El papel oculto de los judíos en la Guerra Civil Española

Especial para Cambio Político

Judíos España

Introducción

Por razones que solo ellos conocen, la mayoría de los seguidores de la izquierda, tanto antiguos como nuevos, y la propia comunidad judía mayoritaria, hasta hace poco, se han mostrado reacios a reconocer y recordar el papel dominante judío en la lucha de las Brigadas Internacionales (BI) contra el fascismo en la Guerra Civil Española. Estereotipados como tímidos y sumisos, la realidad es que miles de judíos de 53 países fueron a luchar y morir oponiéndose a Franco, disparando los primeros tiros contra el fascismo. Algunos fueron abiertamente como judíos, otros tomaron alias; algunos lucharon en los batallones de sus países de nacimiento, otros en los grupos nacionales; algunos trajeron armas o las enviaron a través de una red clandestina, muchos fueron directamente a España; algunos eran refugiados del nazismo y del antisemitismo de toda Europa, otros jóvenes que nunca habían peleado antes. Además, miles de judíos, hombres y mujeres en todo el mundo participaron activamente en campañas de solidaridad, recaudación de fondos y rescate de refugiados, en nombre de los demócratas republicanos.

Sin embargo, la mayoría de los estudiantes no judíos del conflicto no tienen problema en enfatizar el importante papel desempeñado por los judíos en la Brigada Internacional (BI), y el actor negro Paul Robeson, por ejemplo, incluso cantó y grabó canciones en yiddish para los soldados judíos en España. La evidencia muestra que la marginación del enorme papel desempeñado por los combatientes judíos en España se debe al férreo control ejercido por los estalinistas anticuados que han sido los “Guardianes de la Memoria” de la BI en el período de la posguerra, y hasta el siglo XXI, especialmente en el Reino Unido y los EE.UU.

Reconocer el increíble papel de los judíos es tener que admitir que muchos fueron a España como judíos orgullosos tanto como socialistas orgullosos, y que muchos también eran sionistas, especialmente el gran número, proporcionalmente el más grande de cualquier país, que vino del Mandato Palestino / Israel.

Martín Sugarman

Los guardianes y los borrados

La introducción de Martín Sugarman plantea una pregunta incómoda: ¿por qué la mayoría de los seguidores de la izquierda y la propia comunidad judía se han mostrado reacios, hasta hace poco, a reconocer el papel dominante judío en las Brigadas Internacionales?

La respuesta que Sugarman sugiere apunta en una dirección precisa: el «férreo control ejercido por los estalinistas anticuados que han sido los ‘Guardianes de la Memoria’ de la BI en el período de la posguerra». Esa frase, dicha casi al pasar, contiene la clave de un fenómeno que merece ser examinado con detenimiento. Porque no se trató de un olvido casual, sino de una operación deliberada de construcción de memoria oficial.

Los arquitectos del relato

Terminada la Guerra Civil Española, y más aún después de la Segunda Guerra Mundial, el Partido Comunista de España en el exilio y los partidos comunistas de Europa occidental y Estados Unidos asumieron el control de la narrativa sobre las Brigadas Internacionales. No fue un proceso natural. Fue una toma de control. Los comunistas, que habían sido el alma organizativa de las Brigadas, se convirtieron también en los depositarios exclusivos de su memoria.

Esta apropiación respondía a una lógica que iba más allá de España. En la posguerra, la Unión Soviética consolidaba su imperio en Europa del Este, imponía el zhdanovismo en la cultura, y exigía a los partidos comunistas occidentales una lealtad monolítica que no admitía desviaciones. En ese contexto, la memoria de las Brigadas Internacionales debía ser moldeada según las necesidades del momento: debía mostrar un frente unido de antifascismo internacionalista, sin fisuras identitarias que pudieran ser interpretadas como «particularismos» o, peor aún, como «desviaciones nacionalistas».

La identidad judía era, en este esquema, un problema. Porque los combatientes judíos no habían ido a España solo como comunistas o como socialistas. Muchos habían ido también como judíos. Algunos llevaban en sus mochilas el recuerdo de los pogromos en Europa del Este. Otros habían escapado del nazismo que ya asomaba en Alemania. Muchos, sobre todo los que llegaron del Mandato Palestino, eran sionistas convencidos que veían en la lucha contra Franco una batalla paralela a la que algún día librarían por un hogar judío en Palestina.

Esta multiplicidad de motivaciones era incómoda para la ortodoxia estalinista. El internacionalismo proletario no admitía matices nacionales, y mucho menos religiosos. Un combatiente judío que se sentía judío era una anomalía que debía ser corregida. Mejor, entonces, borrar la identidad. Mejor hablar de «internacionalistas» sin apellidos. Mejor, si se podía, cambiar los nombres, usar alias, disolver lo judío en lo universal.

Judíos España

El mecanismo del borramiento

El borramiento operó en varios frentes.

