La gran oportunidad de la socialdemocracia

Enrique Gomáriz

Enrique Gomáriz Moraga

Existe consenso entre los observadores internacionales a la hora de analizar el resultado de las elecciones en Costa Rica: pasan a segunda vuelta dos opciones que se reclaman de centroizquierda, se mantiene la crisis de representación de la derecha y son derrotados los extremos políticos. Y es interesante el hecho de que coincidan en ese análisis analistas de distinta óptica, desde Zovato a Mercader, por mencionar algunos nombres. Habrá que pensar que alguna base tendrá esa coincidencia, digo yo. Pero de todas formas no está de más revisar sus supuestos.

Que los extremos políticos han sido derrotados no necesita mucha explicación en el caso de la derecha (Movimiento Libertario), pero en el caso de la izquierda sí parece oportuno comentarlo. El Frente Amplio no ha sido derrotado respecto de su historia antecedente, pero sí lo ha sido en cuanto a sus expectativas: de ser segundo en las encuestas a quedar a considerable distancia de los que pasaron a segunda vuelta. Como se ha dicho, el FA ha sido más bien el preparador del terreno para la victoria del PAC, pero es altamente probable que tenga un techo electoral (20%) que le impida llegar a ser nunca una alternativa de gobierno.

Tampoco hay que argumentar mucho sobre el mantenimiento de la crisis de representación de la derecha, pese a que el PUSC haya conseguido evitar su hundimiento definitivo. Algo que puede ser importante de cara al futuro.

En cuanto a la percepción de que las dos fuerzas que pasaron a segunda vuelta tienen una vocación similar, no creo que sea un error de los observadores internacionales. No sólo tanto el PLN como el PAC se proclaman en sus discursos como representantes del centroizquierda, sino que cualquiera que lea sus programas de gobierno se da cuenta de que son notablemente parecidos. Y a menos que se crea en la ligereza de que lo que digan los programas carece de importancia, el asunto tiene su enjundia. Más bien creo que ahí es donde reside la crítica a esos analistas: ven el fenómeno pero no identifican sus consecuencias.

Veamos primero el referente electoral. Sucede que hace ya una década que la suma de PLN y PAC se mantiene prácticamente igual: en torno al 60% del electorado. Incluso es curioso que esa cifra se mantenga independientemente de lo que obtenga cada uno de los dos partidos. Tanto si sus resultados son parecidos (elección de Oscar Arias) como si cae el PAC y sube el PLN (elección de Chinchilla), la suma de los dos es semejante (60%). En buena lid eso significa que en Costa Rica, tras la crisis de la derecha, existe un apoyo electoral próximo a los dos tercios para un proyecto de centroizquierda. En otra palabras, que es mayoritario el espacio electoral progresista (término que sigue teniendo entidad en términos políticos y que no hay que confundir con los comportamientos morales individuales, aunque haya gente que ya no distinga muy bien una cosa de la otra).

Ahora bien, a partir de ese espacio electoral progresista, desde una perspectiva exclusivamente programática, podría llegar a pensarse en la posibilidad de algún acuerdo entre esas dos fuerzas políticas, PLN y PAC, en términos de concertación histórica, como ha sucedido en otros países (Chile, Uruguay). Sin embargo, ese planteamiento minimiza el factor político partidario, que parece en este caso decisivo. Al final, lo que se ha producido es una lucha de exclusión de dos partidos que buscan apoyarse en el mismo espacio electoral, una “lucha fratricida” le llaman algunos.

Pues bien, para esta segunda vuelta este es el escenario (fratricida) que se plantea. Cabe entonces preguntarse por el futuro mediato e inmediato. Respecto de este último, resulta útil la clásica diferenciación entre posibilidad y probabilidad. Porque sí, es posible que gane cualquiera de los dos (cualquier tropezón de uno supondría la victoria del adversario), pero todo indica que lo más probable es que gane Luis Guillermo Solís. Por eso creo que es más urgente examinar el futuro de esta opción.

En términos de actuación de gobierno, creo que son cuatro sus posibilidades: a) un gobierno que no cambie demasiado las políticas; b) un gobierno con voluntad progresista que funcione; c) uno con esa misma voluntad pero que fracase; d) un gobierno progresista que, ante las dificultades, opte por una fuga hacia delante de tipo populista (que es otra versión del fracaso final, pero que se diferencia mucho como proceso).

