Monte Shasta, la montaña que se siente

Bazar digital

Carlos Revilla Mroto

Carlos Revilla

Hay montañas que se recorren, y hay montañas que se sienten. Monte Shasta pertenece a la segunda categoría. He estado en las Rocallosas canadienses, en la Sierra Nevada californiana y en otros colosos de la cordillera de las Cascadas. Pero ninguna me ha producido la misma sensación que esta montaña solitaria que se eleva desde las llanuras del norte de California como un vigilia eterna, blanca y silenciosa, esperando algo que solo ella sabe.

Con aproximadamente la mitad de la altura del Everest, no es el pico más alto de Estados Unidos, ni siquiera del estado. Pero hay algo en esta montaña, en esta belleza peligrosa que se eleva de forma tan singular y presuntuosa desde las llanuras. Es un Goliat geológico, un tremendo templo de la naturaleza, un faro querido al que la gente ha acudido a postrarse durante milenios.

Las historias se arremolinan como nubes alrededor de su cima y se adentran profundamente en su núcleo. Personas de todos los credos y credulidades han encontrado aquí lo que anhelaban. La montaña observa, impasible. Por ahora.

Situado en el extremo sur de la cordillera de las Cascadas, el monte Shasta se eleva hasta los 4 322 m sobre el nivel del mar. Es la segunda cumbre más alta de la cordillera —solo superada por el monte Rainier en Washington— y la quinta en California. Pero su verdadera imponencia no está en su altura, sino en su volumen, con un estimado de 350 km3 de masa que lo hace el estratovolcán más voluminoso del arco volcánico de las Cascadas. Desde el fondo del valle del Sacramento, a 225 km de distancia, se puede ver su cumbre nevada en un día despejado.

Es un volcán activo, aunque no ha hecho erupción desde hace siglos. Los geólogos clasifican Shasta como un volcán activo que podría volver a despertar. La última erupción confirmada ocurrió alrededor del año 1250 d.C., aunque algunos disputan un posible evento en 1786 observado por el explorador francés La Pérouse desde su barco frente a la costa. No es cuestión de si volverá a entrar en erupción, sino de cuándo, con efectos potencialmente catastróficos para las comunidades que se extienden a sus pies.

El volcán tiene siete glaciares nombrados que descienden por sus flancos, con el glaciar Whitney como el más largo y el Hotlum como el más voluminoso de todo California. En los últimos 60 años, estos glaciares no se han reducido por el calentamiento global, sino que han crecido casi el doble de su tamaño, aumentando unos 15 m al año debido al incremento del 30% en las nevadas en la región, aunque en años recientes el crecimiento se detuvo. Esta una de las paradojas climáticas más fascinantes del continente.

Mucho antes de que los exploradores europeos pusieran sus ojos en esta cumbre, los pueblos nativos ya la consideraban sagrada. Los arqueólogos han encontrado vestigios de asentamientos en la zona que datan de hace al menos 7,000 años. El volcán se extiende a lo largo de las tierras de los pueblos Shasta (de quienes toma el nombre), Wintu, Achumawi, Atsugewi, Modoc, Karuk y Klamath.

Para el pueblo Shasta, la montaña —que ellos llamaban Waka-nunee-Tuki-wuki— fue el primer lugar donde se posó el Viejo del Cielo después de crear la Tierra. Según la leyenda, había hecho el mundo tan plano que no podía bajar a él. Así que excavó un agujero en el cielo a través del cual empujó grandes cantidades de hielo y nieve para formar un enorme montículo. Luego, utilizando las nubes como peldaños, bajó y dio un último paso gigante para posarse en su nueva montaña. Desde allí creó árboles, arroyos, pájaros y animales, incluido el oso pardo. Pero le tenía tanto miedo a esta última criatura que ahuecó la montaña para construir un tipi en el que se refugió, con el humo de su fuego saliendo por la parte superior. Se dice que cuando llegó el hombre blanco, el Viejo del Cielo se marchó y ahora su tipi, el monte Shasta, ya no echa humo.

Los Klamath, que habitan al norte, tienen otra tradición. Para ellos, la montaña es el hogar de Skell, el Espíritu del Mundo Superior, que descendió a la cumbre a petición de un jefe Klamath. Skell luchó con Llao, el Espíritu del Mundo Inferior, que residía en el monte Mazama (donde hoy está el Crater Lake), arrojándose rocas calientes y lava en una batalla que explica las erupciones de ambos volcanes.

