Donald Trump, entre Calígula y Nerón

Por Marcos Roitman Rosenmann

Trump

Ni el nazi-fascismo con su Führer o la Italia de Mussolini se atrevieron a tanto. Sólo en la Roma imperial surgen personajes cuyas conductas erráticas guardan semejanzas con Donald Trump. El primero, Calígula. Gobernó entre los años 37 y 41 de nuestra era. Para coronarse emperador, asesinó a su primo Tiberio Gemelo. Se anexionó Mauritania y acabó con la vida del rey Ptolomeo, hijo de Cleopatra y Marco Antonio, quien, como Tiberio, era su primo.

Su ego no tuvo límites. Mandó construir bustos y estatuas con su figura para adornar calles y templos. Sus apetitos sexuales eran variados. Mujeres, hombres, niños y niñas, además de sus hermanas, obligadas a prostituirse, entraban en su agenda (Jeffrey Epstein y Donald Trump juntos). Durante su mandato, Roma sufrió una de sus peores crisis económicas, acompañada de hambruna. Vació las arcas públicas, pero no dejó de enriquecerse. Tuvo algún éxito militar, pero sus derrotas lo acompañaron.

En Britania ordenó a su ejército recoger conchas marinas como tributo al Monte Palatino. Y si hacemos caso a la leyenda negra, le gustaba presenciar torturas y ejecuciones. Aunque no llegó a nombrar cónsul a su caballo Incitatus, señaló que su equino tenía más inteligencia que todos los senadores. En consonancia, le mandó construir una cuadra en mármol, con túnicas, sedas y sirvientes en exclusiva

La historia no lo deja bien parado. Acabó asesinado.

No pasó mucho tiempo para que emergiese otro emperador con ínfulas de dios. La sucesión de Claudio llevó al trono a un singular sujeto: Claudio César Augusto Germánico, Nerón.

Como su primo, se convirtió en tirano.

Gobernó del año 54 al 68 de nuestra era. No rehuyó matar a sus opositores. Entre sus víctimas, Agripina, su madre, y hermanastro, Tiberio Claudio César Británico.

Le gustaba frecuentar prostíbulos y, como Calígula, disfrutaba de hombres y mujeres. Sufría delirio de persecución. Asesinó a generales, miembros de su guardia y senadores. Su ira se revertía de odio. Tenía gustos exquisitos: le gustaban el juego, el circo, componer canciones, tocar el arpa y recitar poemas. (En esos años no disfrutaba del golf, como Trump en su campo de Miami).

Se consideraba un mecenas. Tenía la debilidad de mandar crucificar a los condenados a muerte o bien que sufriesen tormentos antes de ser devorados por perros. En guerra continua, salvo un interregno, se declaró pacifista. Acabó desangrando las arcas para financiar sus campañas militares, pero su fortuna creció y creció. Con políticas de pan y circo, se ganó el apoyo de una parte de sus conciudadanos.

Sobre el gran incendio de Roma, aunque todas las sospechas recaen sobre su persona, culpó a los cristianos y comenzó su persecución. Entre sus delirios de grandeza, fue a participar a las Olimpiadas. No logró triunfar. Pero los griegos, para no causar un conflicto internacional, le otorgaron corona de laureles. Una vez en Roma, montó un desfile para que el pueblo la contemplase en señal de victoria. Le encantaba la lisonja. Si alguien manifestaba desacuerdo, terminaba mal. Así le fue a su tutor, Séneca, a quien acusó de malversación de fondos en dos ocasiones y de mantener relaciones sexuales con Agripina. Nerón acabó suicidándose a los 30 años.

¿Cuántos asesores, secretarios de Estado han sido destituidos por Trump cuando han mostrado disconformidad con sus políticas? Calígula y Nerón expresan la personalidad de Donald Trump. Igual de melodramático, el actual inquilino de la Casa Blanca sufre de megalomanía. Amante de los excesos y complejo de superioridad, reviste su poder con mansiones, torres que llevan su nombre o retretes de oro.

Sus devaneos sexuales no tienen nada que envidiar a Nerón y Calígula. Prostitutas, menores de edad, orgías y drogas.

Busca el reconocimiento y ser condecorado. Tiene mentalidad de un niño de cinco años, dirá Guillermo Fesser, corresponsal español en Estados Unidos.

Un día piensa en blanco, al siguiente en negro, luego en gris y por último en verde. Sus acciones, declarando la guerra al mundo, proyectan derrotas estratégicas en el medio y largo plazos. Ningún objetivo alcanzado. Conmigo o sin ti es el mensaje.

La realidad no acompaña sus declaraciones. Sus aliados naturales son degradados a la condición de comparsas. Y sus detractores reciben insultos, descalificaciones y los caricaturiza. Se rodea de aduladores. El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, se inventa un premio de la paz para entregar, por primera vez, a su amigo Trump, como desagravio al no obtener el Premio Nobel. Su receptora, en audiencia pública en la Casa Blanca, le hace entrega del recibido en Oslo. ¿No sea que se enfade?

Desde la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, pasando por Javier Milei, José Antonio Kast o el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, avalan sus bombardeos a Irán y justifican el genocidio de Israel al pueblo palestino. Y su primer ministro, Benjamin Netanyahu, lo agasaja con carantoñas, mientras el movimiento sionista lo financia.

Ejerce el poder como un tirano. Mientras, el pueblo estadunidense sufre sus decisiones: inflación, empobrecimiento y represión. Sólo las empresas armamentísticas y sus negocios obtienen beneficios.

Mientras juega al golf, remodela la Casa Blanca, decide invasiones, secuestros, torturas y asesinatos. Bombardea Irán, con un coste diario de mil millones de dólares para abastecer a su ejército, y cuando desespera, emprende nuevas acciones. No busque comparaciones en el siglo XX. A su lado, Hitler y Mussolini son hermanas de la caridad. Sólo Calígula y Nerón le hacen sombra.

Donald Trump se ha convertido en el primer tirano trasnacional del siglo XXI.

Como la frase pronunciada por los condenados a muerte en el año 52 de nuestra era “¡Ave, César, los que van a morir te saludan!” A lo cual el emperador Claudio respondió ¿o no? Hoy podemos recrearla: “¡Ave, Trump, tus crímenes no caerán en el olvido!

La Jornada

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