Explicaciones de lugares inexplicables

Islas Pitcairn │ Reino Unido

El archipiélago donde el mundo decidió olvidarse de sí mismo

  • Es la democracia más pequeña del mundo.
  • En 2004 construyeron la prier cárcel y la mitad de los hombres adultos fueron condenados.
  • La historia de su poblamiemto es tan singular que fue llevada al cine cinco veces.

      Islas Pitcairn

      Hay sitios que parecen inventados por un novelista con exceso de imaginación y poco presupuesto. Y luego están las islas Pitcairn: un pedazo de roca volcánica perdido en un océano tan inmenso que, si uno la quisiera encontrar sin GPS, tendría que tener la suerte absurda de un náufrago bendecido por los dioses del azar. Son cuatro islas, pero en rigor solo una—Pitcairn—está habitada. Habitada, claro, por unas 50 personas, lo que convierte a este territorio británico en el equivalente geopolítico de un grupo familiar grande con problemas de administración.

      Las Pitcairn están tan remotas que desde el punto habitado más cercano hay que navegar unos 2.000 kilómetros. Están tan lejos que ni siquiera tienen aeropuerto: para llegar allí hay que embarcarse desde Mangareva, en la Polinesia Francesa, en un viaje que dura más de 30 horas. Cuando uno pisa Pitcairn ya no sabe si llegó a un territorio británico o a un concepto filosófico: la soledad como política pública.

      El asentamiento humano comienza con una historia que ya es mito: la de los amotinados del Bounty. En 1789, cuando Fletcher Christian y su grupo decidieron mandarlo todo al diablo y rebelarse contra el capitán Bligh, jamás imaginaron que su acto dramático culminaría en este rincón olvidado del Pacífico. Quemaron la nave para borrar su rastro y fundaron una comunidad que mezclaba marineros europeos con mujeres tahitianas. El resultado fue una especie de comuna accidental, aislada del mundo, con violencia, alcohol, alianzas, muertes y una lenta estabilización que tomó décadas. Para cuando el mundo volvió a encontrarlos, ya eran una micronación de facto.

      Las Pitcairn crecieron sin crecer: nunca hubo más de 200 habitantes, y en las últimas décadas la población ha caído en picada. No por falta de espacio, sino porque vivir allí es como mudarse a un cuarto mágico donde siempre hace falta algo: médicos, maestros, repuestos, gasolina, adolescentes, futuro.

      La electricidad apenas se volvió constante hace relativamente poco, Internet tiene la velocidad espiritual de una plegaria, y los barcos con suministros llegan cada tres meses—si el mar quiere. Las casas están desperdigadas sobre pendientes imposibles, como si alguien hubiese tratado de construir un pueblo en una escalera rota. Y sin embargo existe una administración completa: alcalde, consejo, sellos de correo (coleccionadísimos), dominio web propio y un pequeño museo que es más bien una conversación larga con quien tenga las llaves.

      Uno podría pensar que, por estar tan lejos, es un refugio perfecto. Pero Pitcairn también aprendió que el aislamiento no inmuniza contra las sombras. A inicios de los 2000, la isla fue escenario de un sonado caso judicial por abuso sexual sistemático, un recordatorio brutal de que ninguna comunidad—ni siquiera una de 50 personas—está a salvo de sí misma.

      Hoy, el gobierno británico subsidia casi toda la vida en Pitcairn. Sin ese dinero, la isla sería inviable. Pero sus habitantes insisten: plantan huertos, producen miel famosa en el mundo gourmet, cuidan senderos, ofrecen hospedaje, reciben a los pocos viajeros que se animan a hacer el trayecto y siguen viviendo en un lugar que parece más un desafío metafísico que un destino turístico.

      Pitcairn es, en su esencia, una pregunta: ¿qué queda de una comunidad cuando está tan lejos que nadie la puede oír? ¿Qué significa vivir en un sitio donde cada rostro es conocido, cada historia se repite, cada amanecer es un acto de terquedad contra la vastedad del Pacífico?

      Es, también, una metáfora de la condición humana: pequeñas islas tratando de sostener un mundo propio en medio de una inmensidad que no las necesita, pero que, de alguna manera, las tolera. Pitcairn sigue ahí, aferrada a la roca, resistiendo el olvido, como si el mapa entero dependiera de su persistencia. Y quizá sí: porque hay lugares que existen para recordarnos que lo inexplicable también es una forma de belleza.

      Basado en el libro “Un mundo inmenso, explicaciones de lugares inexplicables”

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