Para los Wintu, la montaña tiene una importancia aún más profunda: trazan el origen de su pueblo a un manantial sagrado en sus laderas. Y según sus tradiciones, más allá del reino de los humanos, la montaña también alberga a los matah kagmi —los «guardianes del bosque»— conocidos por otros como Bigfoot, que han existido tanto tiempo como su pueblo.

La extraordinaria atmósfera de Shasta no depende de que sus visitantes tengan creencias particulares. Pero es innegable que la montaña ha atraído a buscadores espirituales de todo el mundo durante más de un siglo.

Todo comenzó en la década de 1880, cuando el escritor local Frederick S. Oliver publicó A Dweller on Two Planets (Un habitante de dos planetas), un libro que afirmaba haber recibido por canalización espiritual. En él, describía complejos túneles subterráneos bajo la montaña y una ciudad secreta habitada por los descendientes sobrevivientes de Lemuria, un continente perdido en el Pacífico análogo a la Atlántida.

La leyenda creció. En 1931, Harvey Spencer Lewis, escribiendo bajo el seudónimo de Wishar S. Cerve, publicó Lemuria: el continente perdido del Pacífico (ver Anexo 2) para la organización Rosacruz AMORC, donde detallaba la existencia de lemurianos escondidos dentro de Shasta. Desde entonces, la montaña ha sido asociada con una ciudad subterránea llamada Telos, la «Ciudad de la Luz» donde estos seres de quinta dimensión habrían encontrado refugio cuando Lemuria se hundió.

Según la tradición esotérica, estos lemurianos son seres de gran estatura —hasta siete pies—, de cabellera larga y ondulada, vestidos con túnicas blancas y sandalias, que ocasionalmente salen a la superficie y se aparecen ante quienes están espiritualmente preparados. La misma creencia sostiene que en 1930, en las faldas de Shasta, el alquimista Saint Germain contactó a Guy Ballard, fundador del Movimiento «Yo Soy», revelándole los secretos de la jerarquía cósmica.

A estas alturas, la montaña ya era considerada por muchos como un «centro de poder», un vórtice de energía donde convergen líneas geodésicas que garantizan el equilibrio del planeta. En agosto de 1987, durante la Convergencia Armónica —un evento de meditación global—, Shasta fue identificado como uno de los pocos «centros de poder» planetarios. Hoy, más de un centenar de grupos espirituales diferentes tienen presencia en la zona, desde budistas (el monasterio Shasta Abbey se estableció aquí en 1971) hasta practicantes de rituales nativos americanos, pasando por buscadores de cristales, astrólogos y seguidores de las enseñanzas de los Maestros Ascendidos.

A lo largo de los años, la montaña ha sido escenario de una serie de fenómenos que alimentan su leyenda.

Uno de los más visibles son las nubes lenticulares que con frecuencia se forman alrededor de la cumbre, con forma de platillo volador, que no hacen sino reforzar las creencias sobre ovnis y portales dimensionales. Los geólogos tienen una explicación más prosaica: se forman cuando una masa de aire húmedo choca con el volcán y se ve obligada a ascender y enfriarse. Pero la explicación científica no resta un ápice de misterio a la imagen de esos discos suspendidos sobre la montaña.

En 1905, el profesor Edgar Lucin Larkin, director del Observatorio del Monte Lowe en el sur de California, afirmó haber distinguido con su telescopio una cúpula resplandeciente rodeada de construcciones en la cima del Shasta. Publicó sus observaciones en el San Francisco Examiner, pero nunca se encontró evidencia de tales estructuras.

También hay reportes de extraños incendios forestales que se detienen en un límite preciso, como si una barrera invisible protegiera ciertas áreas. En 1931, un incendio arrasó los alrededores de Shasta hasta que, según testigos, una niebla misteriosa apareció de la nada y detuvo el avance de las llamas, creando un límite perfectamente definido entre el área quemada y la que quedó intacta.

Y están los avistamientos de luces. En 1951, se reportaron nueve bolas de fuego verde en el cielo cerca de Alburquerque, Nuevo México, un fenómeno similar al que testigos locales han descrito alrededor de Shasta. Los teóricos de la conspiración sugieren que eran naves lemurianas; otros, que tenían que ver con la planta de energía atómica de Los Álamos.