Todo indica que un gobierno de Luis Guillermo presenta poco riesgo de que caiga en la primera opción (el riesgo de inmovilismo sería mayor en un gobierno de Araya). Lo que Solís debe evitar es caer en las dos últimas posibilidades: un gobierno que fracasa porque no supera los obstáculos en su camino, o un gobierno que ante esos obstáculos hace la fuga populista. Veamos ambas.

Antes de sumergirnos en los posibles obstáculos de un gobierno de Luis Guillermo, déjenme insistir en lo evidente: para un proyecto político progresista lo ideal sería que el día después de las elecciones, PAC y PLN firmaran una concertación programática por el progreso del país. Desde el punto de vista de los contenidos, esa no sería una tarea difícil, que además no requeriría de ningún gobierno de coalición ni nada por el estilo. Pero desde el punto de vista partidario, ya sabemos que es otro cantar. Así que volvamos a las principales dificultades políticas de un gobierno de Solís.

Luis Guillermo tendrá que salvar importantes obstáculos tanto en su frente externo como en el interno. Desde el punto de vista institucional tiene dos problemas graves. Una es hacer andar la maquina gubernamental, que es actualmente condenadamente difícil, precisamente por la obsesión moralista promovida por el PAC contra la corrupción, que hace de la administración costarricense una de las más entrabadas en América Latina. La otra, es de carácter normativo, porque, en buena cuenta, su gobierno estará en minoría en la Asamblea Legislativa. Si la fracción liberacionista se empeñara en hacer una oposición bloqueante, el gobierno del PAC enfrentaría problemas prácticamente insuperables. Por eso, las posibilidades de hacer un gobierno progresista exitoso a partir de sus propias fuerzas son condenadamente escasas para Luis Guillermo.

Y el frente interno no lo tiene menos complicado. Para hacer andar la maquinaria pública necesita de una cantidad de cuadros que no posee y que, sin duda, tendría que pedir prestados a otras sensibilidades políticas (y principalmente a Liberación). Y en la Asamblea, la fracción del PAC es todo menos una bancada alineada con el futuro Presidente. Ante cualquier dificultad de gobierno, ninguno de los dos primeros puestos de dicha bancada dejaría de colocar por delante sus propios criterios.

Así las cosas, la tentación de una fuga hacia delante de tipo populista está servida. Desde la sociedad civil porque los grupos activistas actuales nadan como pez en el agua en el malestar social que efectivamente presentan amplios sectores de la ciudadanía. Y desde el plano político, porque ahí estará presionando de continuo el Frente Amplio, además de los sectores radicales al interior del propio PAC. No parece fácil que Luis Guillermo se deje arrastrar en esa dirección, pero es perfectamente posible que cometa errores específicos que minen su actuación general.

Ahora bien, cabe entonces la pregunta: ¿qué consecuencias tendría un gobierno fracasado del PAC? En primer lugar, una clara consecuencia interna: se demostraría que el PAC no ha pasado la prueba del ácido de tener capacidad para gobernar el país. Pero creo que, en las actuales condiciones, el efecto sería aún mayor: constituiría el fracaso de una salida progresista a los problemas nacionales. Hay gente que piensa que el fallo de un gobierno del PAC prepararía de inmediato el terreno para un salvador liberacionista, tipo Arias o Figueres. Cierto, esa es una posibilidad, pero creo que también es posible que, ante el fracaso de una tentativa progresista, el electorado vuelva la vista hacia la acera política de enfrente, reviviendo a la derecha y resolviendo momentáneamente su crisis de representación (algo que ha sucedido ya en otros países de la región). Dicho en breve, un mal gobierno del PAC podría traducirse en la resurrección de la derecha en Costa Rica, deshaciendo el bloque electoral progresista que hoy existe en el país.

Eso es lo que se juegan los sectores sociales y políticos progresistas ante la posibilidad de un gobierno del PAC. Dicho de otra forma, es cierto que la socialdemocracia tiene una gran oportunidad en Costa Rica. Pero hasta los historiadores son capaces de darse cuenta de que las oportunidades históricas carecen de garantía: se pierden o se aprovechan. Pronto vamos a saber de qué pasta están hechas las fibras del tejido nacional costarricense.

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