Diez coincidencias inesperadas entre el marxismo y la ultraderecha actual

Acto de Vox en la plaza de Colón (Madrid) en 2019.
Enriscapes/Shutterstock

Víctor Hugo Pérez Gallo, Universidad de Zaragoza

En las últimas elecciones autonómicas en Aragón, la ultraderecha duplicó su representación. No fue un salto aislado: ocurre en distintos territorios de España y Europa. El crecimiento no se explica solo por enfado o protesta, pero tampoco únicamente por cuestiones culturales o identitarias.

Para entenderlo, conviene mirar algo menos evidente.

A primera vista, el marxismo y la ultraderecha parecen opuestos irreconciliables, en objetivos, valores y horizonte político. Uno nació como proyecto emancipador; el otro propone orden, cierre y jerarquía. Pero si observamos cómo analizan el malestar social, aparecen similitudes sorprendentes. No hablamos de equivalencia ideológica, sino de coincidencias en la forma de leer la realidad.

Algunas formaciones de ultraderecha –como Vox en España– utilizan herramientas de análisis que recuerdan a las desarrolladas por Karl Marx, aunque lo rechacen explícitamente. No citan a Marx ni se reconocen en su tradición, pero comparten ciertos mecanismos de interpretación del conflicto social.

Estas son las diez coincidencias:

1. Ven el malestar como algo estructural

No lo reducen a decisiones individuales. Si los salarios no alcanzan, si el alquiler sube, si el empleo es inestable, la explicación no es simplemente “falta de esfuerzo”: hay un sistema que produce ganadores y perdedores. Ambos enfoques parten de la idea de que el problema no es solo personal.

2. Sitúan el conflicto en el centro

Para ambos, la sociedad no es un espacio neutral donde todos ganan. Está atravesada por tensiones. Hay intereses enfrentados, grupos que se benefician y otros que cargan con los costes. Esta mirada conflictiva resulta más clara y movilizadora que los discursos que hablan de consenso permanente.

3. Construyen antagonismos claros

Mientras el marxismo habló de capital y trabajo, la ultraderecha habla de pueblo y élites, nación y globalismo, ciudadanos y burócratas. Aunque cambian los términos, se mantiene la lógica del enfrentamiento. El mapa social se organiza en bloques reconocibles.

4. Señalan responsables

No hablan de “procesos abstractos” ni de fuerzas impersonales: identifican actores. Unos señalaban a la burguesía y los otros apuntan a élites políticas, culturales o económicas. Esta personalización del conflicto facilita la comprensión y la movilización.

5. Reconocen la dimensión material

Detrás de los debates culturales hay facturas, hipotecas y contratos temporales. El malestar económico pesa, y mucho. Cuando una familia llega con dificultad a fin de mes, la discusión sobre modelos abstractos pierde fuerza. Ambos enfoques entienden que la vida cotidiana importa.

6. Crean un “nosotros”

El proletariado en el marxismo; el pueblo o la nación en la ultraderecha. En ambos casos, se construye un sujeto colectivo que se siente perjudicado. Ese “nosotros” da identidad y pertenencia en contextos de incertidumbre.

7. Simplifican el mapa social

Reducen la complejidad, dividen en bloques. En política, la claridad compite con la precisión. Un relato demasiado matizado puede ser intelectualmente sólido, pero menos eficaz. Tanto el marxismo clásico como la ultraderecha han sabido ofrecer explicaciones fáciles de entender.

8. Utilizan el agravio

La explotación, en un caso, y la humillación o la pérdida de estatus, en el otro: el sentimiento de injusticia actúa como motor político. Cuando alguien siente que ha perdido algo –trabajo, reconocimiento, estabilidad–, busca una explicación que dé sentido a esa experiencia.

9. Ofrecen explicaciones globales

No se limitan a propuestas técnicas. Presentan una narrativa amplia sobre cómo funciona el sistema y quién se beneficia de él. En tiempos de incertidumbre, las explicaciones globales generan seguridad cognitiva.

10. Transforman el diagnóstico en acción

No se quedan en el análisis. Organizan, movilizan, convierten el malestar en voto. El relato no es solo interpretativo; es operativo. Sirve para ganar elecciones o construir movimiento.

La diferencia decisiva

Aquí termina la coincidencia.

El marxismo clásico aspiraba a transformar el sistema en clave emancipadora, eliminando desigualdades estructurales, mientras que la ultraderecha actual utiliza diagnósticos estructurales para prometer orden, protección o estabilidad dentro del mismo sistema o para redefinirlo en términos excluyentes.

Parte del éxito de la ultraderecha no se debe solo a la polarización o al escándalo mediático, sino también a que ofrece interpretaciones simples y reconocibles del malestar cotidiano: salarios que no suben, pueblos que pierden servicios, jóvenes que sienten que vivirán peor que sus padres, trabajadores que perciben que el esfuerzo ya no garantiza estabilidad.

Mientras otros discursos se vuelven más técnicos o abstractos, la ultraderecha habla de experiencias concretas. Eso no la hace equivalente al marxismo, pero sí explica por qué su mensaje conecta.

La pregunta, entonces, no es solo por qué crece la ultraderecha. Es otra más incómoda: ¿quién está interpretando mejor lo que la gente siente que le está pasando?The Conversation

Víctor Hugo Pérez Gallo, Assistant lecturer, Universidad de Zaragoza

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Revise también

Editorial

Liberación entre el logro coyuntural y la autocomplacencia

Cada proceso electoral deja dos tentaciones: la del derrotado que busca excusas y la del …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *