De Roosevelt a Trump, cómo Estados Unidos bromea con su propia doctrina
Carlos Revilla Maroto
El 8 de diciembre de 1941, Franklin D. Roosevelt compareció ante el Congreso de Estados Unidos y pronunció las palabras que quedarían grabadas en la memoria colectiva de su país: “Una fecha que vivirá en la infamia”. Japón había atacado Pearl Harbor mientras sus diplomáticos estaban en Washington negociando la paz. La “traición” fue el argumento moral que legitimó la entrada en guerra de una nación que hasta entonces se había mantenido al margen del conflicto mundial.Ochenta y cinco años después, el presidente Donald Trump recibió en el Despacho Oval a la primera ministra de Japón, Sanae Takaichi. Un periodista preguntó por qué Estados Unidos no había informado a sus aliados —incluido Japón— antes de los ataques contra Irán del pasado 28 de febrero. La respuesta de Trump fue, en apariencia, una broma:
“No le dijimos a nadie porque queríamos mantener la sorpresa. ¿Quién sabe más de sorpresas que Japón? ¿Por qué no me avisaron de Pearl Harbor? ¿Vale?”
Y remató: “Ustedes creen en las sorpresas mucho más que nosotros”.
La reacción de Takaichi fue elocuente: abrió los ojos, tomó aire profundamente, se tensó en su asiento y guardó silencio. La incomodidad, según los periodistas presentes, fue “evidente”.
No es la primera vez que Trump bromea con Pearl Harbor en presencia de un líder japonés. En 2019, con Shinzo Abe, hizo un chiste similar. Pero esta vez el contexto era distinto. Esta vez la broma no fue un desliz aislado, sino la justificación en voz alta de una política exterior que, bajo los estándares que el propio Roosevelt estableció, constituiría exactamente lo que entonces se condenó como infamia.
Porque el meollo del asunto no es la broma en sí, sino lo que revela. Trump recurrió a Pearl Harbor para explicar por qué Estados Unidos atacó Irán sin avisar a sus aliados. Pero la pregunta que nadie le hizo —y que aquí conviene formular— es otra: ¿por qué Estados Unidos atacó Irán mientras aún existían canales diplomáticos abiertos?
El paralelo es incómodo, pero necesario. Roosevelt condenó a Japón por atacar mientras negociaba. Trump, décadas después, no solo atacó a Irán en un contexto de negociaciones latentes —el acuerdo nuclear (JCPOA) del que Estados Unidos se retiró unilateralmente en 2018—, sino que además bromeó sobre aquel ataque histórico para justificar su propio uso de la “sorpresa” militar.
La asimetría no podría ser más explícita. Para Roosevelt, el ataque sorpresa de Japón fue infamia. Para Trump, el ataque sorpresa de Estados Unidos merece ser justificado con una broma sobre esa misma infamia, dicha en la cara de la aliada que en su día fue la víctima.
Este episodio no es solo un nuevo capítulo en la larga lista de declaraciones controvertidas de Trump. Es la manifestación de un principio tácito que ha regido la política exterior estadounidense durante décadas: la categoría de “traición diplomática” no es un estándar universal, sino una herramienta retórica que se aplica a los adversarios y se niega a los actos propios.
El país que un día definió el ataque sorpresa mientras se negocia como la más grave violación del orden internacional, hoy reclama para sí ese mismo derecho. Y no solo lo reclama: lo ejerce y además bromea sobre ello con quien fue la víctima original de aquel relato.
La reacción de Takaichi —el silencio, la tensión, la incomodidad— fue la de una líder que comprendió perfectamente la contradicción en la que se encontraba. Japón es hoy el aliado más leal de Estados Unidos en Asia, y como tal debe tragarse el chiste. La memoria histórica, en la política de las grandes potencias, es un recurso maleable: puede ser un arma contra los enemigos o un chiste con los aliados, según convenga.
Mireya Solís, del Brookings Institution, calificó el comentario de Trump como “inusual, un shock”, y señaló que el propósito de la visita era enfatizar “los lazos que unen a Japón y Estados Unidos, no el pasado divisivo”. Pero quizá el pasado divisivo nunca ha estado tan presente como cuando se lo invoca para normalizar el presente.
Lo que Roosevelt llamó infamia, Trump lo convierte en un recurso retórico. La pregunta que queda flotando en el aire —y que ningún periodista pudo formular en el Despacho Oval— es la siguiente: si Japón fue condenado por atacar mientras negociaba, ¿cómo deberíamos llamar entonces a lo que Estados Unidos acaba de hacer en Irán?
La respuesta, probablemente, nunca formará parte del discurso oficial. Porque en la política exterior, como en la historia, la infamia no es un hecho objetivo: es un privilegio de quien escribe la primera página.
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