¿Qué tipo de potencia quiere ser Europa?

Enrique Gomáriz Moraga

Enrique Gomariz

En torno a la guerra en Ucrania, surge la reflexión sobre el futuro de Europa. Y en este contexto, se plantea una clara disyuntiva. Por décadas, Europa se ha considerado como una potencia económica y normativa, basada en la producción y el comercio, altos estándares de desarrollo democrático, reglas pactadas entre capital y trabajo, un Estado de Bienestar consistente y la promoción de la paz y la seguridad en el continente y el resto del mundo. Esta imagen se correspondía con la idea de un poder blando, no sustentado en la disuasión militar.

Pero al calor de la actual confrontación, en algunos círculos se plantea que ya es hora de que la UE adquiera un verdadero poder militar para establecerse efectivamente como una potencia geopolítica. Por ejemplo, el encargado del programa sobre Europa del Centro de Estudios Estratégicos (CSIS) de Washington, Max Bergmann, al tratar el tema de la defensa europea y la UE (El País, 25/o1/23) sostiene: “La Unión Europea actual es tan grande y tiene un impacto tan significativo a escala mundial en los ámbitos económico, normativo, comercial y climático que, por extensión, no puede evitar ser un actor global cada vez más poderoso e importante. Y, sin embargo, existe un desajuste entre la fuerza económica global de la UE y el papel que realmente está desempeñando en el mundo. La UE no es tan poderosa o influyente en el escenario mundial como debería ser.” Y a continuación explica la causa: “no ha conseguido organizarse diplomática y militarmente para canalizar su poder”.

Para ilustrar su argumento, Bergmann hace una comparación con la evolución como potencia de Estados Unidos. “La UE -sostiene- se parece en muchos aspectos a los Estados Unidos de finales del siglo XIX”. Este país era uno de los más ricos del mundo, pero era tratado con desdén por las potencias en presencia, a causa de su escaso poder militar. Sin embargo, al percatarse de esa situación, en veinte años, “se reorganizó, desarrolló una Armada y sus fuerzas militares y se convirtió en el país más poderoso del planeta”. Tal vez el conflicto de Ucrania “despierte” a la Unión Europea. Bergmann así lo cree: “Del mismo modo, la invasión de Ucrania por parte de Rusia podría servir de catalizador para transformar la Unión Europea en una verdadera potencia mundial”.

En su mención de Estados Unidos, Bergmann acepta que Washington no ha jugado siempre un papel positivo respecto de la autonomía estratégica de Europa. Por décadas, “Estados Unidos ha usado su inmensa influencia en Europa para oponerse a las iniciativas de defensa de la UE”. Ello se vincula con su decisión de expandir la OTAN sobre el continente. En los círculos estratégicos estadounidenses siempre se ha mencionado que, tras la disolución de la URSS, Washington encaraba dos amenazas a su hegemonía: el surgimiento de China como poder global y la eventualidad de que la UE y la Federación Rusa formaran un bloque geopolítico.

En todo caso, es necesario señalar claramente lo que de verdad está en juego: mediante la reflexión sobre la necesidad de mejorar la defensa europea, algo bastante procedente, lo que se propone en realidad es un cambio radical de la naturaleza de la Unión Europea. Esta debe abandonar su identidad de poder blando, basado en su economía y su consistencia normativa (aunque necesite mejorar su capacidad defensiva), para convertirse en una potencia maciza basada en su poder militar.

Sin embargo, esta perspectiva magnánima para Europa, presenta algunas consecuencias problemáticas. Integrarse en el club de las potencias militares (EE.UU., China, Rusia) obliga inapelablemente a participar en una competencia interhegemónica basada en la fuerza militar, lo que, entre otras cosas, implica contribuir al aumento del gasto militar mundial que provoca la carrera armamentista. Eso tendría efectos respecto del gasto social y el Estado de Bienestar de la UE (no por casualidad ese gasto de la UE representa el 50% del gasto mundial, mientras es de un 20% en el caso de Estados Unidos).

Por otra parte, ese cambio no es fácil de lograr. Como se ha señalado, el camino hacia una verdadera fuerza armada europea será largo y proceloso. Incluso Borrell hace hincapié en que la Brújula Estratégica está lejos de esa perspectiva. “No puede considerarse una OTAN bis”, aclara. Y luego abunda: “la constitución de un ejército europeo no está sobre la mesa”.

Pero el verdadero problema de la idea de convertir la UE en una potencia dura, pivotando sobre lo militar, es que no alude en ningún momento a la voluntad política de los europeos. Es cierto que la opinión pública europea está profundamente molesta con la Rusia de Putin, dada su brutal invasión de Ucrania, pero resulta arriesgado suponer que desde ahí pueda deslizarse sin miramientos hacia un consenso a favor de un modelo de potencia dura para Europa. También es cierto que las tradiciones pacifistas europeas (impulsadas sobre todo por la socialdemocracia) han sido arrinconadas por la retórica de confrontación que conlleva la guerra en Ucrania. Pero todo eso no significa que los viejos anhelos de paz y seguridad de la opinión europea hayan desaparecido.

Por otra parte, los principios y valores consignados en los documentos fundantes de la UE apuntan a una Europa consistentemente normativa, que se ofrece como referente de paz y seguridad a nivel mundial. La tarea que tendría por delante la UE para realizar ese cambio sería ingente: modificar todo un conjunto de resoluciones y declaraciones, o bien exponerse a ser considerada por otros actores, en distintas regiones del globo, como una entidad eminentemente cínica. Siguiendo la comparación de Bergmann, no es seguro que la ciudadanía europea quiera para Europa un modelo de potencia como la que representa Estados Unidos, basada en un enorme complejo militar-industrial, dispuesta continuamente a la intervención unilateral, con un Estado de Bienestar a medias y una sociedad convencida de su superioridad global, armada hasta los dientes, cuya mitad no se atiene cabalmente a las reglas del juego democrático. No parece que la mayoría de la opinión pública europea se sienta fascinada por este tipo de poder geopolítico. La necesidad de mejorar la capacidad defensiva de Europa nada tiene que ver con ese tipo de potencia que se nos ofrece como modelo.

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