La influencia en el comportamiento social proviene siempre de actos testimoniales…
Caryl Alonso Jiménez

El concierto fue dirigido por el Director Yannick Nézet-Séguin, en un excepcional acto para una audiencia que ha asistido a la larga tradición de cada 1 de enero desde 1941.
El concierto tiene esos ritos de etiqueta y nobleza, pero ocurrió un hecho insólito esa tarde del 1 enero de 2026, que debió pasar inadvertido, excepto porque demostró que el comportamiento colectivo confirma el poder de las palabras, principalmente en escenarios que pueden parecer simbólicos, pero no lo son.
Resulta que en el momento de mayor intensidad musical cuando se escuchaba la Marcha Radezky op. 228, de Johann Strauss hijo, los asistentes se vieron envueltos en una dinámica colectiva… no era ya la solemne audición de una gigantesca obra musical, sino la reacción colectiva que los introdujo en expresiones de entusiasmo eufórico.
Si bien el director del concierto, Nézet-Séguin, estaba envestido de todas las competencias que la dinámica que una filarmónica requiere para llevar las partituras y compases en los previsibles espacios musicales; también es cierto que poseía el control de la sala y eso le dio la autoridad para incidir en un ambiente controlado, donde los asistentes en ese estado de ánimo emotivo, y mediante expresiones de su director en un inusual avivamiento colectivo por los pasillos de la Sala, logró contagiar expresiones rítmicas de aplausos acompasados por las notas musicales . Pero, ¿Sabía Yannick que podría provocar esta reacción del entorno? Si, si lo sabía… tenía el control de la sala y tenía el instrumento: la música.
Sin subestimar ninguna limitación o reacción colectiva… provocó un fenómeno que sin rozar las intimidades o prejuicios sociales, pudo reunir de manera colectiva, mediante aplausos acompasados con la filarmónica, y seguir la tonalidad musical que los hizo parte de un momento único de la historia, no eran nombres identificables, sino el actuar de manera colectiva al unísono en un solo ritmo.
Es verdad, nada hay que pudiera considerarse un acto novedoso en el Concierto 2026 de la Filarmónica de Viena el 1 de enero… Pero si vale resaltar para los momentos contemporáneos que se viven en esta región, el reconocer tres lecciones que no pueden pasar inadvertidos, Por un lado, quedó demostrado que en momentos de euforia (temor, alegrías y expectativas) por un cambio, reforma o decisión personal o colectiva, las emociones pueden ser inducidos mediante acciones testimoniales que van a sostenerse con el ejemplo.
Por el otro, se confirmó que los estados de ánimo (en este caso provocado por la música) pueden generar momentos de expresiones, donde todos se sienten parte del acontecimiento, aunque no reconocidos en su condición. Pero si parte, y eso confirma nuevamente la tesis: circunstancia y testimonio en un momento específico sí inducen…
Finalmente, una vez que la colectividad asume el fenómeno social como propio, genera confianza suficiente para saber que lo que se hace, es parte de la aspiración común en el que todos coinciden y sienten como propio….
Quienes compartimos esa mañana el concierto (por las ocho horas de diferencia con Viena), quedamos sorprendidos. Eventualmente porque pudo considerarse como fuerza simbólica del poder de la palabra que indujo a un acto colectivo inducido por parte del Director.
Sin embargo, vale detenerse en el fenómeno que a primera vista, que pareciera un simple contagio de ánimo emocional y hasta eufórico de carácter musical. Pero no lo es…
En un brevísimo análisis teórico siguiendo a Michel Foucault (1926-1984), desde el ángulo de la disciplina, las palabras o discursos tienden a producir principios de orden y estos influyen en los comportamientos colectivos predecibles. Y Ludwig Wittgenstein (1889-1951), afirmó que los juegos de lenguaje determinan como entendemos el mundo en un momento dado.
Pareciera entonces que las palabras tienen el poder legitimador sobre aquellos hechos que puedan incidir individualmente o en colectividades. Pero, ¿Qué puede originar un movimiento capaz de gestar procesos transformadores en colectividades? Esa tarde había posiblemente una expectativa que haría cambiar el ambiente… Pero, ¿Qué puede cambiar una realidad?
Es importante reconocer que el poder de influencia, intencionado o no, fue capaz de construir un mundo que dio sentido a esa existencia temporal. Es verdad, solamente duró mientras el concierto se desarrollaba y finalizó… aunque no se puede comprobar, muy probablemente los asistentes quedaron eventualmente predispuestos a procesos colectivos futuros.
Gustave Le Bon (1841-1931), dijo alguna vez que las retoricas simples y repetitivas mueven a las masas. Y Ernesto Laclau (1935-2014), explica que hay significantes que no tienen sentido más que en el abstracto y etéreo, como por ejemplo pueblo y libertad, que son capaces de generar cohesiones colectivas…
¿Puede el Poder de las Palabras alcanzar veracidades suficientes para tocar a las colectividades en momentos críticos para una transformación histórica? Si, si puede, siempre que las palabras sean testimoniales capaces de generar ejemplos…. y eso se llama confianza.
No se puede olvidar que la lucha por el poder lleva aparejada también la lucha por las palabras, “Poder y discurso…” repetía Foucault.
No basta con la sofisticación retorica… sino el poder de contagiar esos escenarios que, como Yannick Nézet-Séguin pudo demostrar esa tarde en Viena, donde la influencia en el comportamiento social provino de un acto testimonial… Entonces, ¿Por qué usar el poder de las palabras…?
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