Sobre Tamames, la moción de censura y la generación enfurruñada

Enrique Gomáriz Moraga

Enrique Gomariz

Estoy convencido de que la política española se mueve, desde hace tiempo, en una ceremonia de la confusión. En un contexto así puede llegar a no parecer algo insólito una moción de censura contra Pedro Sánchez promovida por Vox que encabeza el excomunista Ramón Tamames. Sin embargo, quizás por tozudez, sigo pensando que hay que buscar un punto de equilibrio para analizar las cosas con cierto sentido.

Debo confesar que pertenezco a ese grupo de gente que Ramón Tamames ha seleccionado como sus amigos de Castellana 100. Por eso este viernes 10 de marzo he recibido la carta que el veterano economista nos envía explicando el sentido que tiene, a su juicio, la moción de censura, a la que adjunta el artículo suyo aparecido hoy en el diario EL País como respuesta al publicado el día anterior por Ignacio Sánchez-Cuenca bajo el título de “El síndrome Ramón Tamames”.

Vale la pena comenzar por el principio de esta polémica. En su nota de opinión, Sánchez-Cuenca trata de dar una explicación sociopolítica y generacional al rocambolesco gesto de Tamames, pero concluye acusándole de indecente: “Colaborar con Vox -dice- supone, sencillamente, despreciar la Transición. Por muy negativa que sea la valoración que se tenga del actual Gobierno, hay que mantener un mínimo de sensatez y de decencia”. No es de extrañar la inmediata respuesta del reconocido economista.

Me interesa más el argumento de fondo de Sánchez-Cuenca. Tamames sería un ejemplo “sin duda extremo” de una afección que aflige a una buena parte de la generación de la Transición. “El síndrome general se caracteriza por un permanente enfurruñamiento y una indisimulada irritación ante las cosas que hacen y dicen las izquierdas de nuestro tiempo”, en especial “por lo que ellos perciben como el cuestionamiento del legado de la Transición. Ahí es realmente donde saltan las chispas.” Este resentimiento de las generaciones de la Transición habría llevado a muchos a desplazarse hacia posiciones acentuadamente conservadoras.

Sánchez-Cuenca acota a las generaciones políticas de la Transición. La mayor parte “nacieron entre 1925 y 1950, es decir, tenían entre 25 y 50 años cuando muere Franco”. Una primera observación consistiría en la necesidad de separar unos cortes generacionales tan amplios, al menos distinguiendo la generación del “baby boom” de las anteriores. Pero aceptando esa imprecisión, la principal distinción que debe hacerse refiere a lo que el autor señala como prurito cultural de unas generaciones y, de otra parte, a las razones sustantivas de su crítica de la situación actual. Sobre la primera cuestión, su nota abunda y hace contribuciones que son de atender. Sobre si existen razones sustantivas para la molestia acerca de la política actual, Sánchez-Cuenca es particularmente omiso.

Creo que hay que compartir con el autor que la irritación de las generaciones políticas de la Transición ha conducido a muchos a adoptar una actitud defensiva que les hace obtusos a la posibilidad de concebir su reforma y mejora. También aceptando que aquella no fue una coyuntura histórica que deba mitificarse, totalmente exenta de chapuzas e improvisaciones. Pero el propio Sánchez-Cuenca reconoce su esencia constructiva, su valor fundante.

Sin embargo, aceptando que ese síndrome de irritación lleve a cargar las tintas respecto de la política actual y, en particular, del gobierno Sánchez, parece necesario examinar si existen razones sustantivas para sustentar esas críticas. Y en este plano el silencio de Sánchez-Cuenca es bastante sospechoso, cuando menos. Por ejemplo, se queja de que se coloque a Rodríguez Zapatero como el punto de inflexión de la política incoherente. Parece mentira que un politólogo no perciba que, en efecto, aquel gobierno inició un síndrome que ha renovado el de Pedro Sánchez, consistente en entregar los principios constitucionales a cambio del apoyo político para mantenerse en el poder. Resulta necesario recordarle que, en las elecciones para el segundo gobierno de Zapatero, las encuestas mostraban con nitidez que el gobernante saliente perdía las elecciones en todas las comunidades autónomas a excepción de Cataluña, y que ese fue el motivo por el que Zapatero dijo aquello de “dales lo que pidan” a propósito del Estatuto de autonomía. Hoy Pedro Sánchez ha escenificado con claridad el mismo síndrome al formar un gobierno de coalición con quien siempre pensó que no debería hacerlo.

Sánchez-Cuesta entiende que esta forma de actuar es sólo parte de un nuevo juego político, propio de una multiplicidad de partidos y unas nuevas generaciones sociológicas. No se detiene a examinar si ello tiene un efecto edificante o dañino en las entrañas de la sociedad. Y en este punto, su análisis se vuelve líquido y superficial. Porque, independientemente de colores políticos, es evidente que las trasgresiones constitucionales en Cataluña están haciendo un daño monumental al tejido social en esa comunidad autónoma. Y las políticas de género radicales, comenzando por la ley trans, también causarán un daño profundo en el ámbito familiar y de las propias relaciones de género, a menos que se reconduzcan a tiempo. Es decir, Sánchez-Cuenca evade un análisis profundo de las razones sustantivas de la crítica al síndrome del canje de la política de Estado por el apoyo indeseable para mantenerse en el poder. Como si la alianza con el radicalismo y el independentismo no tuviera efectos pertinentes, como diría Poulantzas.

Regresemos ahora al correo justificatorio que nos manda Tamames sobre su presencia en la moción de censura de Vox contra el gobierno actual. El amigo de Castellana 100 defiende que solo está participando en un mecanismo previsto en la Constitución y que los ataques que recibe al respecto son el intento de evitar que se celebre. Lamentablemente, esta es una media verdad no menor que la de su acusador Sánchez-Cuenca. Es cierto que, como dice el comentarista Tom Bruns, un discurso de Tamames en el pleno del Congreso sobre lo que sucede en la España actual y lo que debería suceder, puede ser una carga de profundidad para el gobierno Frankenstein (Pérez Rubalcaba). Pero hay veces que el contenido es inseparable del continente. Ramón Tamames no puede desligarse del hecho de que la moción de censura es una propuesta de Vox, un partido que está en las antípodas de su propio pensamiento. Eso es jugar a la política fullera de Pedro Sánchez. La única razón que justificaría una operación de ese porte, es como último recurso en una coyuntura de extrema emergencia nacional. ¿Estamos en esa situación? Evidentemente no parece. Al no ser así, el amigo de Castellana 100 debería contenerse, porque de lo contrario podría parecer que estaría dando continuidad a la saga de vanidad que se inició con Zapatero y sigue proyectándose hasta la política actual.

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