Manifiesto Russell-Einstein: más necesario ahora de lo que era antes

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Por Garry Jacobs y Donato Kiniger-Passigli (*)

Esta semana se cumplen sesenta y cinco años desde que Albert Einstein, Bertrand Russell y otros nueve premios Nobel lanzaron un documento histórico que sería conocido como el Manifiesto de Russell-Einstein. El Manifiesto llamó a los gobiernos del mundo a abolir las armas nucleares para eliminar el peligro inminente de la guerra nuclear que constituía una amenaza existencial para la raza humana.

El Manifiesto no condujo a la erradicación de las armas nucleares pero sí generó una conciencia generalizada sobre los peligros catastróficos de la guerra nuclear. Allanó el camino para la aparición de las Pugwash Conferences on Science and World Affairs (1957) la World Academy of Art & Science (1960) y el Partial Test Ban Treaty (1963), además de otros numerosos otros acuerdos de control de armas. Sirvió de inspiración para el crecimiento del movimiento de abolición nuclear, que alcanzó su punto máximo en la década de 1980, condujo finalmente a la eliminación de decenas de miles de ojivas nucleares al final de la Guerra Fría, y culminó con la concesión del Premio Nobel de la Paz en 1995 a Pugwash y Joseph Rotblat, cofundador de Pugwash y uno de los cuatro signatarios del Manifiesto que también cofundó la World Academy of Arts and Sciences.

El Manifiesto Russell-Einstein fue el precursor de muchas campañas exitosas dirigidas por individuos visionarios para promover la paz y el bienestar global, como por ejemplo la campaña de erradicación de minas terrestres que Jody Williams y una pequeña coalición de ONGs pusieron en marcha y que logró llamar la atención de las altas esferas: actores políticos, los gobiernos y el público en general.

La gravedad del peligro descrito por los autores del Manifiesto en 1955 refleja de cerca la situación mundial actual, aunque ahora las fuentes de las amenazas, la magnitud de las mismas y el alcance global del peligro son muchos mayores. La presencia de armas de destrucción masiva todavía nos amenaza, pero las crisis que enfrenta la humanidad se han multiplicado exponencialmente en número, intensidad, complejidad e impacto en la seguridad humana. La pandemia actual es solo la punta del iceberg. Las enfermedades infecciosas, el hambre y la pobreza, el desempleo y la desigualdad, la inestabilidad financiera y la incertidumbre económica, la retirada de la democracia, la reversión al nacionalismo competitivo y la amenaza general del cambio climático cobran más importancia que nunca. Juntas amenazan la estabilidad y la riqueza de las naciones, la fortuna de las corporaciones, la vida de los ciudadanos y los ecosistemas, la libertad, la seguridad y el bienestar de toda la humanidad. Algunos de estos desafíos discriminan a los pobres y desfavorecidos, a las minorías o a los poblaciones urbanas o costeras propensas a las inundaciones. Esta combinación de factores representa amenazas catastróficas que incluso los más poderosos y ricos encontrarán imposibles de escapar.

En este preciso momento en que se necesita con tanta urgencia liderazgo estos desafíos se ven magnificados por un vacío en el liderazgo global y una pérdida de confianza en las instituciones nacionales e internacionales (en el gobierno, los medios de comunicación, las empresas, la ciencia y las instituciones académicas). Estos han alcanzado su punto máximo en un momento en que el multilateralismo está bajo ataque y las instituciones internacionales establecidas para prevenir la guerra mundial en 1945 están siendo amenazadas y socavadas por los Estados-nación miembros de la ONU.

Las diversas fuentes de estos problemas son bien conocidas. La globalización ha creado un Salvaje Oeste para que las corporaciones multinacionales operen fuera de las fronteras y los límites de la regulación. La teoría económica neoliberal ha llevado a políticas que socavan los derechos laborales, reducen el empleo, proporcionan recortes de impuestos a los ricos y amplían la desigualdad. La financiarización de la economía ha generado un casino global en el que la gran proporción de los 360 billones de dólares en recursos financieros mundiales da la vuelta al mundo en busca de retornos especulativos en lugar de invertir en la economía real que crea empleos y proporciona bienes y servicios para satisfacer las necesidades reales de los seres humanos. La democracia ha degenerado en plutocracia y ha sido subvertida por el populismo. Una gran parte de los medios de comunicación han sido corporativizados o politizados para servir a determinados intereses. Toda la economía global se basa en principios y prácticas que ignoran el valor real y el costo de los recursos naturales, el verdadero precio de la contaminación por combustibles fósiles y los riesgos incalculables que plantea el calentamiento global.