Las historias de encuentros con lemurianos también son recurrentes. En abril de 1972, tres estudiantes de geología de la Universidad de Berkeley que escalaban la montaña afirmaron haber visto, desde el cráter, a cinco hombres altos, de cabelleras onduladas, vestidos de blanco, caminando hasta desaparecer detrás de un peñasco. Y en 2011, un excursionista de Los Ángeles que caminaba por el Pacific Crest Trail escuchó una voz femenina cantando desde la ladera. Se sintió hipnotizado, la siguió hacia el bosque y desapareció durante semanas. Cuando reapareció, contó que lo habían llevado a una cueva muy oscura donde una mujer extraordinariamente alta, de ojos azules y vestimenta extraña, lo había salvado de una fuerza misteriosa.

Hay también una historia particularmente conmovedora de 2011 cuando un niño de seis años desapareció en un segundo mientras jugaba en el bosque. Cinco horas después, reapareció como si nada hubiera pasado. Contó que lo había llevado «el robot de su abuela fallecida» a una cueva llena de arañas. No es necesario creer en ninguna de estas historias para reconocer que Shasta tiene un don cual es el de hacer que la gente vea.

Más allá de las leyendas, Shasta es un laboratorio geológico viviente. Está compuesto por cuatro conos volcánicos superpuestos que se han ido construyendo durante los últimos 600 000 años. La parte más antigua visible es Sargents Ridge, en la ladera sur, con rocas que datan de hace unos 593 000 años.

Uno de los eventos más dramáticos en su historia ocurrió entre hace 300 000 y 360 000 años, cuando un deslizamiento de tierra gigante removió todo el flanco norte del volcán. Con un volumen estimado de 6,5 km3, fue uno de los mayores avalanchas conocidas en la Tierra. El material fluyó hacia el noroeste, hacia el valle de Shasta, donde aún hoy el río Shasta corta a través de un depósito de escombros de 45 km de largo.

El cono más reciente, Hotlum, se formó hace unos 8 000 años. En los últimos 8 000 años, ha entrado en erupción al menos ocho o nueve veces. La última gran erupción, hace unos 200 años, creó un flujo piroclástico y un lahar caliente que descendió por Mud Creek, además de tres lahares fríos que bajaron por Ash Creek.

Shasta es tan complejo, con una historia tan rica, y visualmente tan poderoso, que estas cualidades se acumulan para hacerlo un lugar profundo para mucha gente —geólogos, buscadores espirituales, incluso cazadores y recolectores de hace 10,000 años».

Para quienes se sienten atraídos por la montaña como reto físico, escalar Shasta es una experiencia técnica que requiere preparación seria. No hay senderos que lleven a la cumbre. La ruta más popular es Avalanche Gulch, que sube 2 134 m en 9,6 km, con una dificultad que exige crampones, piolet y conocimiento de glaciar. Quienes la intentan deben obtener un pase de cumbre y estar preparados para cambios repentinos de clima incluso en verano.

La mejor época para escalar es de mayo a octubre, cuando los glaciares están más firmes y las tormentas invernales han cesado. La ruta Avalanche Gulch toma de 8 a 12 horas de ida y vuelta, y la altitud (recordemos que la cumbre está a 4 322 m) puede afectar incluso a excursionistas experimentados.

Para quienes prefieren mantener los pies en tierra, el bosque nacional Shasta-Trinity ofrece numerosos senderos que serpentean por las laderas bajas, entre catedrales de viejos cedros cubiertos de musgo, prados regados por manantiales y lagos alpinos. El sendero de McCloud River Falls es una caminata fácil de 6,5 km (ida y vuelta) que pasa por tres espectaculares cascadas, con vistas de la montaña y de Castle Crags.

Al pie de la montaña, la ciudad de Monte Shasta es un lugar único. Allí se mezclan tiendas de ropa para actividades al aire libre con librerías esotéricas como Soul Connection, donde se venden cristales, incienso y libros sobre lemurianos. En The Crystal Room, en West Castle Street, ocho salas están llenas de cuarzos, geodas, tallados de animales y piedras pulidas. Es un lugar de peregrinaje para quienes buscan energía, sanación o simplemente curiosidad. Nosotros pasamos una noche en la ciudad de camino al Parque Nacional de Crater Lake, del que escribiré en una próxima columna.

¿Qué es lo que hace que esta montaña, entre todas las montañas, atraiga tanta atención? Tal vez sea su soledad. A diferencia de otras grandes montañas que son parte de cadenas, Shasta se eleva por sí sola desde las llanuras, sin compañía. Tal vez sea su volumen: no es la más alta, pero es la más masiva, como si el peso de siglos de historias y creencias se hubiera acumulado en sus laderas. Tal vez sea el hecho de que todavía está viva, latiendo con magma bajo la superficie, recordándonos que la Tierra es un organismo en movimiento.

Taylor Tupper, la mujer modoc que honra a la montaña con ofrendas de tabaco y agua, tiene una respuesta más directa: «Seríamos tontos al pensar que somos los únicos aquí en este vasto universo». Para ella, que los buscadores espirituales, los geólogos, los excursionistas y los soñadores se sientan atraídos por Shasta no es casualidad. Es porque la montaña es un lugar donde se puede sentir algo más grande.

Si alguna vez pasan por el norte de California, no se limiten a contemplar el Shasta desde la carretera, quédense por lo menos un día en la ciudad de Monte Shasta y salgan a caminar entre los cedros viejos, escuchen el agua de los manantiales, observen cómo las nubes lenticulares se forman y se disuelven alrededor de la cumbre. No es necesario creer en lemurianos o en ovnis para sentir que hay algo especial aquí. Como dijo John Muir, el reconocido naturalista, cuando vio la montaña por primera vez desde el valle del Sacramento: «Toda mi sangre se convirtió en vino, y no he vuelto a estar cansado desde entonces».

Les dejo una pequeña galería del Monte Shasta y la ciudad. También incluyo en los anexos la descripción que hace Sara Baxter en su libro «Lugares Místicos», de la «Guía para los viajeros inspirados», que es uno de mis libros de consulta para viajes y también incluyo un pequeño texto sobre Lemuria.

Califique esta columna:

La creación de este contenido contó con la asistencia de IA, y el material lo revisé para asegurar su precisión. El contenido no se generó automáticamente.

Anexo 1

Lugares místicos

Shasta

Sarah Baxter
Ilustración de Amy Grimes

Con aproximadamente la mitad de la altura del Everest, no es el pico más alto de Estados Unidos. Ni siquiera del estado. Pero hay algo en esta montaña, en esta belleza peligrosa que se eleva de forma tan singular y presuntuosa desde las llanuras. Es un Goliat geológico, un tremendo templo de la naturaleza, un faro querido al que la gente ha acudido a postrarse durante milenios. Las historias se arremolinan como nubes alrededor de su cima y se adentran profundamente en su núcleo; se sabe que personas de todos los credos y credulidades han encontrado aquí lo que anhelaban. La montaña observa, impasible. Por ahora.

Situado en el extremo sur de la cordillera Cascade, cubierta de nieve, que se extiende desde el norte de California hasta la Columbia Británica, el monte Shasta, de 4 322 m, es uno de los estratovolcanes más grandes del mundo. Es potencialmente mortal: inactivo más que extinto, entró en erupción por última vez hace unos 200 años. No es cuestión de si volverá a entrar en erupción, sino de cuándo, con efectos potencialmente catastróficos.

Pero no es solo la energía volcánica la que late en este pico. El monte Shasta también parece vibrar en un plano más espiritual. De hecho, muchos visitantes hablan de sentirse atraídos por este lugar, como si Shasta no fuera una montaña, sino un imán. Peregrinos de todas las creencias y confesiones se sienten atraídos por él, buscando específicamente ciertos «lugares sagrados» como Panther Meadows, Burney Falls y el sendero hacia Heart Lake, que se dice que emanan vibraciones aún mayores.

Esto no es nada nuevo. Se sabe que los nativos americanos habitan esta zona desde hace al menos 11 000 años. El volcán se extiende a lo largo de las tierras de los pueblos Shasta, Wintu, Achumawi, Atsugewi y Modoc, todos los cuales le otorgan un gran significado. Por ejemplo, según las leyendas del pueblo Shasta, se cree que la montaña que lleva su nombre fue el primer lugar en el que se posó el Viejo del Cielo después de crear la Tierra. Se dice que había hecho el mundo tan plano que no podía bajar a él. Así que el Viejo del Cielo excavó un agujero en el cielo a través del cual empujó grandes cantidades de hielo y nieve para formar un enorme montículo. Luego, utilizando las nubes como peldaños, bajó y dio un último paso gigante para posarse en su nueva montaña. Desde allí creó árboles, arroyos, pájaros y animales, incluido el oso pardo. Pero le tenía tanto miedo a esta última criatura que ahuecó la montaña para construir un tipi en el que se refugió, con el humo de su fuego saliendo por la parte superior. Se dice que cuando llegó el hombre blanco, el Viejo de Arriba se marchó y ahora su tipi, el monte Shasta, ya no echa humo.

