Eduardo Robert Ureña
Crecer no es fácil y a pesar de que logramos cosas que muchos si quiera soñaban, también cometimos errores.
El país vivió una seguidilla de casos de corrupción pasando de admirar al esforzado y trabajador, hasta creer que el vivazo pachuco y choricero, era digno de imitar.
El narcotráfico, sicariato y otros, pasaron de ser algo que se veía en películas o noticias de otros países lejanos, hasta volverse en algo normalizado acá.
La vida urbana llegó al Valle Central y la cabecera de provincias y cantones, convirtiendo las apacibles calles del pasado, en parqueos donde se maneja bajo su propio riesgo. La imperante necesidad de comprar muchos chuicas para estar a la moda, convirtió en paseo de fin de semana ir al centro comercial y en un rápido “pib” de la tarjeta de crédito, las deudas crecieron.
Vimos como un casado paso de 2000 a 5000 pesos en un abrir y cerrar de ojos. Como carajillos, jugando Gran Banco, parece que los billetes son de juguete.
La violencia hoy pone lazos negros en muchas de las casas y la lista de males podría continuar. Ante estos, pasamos de ser pura vida a estar estresados y a buscar culpables. Nos vemos tentados a achacar nuestros males a la democracia.
Los errores del sistema democrático costarricense no se pueden negar, pero, aunque la muerte del enfermo cura la enfermedad, sacrificar a Costa Rica por nuestra actual frustración, no es una opción.
El dialogo, el respeto por las ideas de los otros, la pluralidad de criterios y la negociación; lejos de ser un problema, garantizan una construcción participativa, respetuosa e inclusiva. Propia de la construcción de costarricense.
El autoritarismo toca a la puerta y aunque hemos visto sus brutales males en países tan cercanos como Nicaragua o Venezuela, algunos parecen dispuestos a dejarle entrar para, solucionar con mano dura, según dicen. Recordemos lo que decían las abuelas, no es lo mismo llamar al diablo, que verlo llegar.
Este autoritarismo impone la polarización radical, que incentiva la división, el odio y las luchas entre hermanos, silencia las voces que le adversan (ya que las considera enemigas), castra el derecho de pensar y expresar puntos de vista. Al imponer sus propuestas (lo que se conoce como pensamiento único), desconoce las opiniones de otros, eliminando cualquier posibilidad de dialogo o negociación.
Por consiguiente, se debe ser enfático al señalar que, ¡el odio no trae paz, el autoritarismo jamás genera consensos y más bien con su violenta eliminación de la participación de todos, mata la democracia!
Precisamente el domingo 01 de febrero, tenemos el deber de elegir, ejerciendo nuestro derecho a votar. Por lo que vale la pena recordar las enseñanzas de quienes nos heredaron una mejor patria, nuestros abuelos:
- Las cosas se arreglan dialogando, nunca peleando o gritando
- La democracia es propia de Costa Rica. No el autoritarismo Venezolano y Nicaragüense.
- No hacer nada, es hacer algo y, por tanto, el no ir a votar, es traicionar a nuestra patria.
- No podemos llorar como cobardes, lo que no fuimos capaces de defender como valientes, en las urnas.
- Nadie puede robar tus sueños, tus esperanzas y más aún, nuestra democracia.
- Eres el protagonista de tú vida y de tu patria; Costa Rica.
¡Votá!
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