La evolución de la sociedad postcapitalista globalizada

Enrique Gomáriz Moraga

Enrique Gomariz

En el discurso de la izquierda es frecuente encontrar el uso del término “capitalismo” de una forma bastante intemporal, casi como lo utilizaban muchos economistas clásicos del siglo XIX (Ricardo, Marx, etc.). ¿Será cierto que el capitalismo no ha variado mucho en su esencia? Si se acude a una definición de diccionario, las características del vocablo son las siguientes: se trata de un sistema económico y social, donde a) los medios de producción están en manos privadas, b) la ganancia es el medio para la creación de riqueza y c) el mercado es el mejor instrumento para la asignación de recursos de manera eficiente; d) ese sistema económico reproduce una sociedad dominada por el poder económico y político del capital, la sociedad capitalista.

Una revisión de la evolución de tales características permitiría, entonces, saber si el término capitalismo describe adecuadamente la sociedad actual. Durante el siglo XX, se experimentó una división a nivel mundial entre las áreas donde los medios de producción seguían en manos privadas y las áreas donde esos medios de producción estaban en manos del Estado. Tras la caída de la Unión Soviética y el bloque del Este de Europa, permanecen aún en esa situación algunos países (China, Cuba, Corea del Norte). La posesión de los medios de producción en manos privadas fue considerada por mucho tiempo el origen de la división en clases de la sociedad. La evidencia ha mostrado en el siglo XX que la composición social ha incluido más factores que ese parámetro en la zona de economía privada y que la estratificación social se hizo mucho más rígida en los países de economía estatal. Por esa causa, desde fines del siglo XX ninguna fuerza política que se reclame del socialismo democrático plantea una economía en manos del Estado, para alcanzar la democracia y la igualdad social.
En cuanto a la ganancia como medio de creación de la riqueza, pueden apreciarse dos factores. El primero, que ese sigue siendo el mecanismo que impulsa el desarrollo de las empresas, incluso cuando estas responden a un universo de accionistas muy amplio, donde el capital está muy repartido. Sin embargo, ese mecanismo ha sufrido una limitación jurídica respecto de la supremacía del bien común. De hecho, la mayoría de los países con constituciones democráticas contienen esa limitación en su texto constitucional.

Respecto del mercado se ha planteado un cambio en su percepción conceptual. Por un lado, existe coincidencia en la teoría económica acerca de que constituye el mecanismo más eficaz de asignación de recursos conocido, al menos mucho mejor que el de la economía estatal. Pero, al mismo tiempo, también existe consenso sobre que se trata de un mecanismo sin control endógeno, que puede incluso operar contra sí mismo. Es decir, que el mercado necesita de la cautela de los poderes públicos para evitar su tendencia a la falta de control. En el último cambio de siglo, se generó un debate entre quienes consideraban que la sociedad debía reproducirse según las leyes del mercado (que en muchos lugares recibió el nombre de neoliberalismo) y quienes entendían que había que poner lo publico en valor y que debían ser los parámetros del bien común quienes cautelaran el mercado. La mayoría de los organismos internacionales se inclinaron hacia esta segunda opción y a comienzos del siglo XXI se habló del “regreso de lo público”. De hecho, una alta proporción de servicios públicos están hoy en manos del Estado o existe la tensión para que lo puedan estar (Estados Unidos).

Es decir, los mecanismos originarios de la economía capitalista han sufrido una evaluación crítica, sobre todo ante la experiencia de su alternativa en el siglo XX, la economía de Estado. Hoy no se cuestiona la economía privada, siempre que esté subordinada al bien público y tampoco se cuestiona el mercado como mecanismo de asignación de recursos, aunque se entiende bajo la tutela de lo público. Pero donde esos cambios han tenido mayor profundidad es en cuanto al desarrollo de la sociedad.

En el siglo XIX el poder social de los propietarios de los medios de producción apenas tenía contrapesos, sobre todo en medio de sistemas electorales censitarios. Pero con la conquista del sufragio universal y el desarrollo de la sociedad de masas, los parámetros de reproducción social cambiaron apreciablemente. Ello no ha significado que el poder de los grandes propietarios haya declinado por completo, pero resulta una evidencia que enfrentan contrapesos considerables, surgidos especialmente desde los sistemas políticos democráticos. Ello no sólo se ha puesto de manifiesto con el acceso al gobierno de fuerzas políticas progresistas, sino con el establecimiento de modelos de desarrollo, como el que refleja el Estado de Bienestar, que muestra una relación más equilibrada entre capital y trabajo.

Fueron los economistas italianos, ligados al eurocomunismo, quienes primero acuñaron la idea de la “sociedad postcapitalista”, en los años setenta, en el contexto del Estado de Bienestar y a la vista de la proliferación de los convenios colectivos y los comités de empresa, junto al surgimiento de los consejos económicos y sociales en varios países europeos. Su apreciación era que estaba llegándose a un estadio en que el desarrollo económico ya no estaba determinado por los criterios del gran capital sino que tenía lugar como resultante de una negociación estable entre capital y trabajo. Esa sociedad ya no se reproducía de conformidad a los criterios clásicos del capitalismo, pero tampoco tenía muy definidos sus rasgos, por lo que esos economistas prefirieron aludir a la idea de sociedad postcapitalista.

Sin embargo, la crisis económica de los ochenta mas bien anticipó un cambio radical en el sistema económico mundial: se iniciaba así el proceso de globalización. Lejos de confirmarse los pronósticos de la crisis del capitalismo, la globalización tuvo una conducción política que celebraba la crisis del desarrollo keynesiano. Así que el proceso de globalización tuvo una conducción política de los partidarios de la hegemonía del mercado en la sociedad. El neoliberalismo dominó la globalización las dos últimas décadas del siglo XX.

Y con la globalización conservadora apareció un problema que los economistas italianos no pudieron prever: la desregulación de las relaciones entre capital y trabajo a nivel mundial sin la posibilidad de acudir a estructuras institucionales de control. No hay un gobierno mundial que pueda cautelar el desarrollo económico hacia una reposición del Estado de Bienestar a nivel internacional. Únicamente en determinados espacios, entre los cuales destaca la Unión Europea, permanecen instituciones que tratan de mantener alguna suerte de equilibrio entre capital y trabajo.

Ahora bien, una cosa es reconocer que esa relación ha vuelto a favorecer al capital (globalizado) y otra concebir que las sociedades actuales pueden describirse simplemente como capitalistas, sobre todo en lo que refiere a sus parámetros de reproducción social. El cambio civilizatorio en curso hace todavía más compleja la estructura de la sociedad de nuestro tiempo. Todo ello no significa que las relaciones capitalistas hayan dejado de existir, pero el concepto de sociedad capitalista describe mucho más la sociedad de los siglos anteriores, que la sociedad compleja del siglo XXI. A menos que queramos desconocer los cambios en la percepción de la economía privada, la valoración del mercado como mecanismo de asignación de recursos y el peso de la democracia en la determinación de las políticas públicas; y, sobre todo, queramos ignorar la cantidad de factores y agentes que, además de los representantes del capital, inciden en la reproducción de las sociedades actuales.

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