Parque Nacional Badlands

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Carlos Revilla Maroto

Carlos Revilla

En mi viaje a los estados de Colorado y Dakota del Sur, visitamos el Parque Nacional Badlands, y todavía no estoy seguro de haber entendido del todo lo que vi. Hay lugares que uno puede describir con relativa facilidad —una ciudad, una playa, un glaciar que se derrite—, pero las Badlands de Dakota del Sur pertenecen a esa categoría escurridiza de escenarios que parecen más bien una metáfora. O una advertencia. O un fósil en forma de paisaje. Así de increíbles son.

Nos hospedamos en Rapid City, y al día siguiente de llegar salimos temprano hacia el parque, que esta a unos 130 km de distancia. El camino es engañosamente normal, con praderas interminables, pueblos que parecen maquetas y señales que anuncian bisontes que no siempre se muestran. Y de pronto, sin mucha ceremonia, el suelo se abre. La tierra empieza a plegarse, a hundirse, a levantarse en crestas y cuchillos de arcilla. Y allí está un abismo con memoria de millones de años, como si la superficie hubiese sido rasgada por una mano gigantesca. ¡Que paisaje más increíble!

Lo primero que me sorprendió no fueron las formaciones rocosas, sino el silencio. Un silencio que no es vacío, sino antiguo. De esos que hacen que uno hable más bajo sin saber por qué. A lo lejos, un grupo de bisontes avanzaba con la calma de quien sabe que no tiene prisa. Cerca del sendero, los perros de la pradera entraban y salían de sus túneles como vigilantes nerviosos. Y más allá, las montañas de arcilla se iban difuminando en capas rosadas, amarillas y grises, como si alguien hubiese dejado una acuarela al sol. También hay que destacar el fuerte viento, de esos que casi lo vuelcan a uno. Fue especialmente notorio en el mirador principal donde nos detuvimos a admirar el paisaje.

Entre todo lo que vi en las Badlands, una linda sorpresa fueron los perros de la pradera. A primera vista parecen ardillas con sobrepeso, pero basta observarlos un par de minutos para descubrir que viven en una sociedad mejor organizada que muchos ayuntamientos. Cada colonia es una pequeña república subterránea con guardias, centinelas, comunicadores y hasta “chismosos”, porque sus llamados —esos ladridos agudos que parecen risas cortadas— sirven para advertir si se acerca un coyote, un visitante o simplemente un turista que se detuvo demasiado cerca para tomar una foto. Verlos es casi entrar en un vecindario animado, uno asoma la cabeza, otro corre de un túnel a otro como si llevara prisa, un tercero se pone de pie para supervisar al resto; todos atentos, todos nerviosos, todos encantadoramente teatrales. Entre bisontes solemnes y acantilados silenciosos, los perros de la pradera son la dosis exacta que uno necesita para decir que verlos no tiene precio. En la galería incluyo algunas imégenes que tome de estos preciosos animales

Un poco de historia. Los primeros colonos las llamaron bad lands porque eran difíciles de cruzar, difíciles de cultivar y difíciles de comprender. Pero la historia del lugar —como casi siempre en Estados Unidos— es más compleja y más antigua que ese bautizo pragmático.

Para los lakota, estas tierras no eran malas, sino intensas. Formaban parte de su territorio ancestral, un espacio de caza de bisontes y un refugio estratégico en tiempos de conflicto. Sus senderos zigzagueantes y cañones abruptos eran perfectos para vigilar movimientos enemigos o perderse del mundo exterior. Aquí, en medio de las grietas y las colinas desnudas, la nación lakota encontró no solo sustento sino profundidad espiritual: un lugar donde el paisaje mismo parecía hablar en capas.

Cuando llegaron los exploradores europeos en el siglo XIX, lo hicieron con la mirada desconfiada del que entra en un terreno que no entiende. Las crónicas describen a las Badlands como un “infierno de arcilla” que se tragaba caballos y que hacía retroceder caravanas enteras. Aun así, los rumores de fósiles gigantes atrajeron a paleontólogos y aventureros, que en las décadas de 1870 y 1880 comenzaron a excavar huesos de criaturas prehistóricas como si estuvieran descubriendo otro planeta. En cierto modo, lo estaban.

Luego vino la época de los fuertes militares, la construcción de carreteras y la presión del asentamiento blanco. Los lakota fueron empujados fuera de estas tierras y hacia reservas cada vez más pequeñas. El paisaje se mantuvo, pero el control del territorio cambió para siempre.

Fue hasta 1939 cuando el gobierno federal decidió proteger el área como monumento nacional, y en 1978 obtuvo la categoría de parque nacional. Paradójicamente, lo que antes era considerado “inútil” se convirtió en uno de los museos geológicos más valiosos del país, una especie de biblioteca al aire libre que conserva capítulos completos de la historia de la Tierra y fragmentos de la historia humana que todavía duelen.

Geológicamente, el parque es un libro abierto. Las capas cuentan historias que comienzan hace 75 millones de años con mares que ya no existen, ríos que desaparecieron, criaturas que parecen inventadas por un escritor con demasiada imaginación. Y allí siguen sus fósiles, recordándonos que el mundo ha cambiado más veces de las que nuestra paciencia política o nuestra ansiedad diaria pueden procesar.

Recorrí la Badlands Loop Road, la carretera escénica que serpentea por el parque. Cada mirador parecía una página distinta del mismo libro. En Yellow Mounds, los cerros amarillos parecían pecas gigantes sobre la piel de la tierra. En Pinnacles, las formas puntiagudas eran como catedrales erosionadas por millones de sermones del viento.

Y el atardecer —ese espectáculo que todo parque nacional ofrece con orgullo— aquí tiene un matiz distinto. La luz no solo ilumina: resucita. Las capas de arcilla se encienden en tonos rojizos y violetas, y por un momento uno podría creer que está viendo el mundo empezar de nuevo.

El parque es hermoso, sí. Pero también incómodo. No por el calor ni por el polvo, sino porque obliga a pensar en escalas temporales a las que no estamos acostumbrados. Uno camina entre formaciones que serán polvo dentro de 500 mil años y que ya fueron océano hace 70 millones. Y de pronto, nuestras preocupaciones —la semana laboral, el debate político, el precio de la gasolina— se vuelven un pequeño ruido de fondo comparado con este paisaje que lleva siglos desmoronándose y, aun así, continúa en pie.

No traje piedras ni fósiles —eso está prohibido—, pero volví con otra cosa, la sensación de que el mundo es más antiguo y más extraño de lo que solemos recordar. Que hay lugares que no quieren ser explicados, sino simplemente observados. Y que, a veces, para entender lo que está pasando en la superficie de nuestras sociedades, conviene asomarse a un sitio donde la superficie literalmente se está cayendo a pedazos.

En la galería incluyo las imágenes del parque y algunas del centro visitantes de las National Grasslands, que está muy cerca de la entrada del parque en la ciudad de Wall, de la que también incluyo algunas imágenes de un lugar muy especial de tiendas y restaurantes.

 
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