Las posibles soluciones a la mayoría de estos desafíos globales son conocidas y están bien documentadas diversas investigaciones. El mundo posee todos los conocimientos, capacidades organizativas, recursos tecnológicos y financieros necesarios para abordar estos problemas. Lo que ha faltado hasta ahora [R1] es el poder de superar la ignorancia de las creencias obsoletas, el poder arraigado de los intereses creados, la inercia de los procedimientos burocráticos y la resistencia de los privilegiados para la transición a un mundo más equitativo para todos.

El Manifiesto de Russell-Einstein puso en marcha un largo y lento proceso de cambio social evolutivo durante medio siglo. Hoy no podemos permitirnos el lujo de esperar tanto para enfrentar los desafíos a los que se enfrenta la humanidad. La magnitud y la urgencia de nuestra situación nos obligan a buscar formas de convertir el largo y lento proceso de prueba y error de la evolución en un proceso rápido y directo de transformación social consciente.

La World Academy of Arts and Sciences en colaboración con las Naciones Unidas en Ginebra se ha embarcado en un proyecto en colaboración con una multitud de organizaciones asociadas para formular el proceso necesario para esta transformación. Sus principales elementos ya son de sobra conocidos. Sus objetivos se establecen en los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU adoptados por 193 naciones para atacar las causas raíces de la violencia, la guerra y el sufrimiento en sus raíces y proporcionar Seguridad Humana para Todos.

Lo que se necesita hoy en día son estrategias catalizadoras para generar conciencia, movilizar las energías y organizar las acciones de la sociedad global para aplicar soluciones conocidas. Esa energía no puede y no vendrá de líderes políticos a nivel nacional preocupados por ganar o preservar sus propias posiciones. Requiere la sabiduría y el coraje del liderazgo en el pensamiento que conduce a la acción. Solo puede provenir de forjar y desatar un movimiento social global de organizaciones e individuos con ideas afines dedicadas al bien común de todos.

Nuestro desafío es aprovechar este momento global y generar a partir de él el impulso necesario para lograr en unos pocos años lo que de otro modo podría llevar muchas décadas. Sucedió después de la Segunda Guerra Mundial cuando casi un tercio de la humanidad fue liberada por la disolución de los imperios coloniales y el número de estados-naciones independientes se duplicó en 15 años y se triplicó en 30. Sucedió, pero mucho más rápidamente, hace sólo cuarenta años cuando la caída repentina del Muro de Berlín, la ruptura de la URSS, el colapso del comunismo, la disolución del Pacto de Varsovia, la reunificación de Alemania, la fundación de la Unión Europea y la creación de Internet como la primera institución social verdaderamente global transformó un mundo previamente dividido por una cortina de hierro impenetrable, eventos que nadie fue capaz de prever y que pocos creían que ocurrirían dentro de cincuenta años.

Estos eventos recientes demuestran que los cambios trascendentales son posibles a pesar de que parezca lo contrario. La retrospectiva histórica rara vez ha resultado útil para anticipar el futuro. Ahora es el momento de demostrar que los cambios de esta magnitud pueden volver a ocurrir con mayor velocidad, sabiduría, previsión y sinceridad que en cualquier otro momento del pasado. Incluso en medio de la amenaza sin precedentes planteada por COVID-19 a la humanidad, percibimos una creciente conciencia de que tal cambio es, de hecho, posible y está dentro de nuestro poder realizarlo.

El Manifiesto de Russell-Einstein mostró la sabiduría y el poder que once individuos podían liberar gracias a su iniciativa. Sus palabras son tan relevantes hoy como lo fueron en 1955: «Hacemos un llamamiento como seres humanos a los seres humanos: recuerden su humanidad y olviden el resto».

Hoy estamos llamados a demostrar la sabiduría y el poder que las fuerzas progresistas de la humanidad pueden ejercer al unir valores compartidos y objetivos comunes para trabajar por la de toda la humanidad.

[R1]Pl también incluye la necesidad de organizar recursos. Si hay una cosa que falta, es la organización de los recursos existentes.

Manifiesto Russell-Einstein

Manifiesto Russell-Einstein

Audio original mp3 en inglés (15:40 m)

Comunicado de prensa
9 de julio de 1955

La declaración que se acompaña, que ha sido firmada por algunas de las más eminentes autoridades científicas en diferentes partes del mundo, trata de los peligros de una guerra nuclear. Se deja en claro que ninguna de las partes puede aspirar a la victoria en esa guerra, y que existe un peligro muy real de exterminación de la raza humana por el polvo y la lluvia de las nubes radio-activas. Se sugiere que ni el público ni los Gobiernos del mundo son suficientemente conscientes del peligro. Señala que un acuerdo de prohibición de las armas nucleares, si bien podría ser útil para disminuir la tensión, no ofrecería una solución, ya que dichas armas serían sin duda fabricadas y utilizadas en una gran guerra, a pesar de los acuerdos previos en sentido contrario. La única esperanza para la humanidad es evitar la guerra. Esta declaración tiene como propósito reclamar un modo de pensar que haga posible ese objetivo.

