La propuesta neokeynesiana

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Carlos Revilla M.

Carlos Revilla

Con la nueva gran crisis global del capitalismo del 2007-2009 y que todavía perdura hasta nuestros días con alguna variantes, dependiendo de la región, por ejemplo la Unión Europea o EE.UU., resurgió el nombre del economista John Maynard Keynes (1883-1946).

Tan grande fue la influencia de Keynes, que dio lugar a una nueva escuela en economía que se conoce como el keynesianismo. Keynes no obtuvo nunca el Nobel de economía simplemente porque en el período que vivió no existía, se creo hasta 1969. El de economía es el único Nobel que no es “original”, es decir, no es de los que estableció Alfred Nobel en su famoso testamento.

La importancia de Keynes radica en que no es un economista de la escuela clásica o neoclásica, aunque sin salirse del establishment, pues no excede los marcos de una economía capitalista. Acepta en términos generales la lógica del mercado y estima que es posible regular el sistema y limitar sus efectos perversos. Juega por así decirlo, con las reglas del mercado, pero dando instrumentos y herramientas económicas muy novedosas en su momento, y que por ejemplo ayudaron a salir a EE.UU. de la Gran Depresión de 1929 con el New Deal, que aplicaba básicamente medidas keynesianas.

El referente histórico del keynesianismo es sin duda el capitalismo regulado o humanizado, que surge en Europa después de la II Guerra Mundial, pero que también tuvo expresiones concretas en el mundo en desarrollo. No voy a elaborar sobre las propuestas económicas del keynesianismo, bien que mal no soy economista, pero ¿por qué quiero hablar de Keynes entonces? Muy sencillo, con Keynes la socialdemocracia encontró el economista que andaba buscando. Por fin había una teoría económica para esta ideología.

Ahora, con la recurrente crisis del capitalismo, y al expandirse la globalización como su expresión máxima, empieza a tomar importancia la escuela del neokeynesianismo. Esta nueva dimensión del keynesianismo pretende trascender las regulaciones al capitalismo en el marco del Estado Nación, para plantearlas a escala global. Después de la ola liberalizadora de los mercados, financieros y laborales, el neokeynesianismo pretende establecer controles que, aún cuando toleren las condiciones de la competencia, reduzcan las desigualdades sociales y el deterioro del medio ambiente. Combinar los intereses privados con una redistribución del ingreso y una política de empleo a nivel mundial. Esto implicaría una regulación de las actividades de las corporaciones. Lo que caracteriza a las posiciones neokeynesianas es la voluntad de remediar los abusos y excesos del capitalismo, aunque aún sin cuestionar su lógica.

Esta visión coincide con la idea —aun en definición— de una socialdemocracia global, en la que la globalización no es solamente un hecho económico al que hay que acomodarse, sino también una posibilidad política, donde un régimen global puede regular al capitalismo global, explorar nuevas formas de redistribución de la riqueza y protegiendo a los excluidos del mercado de trabajo.

Otros aspectos en los que el neokeynesianismo ha insistido, es la regulación de los cambios monetarios y el flujo de capitales, en vista que muchas de las últimas crisis pueden atribuirse a la falta de controles sobre los mercados financieros. En este campo sobresale la Tasa Tobin, llamada así por haber sido James Tobin (Premio Nobel de Economía) su proponente original. Esta propuesta establece una tasa del 0,1% sobre las transacciones en divisas, que podría ser utilizada para la lucha contra las desigualdades, la educación, la salud pública, la seguridad alimentaria y el desarrollo sostenible. Se supone que esta medida sería altamente disuasoria para los especuladores y penalizaría a las operaciones comerciales y la inversión productiva en el extranjero. Adicionalmente, la Tasa Tobin limitaría las fluctuaciones de los tipos de cambio, posibilitando a los gobiernos adoptar tipos de interés un poco más bajos que los tipos internacionales, beneficiando así el crecimiento y el empleo. No obstante la implementación de la Tasa Tobin tiene sus limitaciones. Para funcionar eficazmente requeriría ser implementada, por los menos, por todos los países del G8, la Unión Europea y las otras “potencias” financieras como Suiza, Singapur, Brasil o China, lo cual es —obviamente— muy complicado.

El neokeynesianismo apela a una refonna de las instituciones económicas y financieras internacionales que posibilite un cambio en la gobernabilidad y que dichas organizaciones modifiquen sus mecanismos de toma de decisiones de cara a fomentar la transparencia. Esto garantizará que las instituciones económicas internacionales respondan mejor a las necesidades de los pobres, del medio ambiente, etc. También debería ser posible en este contexto reformar las instituciones de Bretton Woods (FMI y BM).

Otras medidas de regulación y control al capitalismo global serían:

• Establecimiento de un impuesto excepcional sobre el patrimonio de las grandes fortunas.
• Volver a reglamentar los mercados financieros.
• Eliminar los paraísos fiscales.
• Establecer bancos nacionales e internacionales que proporcionen préstamos no condicionados.
• Anulación total de la deuda de los países pobres.
• Fomentar la inversión directa con criterios de eficiencia, pero también de equidad y justicia.
• Establecer políticas de inmigración razonables y humanas.

Todas estas propuestas implicarían un gran esfuerzo político, que en la presente coyuntura resulta complicado. A diferencia del keynesianismo del siglo XX circunscrito al marco del Estado Nación, los nuevos planteamientos de control de la economía requerirán aplicación mundial, o por lo menos en los grandes espacios económicos como la Unión Europea, EE.UU., China, Japón, India, etc.

Ante el desafío de la globalización neoliberal, es necesaria una propuesta también global, por eso la importancia de las propuestas neokeynesianas, que son una alternativa, no se si viable, al menos algunas propuestas puede que si se lleven a cabo. En estos momentos la UE está discutiendo una especie de Tasa Tobin. Habrá que esperar, pero lo que si es cierto, es que hay que superar el estado actual de cosas, ya el mundo no aguanta.

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