos hallamos vendido o seamos clones ni de la derecha ni de la izquierda radical.

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