El viceministro de los mil ojos
👁️ El vigilante omnipresente
En el extraño ecosistema de Zapote, la presidenta electa Laura Fernández ha elevado a su viceministro para Asuntos Parlamentarios, Alejandro Barrantes, a un nivel casi místico. Según Fernández, el funcionario no es solo su subalterno, sino su «mano derecha, mano izquierda, ojo de adelante y ojo de atrás». Ante tal despliegue de anatomía política, poco importa que el «hombre de confianza» haya sido señalado por presionar a una denunciante de abuso sexual para que retirara sus cargos contra el intocable Fabricio Alvarado. Para la jerarca, el mérito de ser su sombra justifica cualquier llamada telefónica, incluso aquellas que caminan por el peligroso borde de la obstrucción a la justicia.
📞 La «gestoría» de la impunidad
Resulta asombroso que la Presidencia intente vender una llamada de presión hacia una víctima como un simple «trámite administrativo». Según la narrativa oficial, Barrantes llamó a Marulin Azofeifa para «planificar» el trabajo de la comisión investigadora. Es decir, bajo la lógica de Zapote, para saber qué cara poner en el Congreso, primero hay que tantear si la víctima se va a quedar callada o si va a seguir estorbando con su denuncia. Si el viceministro pregunta si «evaluó la propuesta» que le hicieron días antes, no es hostigamiento; es, según ellos, «coordinación parlamentaria».
🛡️ Blindaje con sello de confianza
La postura de Fernández es un balde de agua fría para quienes esperaban una señal de respeto hacia los procesos por violencia sexual. Al remitir el asunto al «sano curso» de la Fiscalía mientras mantiene al viceministro en el corazón del poder, la presidenta electa envía un mensaje de blindaje absoluto. No se trata de ética o de la gravedad de los señalamientos; se trata de lealtad personal. Si el funcionario es sus manos y sus ojos, entonces el Gobierno ha decidido mirar para otro lado y lavarse las manos ante una denuncia que involucra a su principal aliado legislativo.
🦂 El aguijón
Al final, el «ojo de adelante y el ojo de atrás» de la ministra parecen sufrir de una ceguera selectiva: cuando la confianza personal pesa más que la integridad pública, el Gobierno no está administrando un país, está gestionando una cofradía donde la llamada para callar a una mujer se premia con un respaldo absoluto.
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