Hablemos de los defectos de las universidades públicas (¿y por qué no de sus logros?)

Luis Paulino Vargas Solís

Luis Paulino Vargas

Cierto, hay un pequeñísimo porcentaje del personal que tiene salarios muy altos. En su mayoría es gente que tiene una brillante trayectoria académica y logros científicos e intelectuales notables. De modo que tampoco es exactamente un maná que les cayó milagrosamente del cielo. No obstante lo anterior, sigue siendo cierto que, en algunos casos, se ha superado el límite de lo razonable. Pero, por favor, téngase en cuenta que los regímenes universitarios de remuneración están en plena transformación en este momento, para garantizar que eso no vuelva a ocurrir nunca más.

Por otra parte, note usted que los salarios universitarios, como los de todo el sector público, permanecen congelados desde hace más de dos años. Lo cual significa que, tan solo en el último año, perdieron un 11% de su poder adquisitivo real. De modo que los altos salarios están dejando de serlo, y los salarios modestos -que son los de la enorme mayoría de la gente en las universidades- van camino de ser salarios de hambre.

Sé que nada de esto satisfará la sed de sangre y venganza de la iracunda fanaticada que tanto odia a las universidades públicas. Incluida, sea dicho con el debido respeto, la ministra Müller. Pero de seguro la gente razonable y sensata, que sigue siendo la gran mayoría, sí lo puede entender.

Y claro que hay otros problemas que debemos corregir. El régimen de interinazgo muy extendido (contra lo cual he luchado por muchos años) lastima la dignidad de las personas. Tampoco falta algún profesor remolón, y alguna “vaca sagrada” que se echa a dormir en sus laureles, olvidando que los laureles también se marchitan.

¿Qué debería haber más disponibilidad de cursos en horarios para personas que trabajan? De seguro que sí. Y, sin embargo, les contaré una anécdota: los cursos y seminarios de posgrado (en maestría y doctorado) que he impartido en los últimos años, en la UNED y en la UCR, se imparten domingos en la mañana.

¿Qué debería haber más proyección de las universidades? Innegablemente. Nunca será suficiente la que se haga. Pero, por favor, permítanme contarles algo: la UNED tiene 37 sedes universitarias, desperdigadas por el todo el territorio de Costa Rica: de San Vito, Ciudad Neilly y Buenos Aires, a La Cruz, Los Chiles, Upala y Liberia; de Talamanca, Limón y Siquirres a Orotina, Puntarenas, Jicaral y Tilarán. Y así sucesivamente, que la historia es larga de contar e incluye, entre muchísimas otras cosas, una sede en La Reforma, y programas que atienden a centenares de estudiantes indígenas.

Y, de nuevo, tengo el atrevimiento de confiarles otra anécdota personal: después de los casi 12 años, en los que fui director del CICDE-UNED, una de las cosas más gratificantes que me quedan, es el aprecio y el afecto que he recibido por parte de amigos y amigas indígenas, labrados a lo largo de años de trabajo a su lado. La calidez de su abrazo, el brillo de confianza y camaradería en sus ojos, sus palabras, infinitamente cariñosas. Muchas veces me han dado las gracias. Sé que no me las merezco. El agradecido soy yo.

¿Y por qué no hablar también de ciencia, investigación y generación de conocimiento? Gente, como la ministra Müller, cree que son vagabunderías, tan fácil como pelar una naranja, tan barata como un helado de palillo. Y, en todo caso, que si hace investigación ha de ser pensando exclusivamente en la rentabilidad inmediata. La ciencia no funciona así, y las universidades modernas, alrededor del mundo, lo saben. En las universidades públicas costarricenses, también lo tenemos claro, y con gusto se lo explicaríamos a Müller, si ella quisiera escuchar.

Por cierto, sería interesante hacer un recuento de los artículos científicos publicados por costarricenses durante, digamos, los últimos 10 años. Apuesto lo que sea que, con enorme diferencia, la gran mayoría de esos artículos se originan en las universidades públicas.

En fin, como les decía, podemos hablar de los errores de las universidades públicas, pero también deberíamos hablar de sus logros. Sin duda duda alguna, los aportes son incomparablemente mayores que los fallos.

Economista

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