Estas no son las únicas leyendas relacionadas con la montaña. En la década de 1930, el supuesto avistamiento de un Maestro Ascendido —un ser iluminado que ha superado el ciclo de la reencarnación— desencadenó un movimiento religioso completamente nuevo y algo controvertido. Y luego está el mito de Telos, una ciudad de cristal dentro de la montaña, vinculada al continente perdido del Pacífico, Lemuria, similar a la Atlántida. Cuando Lemuria se hundió, se dice que sus habitantes de quinta dimensión huyeron al santuario del monte Shasta y han permanecido allí desde entonces. Las nubes lenticulares en forma de platillo que a menudo se forman alrededor de la cima del monte Shasta no disuaden a sus creyentes sobrenaturales.

Elija su teosofía o conspiración, o ninguna de las dos. La extraordinaria atmósfera de la montaña no depende de que sus visitantes tengan creencias particulares. En la ciudad del monte Shasta encontrará gente que rinde culto tanto en tiendas New Age que promocionan los cristales como en tiendas de ropa para actividades al aire libre. No, la montaña en sí misma es el poder. Su cima está prohibida para todos excepto para unos pocos: los nativos americanos creen que solo los curanderos deben subir más allá de la línea de árboles, ya que el reino superior es simplemente demasiado poderoso. En la práctica, se trata de una ascensión técnica, apta solo para montañeros experimentados. Pero hay muchos senderos que serpentean por las zonas más bajas, entre catedrales de viejos cedros cubiertos de musgo, prados regados por manantiales, lagos alpinos y cascadas brumosas que crean una magia propia.

Anexo 2

Lemuria

Lemuria

El continente que nunca existió (pero que fascinó al mundo)

Pocos lugares han sido tan influyentes sin haber existido realmente como Lemuria. A medio camino entre la ciencia del siglo XIX y la imaginación esotérica, Lemuria es uno de esos conceptos que muestran cómo una hipótesis científica puede transformarse, con el tiempo, en mito.

La idea de Lemuria nació en 1864, cuando el zoólogo británico Philip Sclater intentó explicar una curiosa distribución de los lémures. Estos primates se encontraban en Madagascar y partes de Asia, pero no en África continental ni en Oriente Medio. Para resolver este misterio, Sclater propuso la existencia de un antiguo continente que habría conectado Madagascar con la India y otras regiones: Lemuria, llamado así precisamente por los lémures.

En su momento, la hipótesis tenía sentido. Antes del desarrollo de la teoría moderna de la deriva continental, muchos científicos creían que grandes masas de tierra desaparecidas podían explicar las similitudes entre especies separadas por océanos. Sin embargo, todo cambió en el siglo XX con la consolidación de la tectónica de placas, que demostró que los continentes no se hunden sin dejar rastro, sino que se desplazan lentamente sobre el manto terrestre. Así, Lemuria dejó de ser una posibilidad científica.

Pero su historia no terminó ahí. Lejos de desaparecer, Lemuria fue adoptada por corrientes esotéricas, especialmente por la Sociedad Teosófica. Figuras como Helena Blavatsky transformaron el continente en una civilización perdida, habitada por seres avanzados espiritual o incluso físicamente distintos a los humanos actuales. En estas versiones, Lemuria se convirtió en un paraíso ancestral, destruido por cataclismos, cuyo conocimiento habría sobrevivido en formas ocultas.

Con el tiempo, Lemuria empezó a mezclarse con otras leyendas de continentes desaparecidos, como la famosa Atlántida, aunque su origen es mucho más reciente y científico. A diferencia de Atlántida, que proviene de los textos de Platón, Lemuria nació en un artículo académico, lo que hace su evolución aún más interesante.

Hoy, Lemuria es considerada una pseudociencia desde el punto de vista académico, pero sigue siendo una poderosa idea cultural. Aparece en literatura, teorías alternativas e incluso en discursos espirituales contemporáneos. Su persistencia nos recuerda algo importante: que la frontera entre ciencia y mito no siempre es fija, y que incluso las teorías descartadas pueden tener una segunda vida en la imaginación humana.

En última instancia, Lemuria no nos habla de un continente perdido, sino de nuestra necesidad de llenar los vacíos del conocimiento con historias. Y en ese sentido, aunque nunca haya existido, Lemuria sigue siendo, de alguna forma, real.

Revise también

lpvs

Rodrigo Chaves: “sigo siendo el rey”

Luis Paulino Vargas Solís La cuestión de la negociación entre el gobierno de Chaves y …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *