Explicaciones de lugares inexplicables

Fernando de Noronha │ Brasil

El archipiélago que decidió ser leyenda

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Morro do Pico

Existen lugares que parecen haber sido diseñados por algún guionista deseoso de demostrar que la realidad puede ser más fantástica que cualquier ficción. Fernando de Noronha —un puñado de islas volcánicas perdido en el Atlántico Sur— es uno de esos sitios: demasiado perfecto para ser verdad, pero justamente por eso, profundamente sospechoso.

Lo que hoy se promociona como destino de luna de miel con delfines incluidos, alguna vez fue un lugar donde nadie quería estar. Portugal lo descubrió en el siglo XVI y pronto entendió que era útil para vigilar más que para disfrutar. Durante siglos, Noronha fue prisión, cuartel, fortaleza y depósito humano.

Y un día, cuando los presos se fueron, llegaron los turistas. Quizá el archipiélago nunca fue cárcel… sino entrenamiento obligatorio para habituarse a la belleza.

Fernando de Noronha vive con una regla que cualquier club elitista envidiaría: solo 600 visitantes al mismo tiempo. “Para proteger la naturaleza”, dicen las autoridades.

Aunque quizá la verdad es otra: no cualquiera está emocionalmente preparado para ver a un delfín girar en cámara lenta sobre un mar más transparente que sus propias intenciones. El lugar cobra una tasa ambiental que sube con cada día de estadía. Llámelo conservación. O control fronterizo contra el turismo patoso.

Las iglesias del archipiélago no tienen vitrales ni campanas. Están bajo el agua. Sus fieles: tortugas verdes que rezan en silencio mientras flotan. El agua tibia permite bucear como si se estuviera entrando a la sala VIP del océano: mero, mantarrayas, tiburones de punta negra…

Dicen que quien baja al fondo regresa cambiado. En Noronha, lo más sagrado está allá donde solo llegan quienes tienen el pulmón y la valentía para aceptar la verdad líquida: el mundo no nos pertenece.

A diferencia de casi todas las islas remotas, Noronha no conoció pueblos ancestrales. Ningún marinero polinesio la encontró por azar, ningún chamán trazó mapas estelares para llegar hasta ella. Fue descubierta por portugueses en 1503… y antes de ellos, nada. Ni petroglifos, ni lenguas nativas, ni mitologías sobre la creación de la isla.

El Atlántico la ocultó durante milenios. Y cuando el ser humano finalmente la vio, ya venía sin historia y sin reclamaciones. Un lugar sin pasado humano… pero con un futuro complicado.

En postales aparece la imagen imposible: una aguja de piedra emergiendo como un colmillo del planeta. Es el Morro do Pico, 323 metros de pura verticalidad.

Según la versión oficial, es resultado de millones de años de erosión volcánica. Según la versión interesante… es la antena natural con la que Noronha se comunica con el universo. Pruébelo: mire hacia arriba y espere a ver si no siente un mensaje llegar.

En la Bahía dos Golfinhos, los delfines giradores aparecen todos los días, sin fallar. Científicos hablan de rutas migratorias, hábitos sociales y reproducción.

Pero cualquiera que haya visto su coreografía entiende lo que realmente sucede: aquello es un espectáculo ensayado. Los delfines son los artistas residentes del archipiélago y nosotros pagamos entrada por aplaudirlos con la mandíbula caída.

Volcánico, aislado, exuberante. Un secreto del Atlántico que insiste en mantenerse remoto, aunque ahora existan vuelos diarios. Fernando de Noronha parece pedir una sola cosa a quienes lo visitan: no intente explicarme.

Solo siéntase afortunado de haber llegado aquí antes de que la cordura del mundo me desmitifique.

Fernando de Noronha es la prueba de que el paraíso puede tener aduana, militares y tarifas ambientales, y aun así seguir siendo paraíso. Un recordatorio de que algunos lugares no se visitan: se sobreviven, se sospechan y, sobre todo, se recuerdan como si jamás hubieran existido.

Basado en el libro “Un mundo inmenso, explicaciones de lugares inexplicables”

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