En las narrativas oficiales, se minimizó o se omitió sistemáticamente la presencia judía. Los libros de historia de los partidos comunistas, los homenajes, los monumentos, las conmemoraciones: todos fueron depurados de referencias explícitas al componente judío. Los combatientes judíos eran simplemente «combatientes». Y si alguien se atrevía a recordar que muchos de ellos hablaban yiddish, que cantaban canciones en hebreo, que llevaban la estrella de David junto a la hoz y el martillo, era acusado de «particularismo», cuando no de «sionismo», que en la jerga estalinista era sinónimo de traición.

En los archivos, también hubo depuración. Los documentos que evidenciaban la presencia judía —cartas, diarios, fotografías, listas de voluntarios— fueron relegados, cuando no destruidos. La investigación histórica quedó durante décadas monopolizada por historiadores alineados con los partidos comunistas, que perpetuaron la versión oficial.

Y en la propia comunidad judía, el borramiento encontró un eco paradójico. Porque los judíos que habían combatido en España, muchos de ellos militantes comunistas, internalizaron la consigna de no destacar su identidad. Eran «antifascistas» primero. Ser judío en público podía ser interpretado como una concesión al «nacionalismo burgués». Así, el silencio se impuso desde adentro y desde afuera.

La excepción que confirma la regla

Hay una anécdota que ilumina todo este proceso. Paul Robeson, el gran actor y cantante afroamericano, militante comunista y ferviente republicano español, grabó canciones en yiddish para los soldados judíos de las Brigadas Internacionales. Robeson entendía que esos soldados merecían ser escuchados en su lengua, que su lucha antifascista no anulaba su identidad, que la solidaridad no exigía el borramiento de las diferencias.

Robeson, sin embargo, era una excepción. Y precisamente por eso su gesto es revelador. Porque muestra que era posible reconocer la identidad judía sin traicionar la causa antifascista. Pero esa posibilidad fue sistemáticamente cerrada por los guardianes de la memoria.

¿Por qué? Porque el estalinismo no toleraba la diferencia. Porque la ortodoxia necesitaba un relato homogéneo. Porque los combatientes judíos, con su doble militancia —socialistas y judíos, comunistas y sionistas en muchos casos— desafiaban la narrativa monolítica que el Partido Comunista quería imponer.

El costo del borramiento

El borramiento de la identidad judía en las Brigadas Internacionales no fue un daño colateral menor. Tuvo consecuencias profundas.

Para la memoria histórica, significó la pérdida de una dimensión esencial de la lucha contra el fascismo. Porque los judíos no fueron solo víctimas del nazismo; también fueron protagonistas de la resistencia. Ir a España a combatir a Franco fue, para muchos judíos europeos, la primera batalla contra el monstruo que luego arrasaría Europa. Borrar esa historia es empobrecer nuestra comprensión del siglo XX.

Para la comunidad judía, significó un silenciamiento que se prolongó por décadas. Las nuevas generaciones de judíos crecieron sin saber que miles de sus antepasados habían empuñado las armas en España. La imagen del judío tímido, sumiso, víctima pasiva del Holocausto, se vio reforzada por la omisión de esta épica combativa.

Y para la izquierda, significó la consolidación de una cultura política que desconfiaba de las identidades particulares, que veía en el reconocimiento de la diferencia una amenaza a la unidad, que privilegiaba la homogeneidad sobre la pluralidad. Esa cultura política, alimentada por décadas de estalinismo, sobrevivió mucho más allá de la Guerra Fría y sigue operando en ciertos sectores de la izquierda contemporánea.

La recuperación de la memoria

Afortunadamente, en los últimos años algo ha comenzado a cambiar. Investigadores como Cynthia Gabbay, de la Universidad Humboldt de Berlín, han impulsado proyectos como «Por un archivo de la experiencia judía en la guerra civil española». Nuevos trabajos académicos han ido recuperando las historias silenciadas. En el Reino Unido, figuras como Martín Sugarman han dedicado años a documentar la participación judía en las Brigadas.

Este trabajo de recuperación no es solo un ejercicio académico. Es un acto de justicia. Porque devuelve a los combatientes judíos su nombre, su identidad, su agencia. Porque muestra que la lucha contra el fascismo fue más rica, más compleja, más plural de lo que la versión oficial quiso hacernos creer.

Y porque, quizás, nos enseña algo sobre el presente. Nos recuerda que la solidaridad internacional no exige el borramiento de las identidades. Que se puede ser judío y socialista, sionista y antifascista, particular y universal al mismo tiempo. Que la memoria verdadera es aquella que reconoce la diversidad de quienes hicieron la historia, en lugar de homogeneizarla en un relato único impuesto desde arriba.

Los «Guardianes de la Memoria» tuvieron su tiempo. Impusieron su versión durante décadas. Pero la memoria, cuando es viva, siempre termina escapando al control de los guardianes. Hoy, gracias al trabajo de muchos, los combatientes judíos de las Brigadas Internacionales comienzan a ocupar el lugar que siempre debieron tener en la historia del siglo XX.

Revise también

TC

Un mono viral, su peluche y un experimento de hace 70 años

Lo que Punch nos enseña sobre la teoría del apego David Mareuil/Anadolu via Getty Images Mark …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *