El Evento de Tunguska │ Siberia
El día que el cielo se partió en dos
Siberia, 30 de junio de 1908. A las 7:17 de la mañana, una columna de luz azulada, tan brillante como el sol, atravesó el cielo sobre la remota región de Tunguska. Segundos después, una explosión de una magnitud inimaginable sacudió la tierra, liberando una energía 1.000 veces superior a la de la bomba atómica de Hiroshima. La onda expansiva fue tan potente que derribó 80 millones de árboles en un área de 2.150 kilómetros cuadrados, calcinando instantáneamente a miles de renos y rompiendo ventanas a cientos de kilómetros de distancia. Durante las noches siguientes, los cielos de Europa y Asia quedaron tan iluminados que, según las crónicas de la época, se podía leer el periódico a medianoche en Londres sin necesidad de lámparas.Lo que convierte a Tunguska en el «padre de todos los misterios espaciales» es lo que los investigadores encontraron —o más bien, lo que no encontraron— cuando finalmente lograron llegar al lugar de los hechos años después. A diferencia de cualquier impacto de un meteorito convencional, en el epicentro de la catástrofe no había un cráter. En su lugar, los científicos descubrieron un fenómeno desconcertante: en el punto exacto de la explosión, los árboles permanecían de pie pero despojados de sus ramas y corteza, como postes telefónicos verticales, mientras que a su alrededor, millones de árboles yacían tumbados formando un patrón radial perfecto que señalaba hacia afuera.
La ausencia de un cráter y de fragmentos metálicos significativos alimentó durante décadas las teorías más descabelladas. Se habló del choque de una nave espacial extraterrestre de propulsión nuclear que explotó antes de tocar suelo, del paso de un mini agujero negro a través de la Tierra, e incluso de un experimento fallido de Nikola Tesla con su famosa torre de energía inalámbrica. Sin embargo, la explicación científica más sólida apunta a un «estallido aéreo»: un asteroide o cometa compuesto principalmente de hielo y roca que, al entrar en la atmósfera a una velocidad de 54.000 kilómetros por hora, se calentó hasta tal punto que explotó a unos 10 kilómetros de altura, consumiéndose totalmente antes de impactar contra la corteza terrestre.
El evento de Tunguska sigue siendo hoy un recordatorio brutal de la vulnerabilidad de nuestro planeta. Aunque ocurrió en una zona prácticamente deshabitada, si esa masa de fuego hubiera estallado apenas unas horas después, debido a la rotación de la Tierra, habría borrado del mapa ciudades enteras como San Petersburgo o Londres. Hoy, los científicos miran hacia Tunguska no solo como un enigma del pasado, sino como la clave para entender las amenazas que aún acechan en la oscuridad del espacio profundo.
Inspirado en el libro “Misterios sin resolver: Eventos bizarros que han intrigado las grandes mentes”
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