La primera iniciativa vino de una colaboración entre Einstein y yo mismo. La firma de Einstein la puso en su última semana de vida. Desde su muerte la he trasladado a hombres de competencia científica tanto del Este como del Oeste, pues los desacuerdos políticos no deberían influir en los hombres de ciencia en la estimación de lo que es probable, pero algunos de estos acercamientos aún no han tenido respuesta. Estoy trasladando la advertencia pronunciada por los firmantes al conocimiento de todos los Gobiernos poderosos del mundo con la sincera esperanza de que puedan llegar a un acuerdo que permita sobrevivir a sus ciudadanos.

Beltrán Russell

Carta a los Jefes de Estado

Estimado…

Adjunto una declaración, firmada por algunas de las más eminentes autoridades científicas sobre la guerra nuclear, señalando el peligro de desastre total e irrecuperable que existiría de producirse tal guerra, y la consiguiente necesidad de encontrar alguna otra manera que la guerra para que puedan resolverse las disputas internacionales. Mi sincera esperanza es que usted ofrezca expresión pública de su opinión sobre el problema objeto de la presente declaración, que es el más grave que jamás haya enfrentado la raza humana.

Su seguro servidor,
Beltrán Russell

Una declaración sobre armas nucleares

En la trágica situación que enfrenta la humanidad, creemos que los científicos deben reunirse en conferencia para evaluar los peligros que han surgido como consecuencia del desarrollo de armas de destrucción masiva, y para discutir una resolución en el espíritu del borrador adjunto.

Estamos hablando en esta ocasión, no como miembros de esta u otra nación, continente, o credo, sino como seres humanos, miembros de la especie Hombre, cuya existencia continuada está en duda. El mundo está lleno de conflictos; y, por encima de todos los conflictos menores, la lucha titánica entre Comunismo y Anticomunismo.

Casi todo quien es políticamente consciente tiene profundos sentimientos sobre uno o más de estos asuntos; pero queremos que ustedes, si pueden, aparten esos sentimientos y se consideren sólo como miembros de una especie biológica que ha tenido una notable historia, y cuya desaparición ninguno de nosotros puede desear.

Debemos procurar no decir ni una palabra que pueda atraer a un grupo más que a otro. Todos, igualmente, están en peligro, y, si se entiende el peligro, existe la esperanza de que podamos evitarlo colectivamente.

Tenemos que aprender a pensar de nueva manera. Tenemos que aprender a preguntarnos, no sobre las medidas que deben tomarse para asegurar la victoria militar de cualquier grupo que prefiramos, pues ya no existen tales pasos; la cuestión que nos debemos formular es: ¿qué medidas deben adoptarse para evitar una contienda militar cuyo resultado será desastroso para todas las partes?

El público en general, incluso muchos hombres en puestos de autoridad, no han imaginado lo que supondría verse envueltos en una guerra con bombas nucleares. El público en general aún piensa en términos de destrucción de ciudades. Se entiende que las nuevas bombas son más poderosas que las antiguas, y que, mientras una bomba-A pudo arrasar Hiroshima, una bomba-H podría destruir las más grandes ciudades, como Londres, Nueva York y Moscú.

No cabe duda de que en una guerra con bombas-H las grandes ciudades quedarían aniquiladas. Pero ese sería uno de los desastres menores a los que nos tendríamos que enfrentar. Si todos en Londres, Nueva York y Moscú fueran exterminados, el mundo podría, al cabo de unos pocos siglos, recuperarse del golpe. Pero ahora sabemos, especialmente tras la prueba de Bikini, que las bombas nucleares pueden expandir gradualmente su destrucción sobre una superficie mucho más amplia de lo que se había pensado.

Se asegura con excelente autoridad que puede fabricarse ahora una bomba que sería 2.500 veces más potente que la que destruyó Hiroshima. Tal bomba, si explotara cerca de la superficie o bajo el agua, enviaría partículas radiactivas a la capa superior del aire. Descenderían gradualmente e irían llegando a la superficie de la tierra como mortífero polvo o lluvia. Ese polvo fue el que afectó a los pescadores japoneses y a los peces que capturaron. Nadie conoce la amplitud con la que podrían esparcirse esas letales partículas radio-activas, pero las mejores autoridades son unánimes al decir que una guerra con bombas-H podría posiblemente señalar el final de la raza humana. Se teme que de utilizarse muchas bombas-H habría una muerte universal, inmediata sólo para una minoría, pero para la mayoría en lenta tortura de enfermedad y desintegración.

Se han formulado muchas advertencias por eminentes científicos y por autoridades en estrategia militar. Ninguno de ellos dirá que pueden asegurarse las peores expectativas. Lo que dicen es que tales resultados son posibles, y nadie puede tener la seguridad de que no se hagan realidad. No hemos encontrado aún que las opiniones de los expertos en estos asuntos dependan en ningún grado de sus posiciones políticas o prejuicios. Sólo dependen, hasta donde nuestras investigaciones han revelado, del grado de conocimiento de cada experto en particular. Hemos descubierto que los hombres que más saben son los más sombríos.

Aquí está, entonces, el problema que presentamos, crudo, horrible e ineludible: ¿Vamos a poner fin a la raza humana; o deberá renunciar la humanidad a la guerra? La gente no se plantea esta alternativa porque es muy difícil abolir la guerra.

La abolición de la guerra exigiría desagradables limitaciones de la soberanía nacional. Pero lo que impide quizá comprender la situación más que cualquier otra cosa es que el término «humanidad» suena vago y abstracto. La gente apenas se imagina que el peligro es para ellos y sus hijos y sus nietos, y no sólo para una humanidad vagamente aprehendida. Apenas se imaginan que son ellos, individualmente, y aquellos que aman quienes están en peligro inminente de perecer angustiosamente. Y por eso confían en que quizá deba permitirse que la guerra continúe siempre que sean prohibidas las armas modernas.

Esta esperanza es ilusoria. Cualesquiera acuerdos que se alcancen en tiempos de paz para no utilizar bombas-H, no se tendrán por obligatorios en tiempos de guerra, y ambas partes se pondrán a trabajar para fabricar bombas-H en cuanto estalle la guerra, porque si un bando fabricase bombas y el otro no lo hiciera, quien las fabricase resultaría inevitablemente victorioso.

Aunque un acuerdo para renunciar a las armas nucleares como parte de una reducción general de armamentos no equivalga a una solución definitiva, serviría para ciertos objetivos importantes. En primer lugar, cualquier acuerdo entre el Este y el Oeste será bueno en la medida en que tienda a disminuir la tensión. En segundo lugar, la abolición de armas termo-nucleares, si cada parte creyera que la otra la cumple con sinceridad, disminuiría el temor de un ataque repentino al estilo de Pearl Harbour, que en la actualidad mantiene a ambas partes en un estado de aprehensión nerviosa. Debemos, por tanto, dar la bienvenida a un acuerdo, aunque sólo sea como un primer paso.

La mayoría de nosotros no somos neutrales en los sentimientos, pero, como seres humanos, tenemos que recordar que, si las cuestiones entre el Este y el Oeste deben decidirse de forma que den alguna posible satisfacción a cualquiera, sea comunista o anticomunista, sea asiático, europeo o norteamericano; sea blanco o negro, tales cuestiones no deben decidirse por la guerra. Debemos desear que se entienda esto, tanto en el Este como en el Oeste.

Tenemos ante nosotros, si queremos, un progreso continuo en felicidad, conocimiento y sabiduría. ¿Elegiremos en cambio la muerte, porque no podemos olvidar nuestras disputas? Hacemos un llamamiento como seres humanos a seres humanos: recordar vuestra humanidad, y olvidar el resto. Si podéis hacerlo, está abierto el camino hacia un nuevo Paraíso; si no podéis, se muestra ante vosotros el riesgo de la muerte universal.

Resolución:

Invitamos a este Congreso, y a través suyo a los científicos del mundo y al público en general, a suscribir la siguiente resolución:

«Ante el hecho de que en cualquier futura guerra mundial se emplearían con certeza armas nucleares, y que tales armas amenazan la continuidad de la humanidad, instamos a los gobiernos del mundo para que entiendan, y reconozcan públicamente, que sus propósitos no podrán lograrse mediante una guerra mundial, y les instamos, en consecuencia, a encontrar medios pacíficos que resuelvan todos los asuntos de disputa entre ellos.»

Max Born, Percy W. Bridgman, Alberto Einstein, Leopoldo Infeld, Federico Joliot-Curie, Germán J. Muller, Lino Pauling, Cecilio F. Powell, José Rotblat, Beltrán Russell, Hideki Yukawa

(*) Garry Jacobs, Presidente y CEO, World Academy of Art and Science – Donato Kiniger-Passigli, Vicepresidente, World Academy of Art & Science. Artículo enviado a Other News por los autores.


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