Oscar Arévalo
Todo esto me llamó mucho la atención. Por qué la preocupación y digamos, la fijación en las publicaciones siempre es, el C.I. de fulano es tanto. Ergo es la persona más inteligente del mundo en este momento, muy en el estilo de una carrera de caballos. O sea, que el termómetro más aceptado hasta hoy para medir inteligencia son los exámenes de C.I. Pero siempre se busca para las mediciones a personas de las áreas ligadas a las ciencias y las tecnologías. ¿Y yo me quedaba pensando, el hombre más inteligente del mundo es ese matemático, monotemático, que solo sabe de ciencias positivas y exactas y de matemáticas, o por ejemplo: un Habermas? Independientemente de que uno pueda estar de acuerdo o no, don Jürgen es un monstruo intelectual que domina casi cualquier área del conocimiento y está al día en muchas áreas que van desde las ciencias exactas, los avances médicos, la economía, la política, la filosofía y las ciencias sociales. Es un devorador omnívoro de conocimiento y además productor de ideas. Pero resulta que Habermas, no es considerado el hombre más inteligente del mundo. Para darles un ejemplo de mucho contraste. Para no mencionar artistas, arquitect@s, music@s, literatura, etc.
Todo lo cual me llevó a la pregunta: ¿Cómo se mide la inteligencia? ¿Es realmente una medición científica? ¿O está poseída por sesgos propios de un sistema abocado a la producción y, por lo tanto, a los saberes ligados a la misma? ¿A cuántas y cuantos se ha excluido? Y eso sin tocar las variables de género.
Y pensar que los exámenes de admisión de las universidades están montados sobre este modelo, que sirve de colador para que solo ingrese cierto tipo de mentes a las universidades. Cortaditos con tijeras. ¡Cuánta gente inteligente no se reconocerá, ni es reconocida, inteligente bajo un modelo hegemónico que privilegia cierto tipo de habilidades mentales por sobre otras!
Ese modelo decimonónico, que se reforzó aún más en el siglo XX con el predominio tecnológico, debería de ser más fuertemente analizado, zarandeado y replanteado, epistemológicamente hablando. Y no estoy hablando del cuento de los distintos tipos de inteligencia. Estoy hablando del concepto hegemónico imperante. Los exámenes de C.I. incluidos sus derivados para ingreso a las universidades deberían de ser ampliamente revisados.
En definitiva, la medición de la inteligencia, tal y como se entiende y se aplica hoy en día, parece estar atrapada en un modelo obsoleto que favorece un tipo específico de habilidades intelectuales, vinculadas principalmente a las matemáticas y las ciencias. Este enfoque no solo perpetúa ciertos sesgos en campos como la educación y la evaluación profesional, sino que también excluye a una vasta gama de talentos y habilidades presentes en disciplinas como las artes, las humanidades y las ciencias sociales. La historia de Jürgen Habermas, un erudito que trasciende las concepciones tradicionales del conocimiento, demuestra la riqueza y la profundidad que se pueden alcanzar cuando se valora un espectro más amplio de la inteligencia. Incluso una inteligencia interrelacional, por llamarlo de alguna forma. Es decir, una inteligencia capaz de combinar y unir distintos tipos de habilidades e inteligencias. Parece imperativo replantear y expandir nuestra comprensión de la inteligencia, no solo en términos de cómo la medimos, sino también en cómo la valoramos y fomentamos socialmente. Este cambio no es solo una cuestión de justicia intelectual, sino también una necesidad para enfrentar los complejos desafíos del mundo contemporáneo, que requieren una diversidad de pensamiento y perspectiva mucho más allá de lo que los estrechos límites de los actuales exámenes de CI y procesos de admisión universitaria pueden reconocer o incluso imaginar.
– Diletante