Papá, tengo miedo. Se acerca la tormenta

Manuel D. Arias Monge

Manuel Damián Arias

— Papi, tengo miedo, en el horizonte asoman nubes negras y, por todo el valle, resuena el eco de poderosos truenos.

— Si, hijita… Lamentablemente, se acerca la tormenta.

— Pero, ¿por qué? Vivíamos en un país que, a pesar de sus problemas, no estaba tan lleno de odio y de un horizonte tan oscuro.

— Si, mi amor, vivimos un sueño; pero, esa ilusión, de nuevo, está al borde del abismo. En lontananza, como vos lo ves, se dibujan presagios de oscurantismo, intolerancia, miedo, persecución y terror. La humanidad, mi princesa, nunca recuerda su pasado y, como la peor bestia de la creación, se tropieza una y otra vez en la misma piedra, repitiendo historias tristes que ya deberían haber quedado superadas para siempre, en un pasado remoto y cada vez más distante.

— Papi, tengo miedo.

— Mi vida, me encantaría decirte que no tengás miedo. Pero, me siento impotente, porque no puedo.

— Pero, ¿entonces?

— Mi niña, la tormenta aún no llega y, si la gente despierta, entonces pasará de largo.

— Pero, papi, ¿qué hacemos para que despierten?

— Recordarles el humilde mensaje de un pobre hijo de un carpintero de Nazareth, que vivió hace más de 2000 años: “Ámense los unos a los otros, como yo los he amado”.

— Papi, pero, ¿no son los cristianos los que han desatado esta tempestad de odio y de rencor!

— Te equivocás, mi princesa, esos que se dicen “cristianos” son los que manipulan el mensaje del verdadero Jesús.

— ¿Y por qué lo hacen?

— Utilizan el miedo, porque se sirven de la religión para destruir la capacidad crítica de la gente. Su posibilidad de pensar y de discernir el bien del mal. Sí hija, nada más alejado de Dios que esta intención de hacer daño a quienes ellos etiquetan de diferentes. Sin embargo, utilizan a Jesús para embaucar y engañar a las personas humildes, que fueron abandonadas y olvidadas por quienes se sirvieron del poder para hacerse ricos,, porque son hipócritas, a quienes sólo les interesa la plata y los privilegios.

— Pero papi, ¿no son esos mismos que utilizaron el poder para beneficio propio, los que hoy apoyan a estos tales “cristianos”?

— Claro que sí hija… De la mano con estos fundamentalistas y radicales “cristianos”, están otros extremistas, los fundamentalistas del libre mercado, los que quieren destruir nuestro Estado del bienestar, esas instituciones que nos dan educación,, salud y servicios públicos, las cuales, todavía y a pesar de las dificultades, ayudan a que la riqueza se distribuya un poco y no quede en las manos de los mismos de siempre. Ellos, los de toda la vida, los que han desangrado a nuestro país, quieren la bendición del pastor, para gobernar y volver a saquear nuestras riquezas. ¿Pero, mi niña, ¿necesitamos nosotros un pastor?

— ¡No,! ¡No papi! Nosotros no somos ovejas y no necesitamos a ningún pastor. Somos seres humanos, capaces de ver qué es lo mejor para todos.

— Claro que sí, hijita. Así es… No necesitamos predicadores de una falsa fe, ni pastores que vengan a manipular, promoviendo el egoísmo y el odio. Todas las personas, mi pequeña, merecen nuestro respeto, nuestra empatía y nuestra solidaridad, no importa su color, su etnia, su sexo, su visión del mundo, su religión, su ideología o su identidad de género.

— ¿O qué sean cieguitos,, como vos?

— Ja ja ja… No se dice “cieguitos”, hijita. Se dice personas con discapacidad visual. Pero, ya en serio, y al margen de lo que pueda pasar conmigo, estos señores han desatado tal miedo por los “otros”, por los “diferentes”, que no me extraña que, como ha sucedido en otros momentos de la historia, luego de los gays, la emprendan con quienes, de una u otra manera, formamos parte de diversas minorías. Principalmente, con quienes no aceptamos su triste visión del mundo y, por ende, vamos a seguir intentando que las personas, sin importar su fe, su condición social y económica o su nivel educativo, se den cuenta de que estos lobos con piel de ovejas son un peligro para todas y todos.

