Otro de los quijotescos designios imperiales de Trump

27 de enero, 2026

Este es un artículo de opinión de Alon Ben-Meir, profesor retirado de relaciones internacionales en el Centro de Asuntos Globales de la Universidad de Nueva York.

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Alon Ben-Meir

NUEVA YORK – En una rueda de prensa en el Foro Económico Mundial de Davos, Trump presentó su recién creada Junta de Paz para poner fin a la guerra entre Israel y Hamás. Más tarde, en la Casa Blanca, explicó que había creado la junta porque «la ONU debería haber resuelto todas y cada una de las guerras que yo he resuelto. Nunca acudí a ellos. Ni siquiera se me ocurrió acudir a ellos»».

Afirmó que la Junta de Paz se ocupará de poner fin a la guerra entre Israel y Hamás en Gaza. Invitó a muchos jefes de Estado y de gobierno a unirse a la Junta y amenazó con imponer fuertes aranceles a los países de aquellos que se negaran. Paradójicamente, también invitó al presidente ruso Vladímir Putin a unirse al grupo.

Incluso un examen superficial de la estructura de la Junta —su composición ejecutiva, su función y sus responsabilidades— deja muy claro que se colocó a sí mismo al frente de todo, desde las operaciones hasta la toma de decisiones finales.

Básicamente, codificó el dominio de Estados Unidos, siempre y cuando él lo dirigiera.

Se otorgó a sí mismo la autoridad para vetar cualquier decisión que no le gustara, invitar o destituir a cualquier miembro de la Junta, aprobar el orden del día, designar a su sucesor e incluso disolver la Junta por completo. Además, se reservó un papel central incluso después de dejar la presidencia.

Deficiencias de la Junta y su estructura

En más de un sentido, la creación de esta junta disuelve el sistema internacional de posguerra construido por Estados Unidos y construye uno nuevo con Trump mismo en el centro.

Y mientras Trump se esfuerza por consolidar el poder autoritario a nivel nacional, ahora quiere proyectarse en la escena internacional como si fuera un emperador, presidiendo una junta compuesta en gran parte por jefes de Estado. Aunque los miembros de la junta pueden dar su opinión, están estructuralmente subordinados a él.

Sin sitio para las principales partes interesadas

La Junta de Paz y la paralela Junta Ejecutiva de Gaza están diseñadas para situarse por encima deS un comité tecnocrático palestino, sin que ningún representante político palestino tenga un puesto en la mesa principal, a pesar de ser las principales partes interesadas. Se exige a Hamás que se desarme, sin especificar cómo, y que se retire de la gobernanza administrativa.

La Autoridad Palestina queda relegada a un papel administrativo «apolítico», lo que en la práctica reproduce el antiguo problema de intentar imponer soluciones a los palestinos en lugar de negociar con ellos. Esto ha socavado repetidamente los marcos de paz anteriores y no ofrece ninguna vía hacia una paz regional o mundial sostenible.

Conflicto de intereses

La junta está presidida por el propio Trump, y la membresía se compra efectivamente mediante una cuota de «asiento permanente» de 1000 millones de dólares, lo que crea conflictos evidentes entre el lucro, el prestigio y el establecimiento de la paz.

Rusia, Israel, las monarquías del Golfo y otros que tienen intereses directos en la venta de armas, la influencia regional y las rutas energéticas no son garantes neutrales, sino partes interesadas que probablemente instrumentalizarán Gaza para sus propias agendas estratégicas.

Tutela de estilo colonial

La arquitectura prevé explícitamente que figuras internacionales y jefes de Estado supervisen la reconstrucción, la seguridad y la gobernanza de Gaza, convirtiendo efectivamente a Gaza en un protectorado administrado por potencias externas.

Los defensores de los derechos humanos y los observadores regionales ya están criticando esto como una tutela de estilo colonial que niega la soberanía genuina, lo que ya está generando resistencia local, deslegitimando el acuerdo y proporcionando combustible ideológico a los saboteadores militantes.

Objeciones israelíes y regionales

Los dirigentes israelíes se han opuesto públicamente a la composición y el diseño de los órganos de Gaza. Están furiosos por el papel de Turquía y Qatar, lo que ha obligado a Benjamin Netanyahu a distanciarse de algunos aspectos del plan, incluso aunque se haya unido a la junta bajo la presión de Trump.

No obstante, el gobierno israelí considera que los miembros clave de la Junta y los mecanismos son hostiles o contrarios a sus principios de seguridad. Israel obstaculizará la aplicación o la vaciará de contenido en la práctica, convirtiendo la junta en un escenario de conflicto entre aliados en lugar de resolución de conflictos.

Rivalidad entre grandes potencias dentro de la Junta

Irónicamente, la junta prevé la participación simultánea de rivales como Rusia, la Unión Europea y los Estados alineados con Estados Unidos, mientras que, al mismo tiempo, Moscú se resiste a las condiciones de paz respaldadas por Washington en Ucrania y aprovecha las crisis de Medio Oriente para debilitar la influencia occidental.

Este acuerdo invita a la junta a convertirse en otro escenario de competencia entre grandes potencias, en el que Rusia, Hungría, Bielorrusia y otros pueden obstruir o diluir las medidas que no sirven a sus intereses geopolíticos generales.

Por supuesto, esto sin mencionar las preocupaciones y sospechas generalizadas entre los líderes europeos sobre las relaciones adversas de Putin en la mesa, lo que es una receta para la discordia y evita la adopción de medidas concretas.

Base jurídica poco clara

Otra gran laguna de la Junta de Trump es su concepción como alternativa y posible sustituto de las Naciones Unidas, sin ningún fundamento jurídico, membresía universal o autoridad vinculante en virtud del derecho internacional.

Un club autoseleccionado por Trump, compuesto en su mayoría por jefes de Estado invitados, vinculado a una administración estadounidense concreta y anclado en importantes contribuciones financieras, carece de la legitimidad procedimental para imponer acuerdos de seguridad, resolver disputas o garantizar de forma creíble los derechos de los palestinos a largo plazo, a lo que Trump no presta ninguna atención.

Mandato demasiado ambicioso y poco específico

Las responsabilidades de la junta ya se han ampliado desde la supervisión del alto el fuego en Gaza hasta una amplia carta de «promoción de la estabilidad» y «resolución de conflictos globales», lo cual es ostentoso y nunca se materializará, al tiempo que indica una desviación de la misión incluso antes de que esta comience.

Un mandato tan variable, con múltiples estructuras superpuestas (Junta de Paz, Junta Ejecutiva de Gaza, Junta Ejecutiva Fundadora), es casi seguro que generará guerras burocráticas, parálisis e incoherencia, especialmente cuando crisis más allá de Gaza compitan por la atención y los recursos.

Sin duda, se trata de otra de las maniobras de Trump, que siempre finge ser el único capaz de aportar ideas innovadoras. Como muchas de sus iniciativas, esta llamada Junta de Paz entra en la misma categoría: transaccional y reversible.

Es una idea grandiosa que no puede sostenerse estructuralmente, no tiene capacidad de ejecución y se basa en un algoritmo contradictorio para permitirle cumplir su misión, que, en cualquier caso, sigue siendo abierta y poco realista.

Alon Ben-Meir es profesor retirado de Relaciones Internacionales, y su última experiencia en el campo docente la ejerció en el Centro de Asuntos Globales de la Universidad de Nueva York. A lo largo de su carrera, se ha especializado en impartir cursos sobre la negociación internacional y estudios de Medio Oriente.

T: MF / ED: EG

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