La piedra Rosetta
Una simple losa de piedra gruesa y negra desvela los secretos de la civilización más duradera jamás conocida por la humanidad.
EN JULIO DE 1798, el líder militar francés Napoleón Bonaparte lanzó una campaña para hacerse con el control de Egipto. Tras sufrir derrotas a manos de las fuerzas británicas. Napoleón ordenó a su ejército que reforzara las fortificaciones. El 19 de julio de 1799, mientras las tropas francesas reforzaban las defensas del fuerte Julien, en la ciudad portuaria de Rosetta, al noreste de Egipto, un soldado observó entre los escombros un fragmento de piedra tallada con inscripciones en una de sus caras. Los científicos de la expedición determinaron que la piedra contenía inscripciones en tres tipos de escritura diferentes: jeroglíficos, demótico (una escritura egipcia muy extendida) y griego.
En otoño de 1801, los británicos derrotaron a los franceses y se hicieron con la propiedad de la piedra y otros objetos, considerados botín de guerra.
La Piedra de Rosetta es un fragmento de una estela egipcia, una losa de piedra que contiene textos gubernamentales o religiosos. Está hecha de granodiorita, una roca ígnea, y mide 112,3 cm de altura, 75,7 cm de ancho y 28,4 cm de espesor. Está pulida y pesa casi tres cuartos de tonelada.
La piedra fue la clave para desentrañar los misterios de los jeroglíficos egipcios porque repite el mismo texto en los tres idiomas. Una vez que los eruditos tradujeran las lenguas conocidas, el griego y el demótico, estarían un paso más cerca de descifrar los jeroglíficos, los símbolos que habían desconcertado a los arqueólogos durante siglos.
Los eruditos pronto se vieron inmersos en una acalorada competición por traducir las inscripciones. En 1802, el clérigo e intelectual británico Stephen Weston tradujo la inscripción griega. Ese mismo año, el lingüista francés Antoine Isaac Silvestre de Sacy y el orientalista sueco Johan David Akerbad interpretaron la escritura demótica. El texto era un decreto en honor del nuevo rey, Ptolomeo, en 196 a.C.
En 1814, el científico británico Thomas Young realizó importantes avances sobre los jeroglíficos, pero aún no había resuelto el enigma. Finalmente, en 1822, el lingüista francés Jean-Frangois Champollion descifró el código y demostró que los jeroglíficos no eran una simple escritura de imágenes, sino un lenguaje fonético e ideográfico, como la mayoría de las lenguas.
Una vez descifrado el código, se descifrarían miles de inscripciones en tumbas, templos, monumentos y papiros, revelando así al mundo muchos de los secretos ocultos del antiguo Egipto.
Basado en «100 greatest mysteries» de The History Channel