— ¿Papi! ¡Estoy muy asustada! ¿y si te hacen algo?

— No hijita, hay que tener fe. Fe en Dios y confianza de que este pueblo noble despierte y, por fin, se dé cuenta de los engaños y de las palabras de odio de los “restauradores”, que han dividido a las familias que dicen defender. En todo caso, mi ángel, la historia siempre es como un péndulo, así que si ahora se va de su lado, tarde o temprano se devolverá y, en ese momento, no quiero estar en los zapatos de estos señores, cuando el pueblo por fin se dé cuenta de su farsa.

— Pero, entonces, ¿que hacemos?

— Demostrar que la luz y el amor nunca, por fuerte y amenazadora que sea la tormenta, van a ser destruidos. Porque, hija mía, podrá llover por un tiempo, pero, al final, siempre vuelve a brillar el sol de la verdad, con toda su magnificencia.

— Pa, la tormenta sigue acercándose, ¡tengo ganas de llorar y mucho miedo!

— Yo también tengo miedo, mi princesa. Ocultarlo sería mentirte y vos sabés que yo nunca haría eso. Sin embargo, como te dije, un solo soplo de viento fresco, lleno de solidaridad y de empatía, podría desviar la tempestad. Pidamos al verdadero Dios, al Rey de la paz, del amor y de la misericordia, que ilumine a las y a los costarricenses, es urgente que lo haga. Así esas nubes negras se irán por donde vinieron.

— Papi, pero, ¿y si eso no sucede?

— Será difícil, vivir en un país gobernado por el miedo y el dogma. Pero, no importa, mi amor. Durante unos meses o unos años, tendremos, como familia, que protegernos unos a otros. Luego, después de la larga tormenta y de la noche, volverá amanecer y vos estarás ahí. ¡Sí, mi hijita, vos vas a estar ahí! Más temprano que tarde, cuando vuelva a brillar la luz de la razón, vos estarás ahí, junto a una nueva generación de niños y jóvenes, que habrán dejado los mitos, los estereotipos y los prejuicios atrás, porque, al limpio brillo del alba, en la nueva mañana, serán ustedes los que tengan la responsabilidad de hacer lo que mi fracasada generación no quiso o no pudo realizar: construir un mundo más justo, más humano y más libre para todas y todos. Una Costa Rica de la que podás, otra vez, sentirte muy orgullosa, por ser un país que, en el mundo, volverá a ser un faro que iluminará el camino de las naciones, para construir sociedades más sostenibles con el ambiente, con progreso económico para todos, con justicia social, con equidad, con respeto por la diversidad, con paz, con amor, con democracia y, sobre todo, con libertad.

— Papá, ¿yo puedo hacer todo eso?

— Claro que sí… Vos, junto a tus hermanas y hermanos, no sólo pueden soñar y construir ese mundo mejor, sino que, además, pueden tener expectativas aún más altas, como la de erradicar la pobreza, lograr la equidad de género, salvar a nuestro mundo de su colapso climático y ecológico, desaparecer toda clase de fanatismo e, incluso, volar al espacio entre las estrellas, para investigar los secretos del Cosmos.

— Gracias papi, por creer en mí y por darme esperanza. Ya no tengo tanto miedo de esas nubes negras, porque, finalmente, son nada más que un paréntesis que, tarde o temprano, se convertirá en un mal recuerdo.

— Vení, hija mía, abrazame, porque no hay nada que temer si estamos juntos. El sol, la luz, la verdad y la razón, siempre se imponen a la oscuridad. ¡Siempre!

Asesor en Comunicación social


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Una respuesta a Papá, tengo miedo. Se acerca la tormenta

  1. Ricardo José Mendez Alfaro 12-03-2018 en 12:39 pm

    ASI ESTAMOS TODOS…

    Responder

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