¿Del autoritarismo al neocolonialismo?

El cambio de régimen perfecto

La operación militar de Estados Unidos en Venezuela parece redefinir la estrategia de cambio de régimen para el siglo XXI. ¿Cómo entender lo que pasó en los últimos días y lo que podría ocurrir en el futuro inmediato? ¿Qué nos dice la estructura del Estado venezolano sobre el día después de la captura de Maduro a manos de fuerzas militares estadounidenses?

Andrés Izarra

Venezuela

La madrugada del 3 de enero, Donald Trump hizo lo que muchos dijimos que no podía hacer sin pagar un alto costo: un cambio de régimen en Venezuela. Helicópteros Chinook con fuerzas Delta entraron en Caracas, secuestraron a Nicolás Maduro y lo depositaron horas después en una celda en Brooklyn. El 5 de enero fue presentado ante un juez federal bajo cargos de narcoterrorismo.

Para llevarse al presidente panameño Manuel Antonio Noriega en 1989, Estados Unidos tuvo que arrasar El Chorrillo y matar a cientos o miles de personas. La operación tomó casi un mes.

¿Dónde estaba ahora el ejército «chavista»? ¿Los colectivos armados? ¿La Milicia Bolivariana? ¿Los sistemas antiaéreos rusos? ¿La «guerra popular prolongada» que prometían? «Lo fácil no es que entren, sino que salgan», alardeaban. Pero los estadounidenses entraron, salieron y se llevaron a Maduro sin la más mínima resistencia.

La historia tendrá que resolver los detalles de la negociación que abrió las puertas de una cárcel federal de máxima seguridad en Estados Unidos para Maduro y su mujer, Cilia Flores.

El éxito táctico no fue solo de las fuerzas especiales estadounidenses. La única explicación de tanta precisión parece ser una traición perfectamente ejecutada.

El triunfo estratégico

Esta operación redefine el «cambio de régimen» para el siglo XXI a la luz de los pantanos de Iraq y Afganistán. Su triunfo estratégico es lograr el control efectivo de Venezuela sin pagar el costo del nation building. No hay reconstrucción institucional, ni desarme de milicias, ni creación de nuevas fuerzas de seguridad. No hay ocupación con miles de soldados durante una década. No hay insurgencia, ni vacío de poder, ni caos que administrar.

Trump lo dijo sin rodeos: esto va de captura de recursos, empezando por el petróleo. La democracia puede esperar.

Lo que Trump busca ejecutar hoy, con la colaboración entusiasta de los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez -nueva presidenta encargada de la República y presidente de la Asamblea Nacional, respectivamente- no es una liberación: es una apropiación neocolonial. Donald Trump se arroga, por pura fuerza, el derecho a gobernar el país. A decidir quién manda y quién no. A abrir el subsuelo venezolano a sus petroleras. A administrar un país de 30 millones de personas como si fuera una concesión.

Si esto fuera una transición democrática, si Delcy Rodríguez fuera el puente temporal que algunos imaginan, habría elecciones en meses, no un periodo de acomodo a la ocupación petrolera estadounidense. Por eso, María Corina Machado fue bajada del bus por el mandatario estadounidense, quien no se privó incluso de humillarla diciendo que no tiene la «legitimidad» ni el «respeto» del país. Es decir, la potencial llegada al poder de la otrora elogiada líder opositora generaba el riesgo de que Estados Unidos tuviera que involucrarse demasiado en mantener el orden del país, con los riesgos que eso significa -y las dificultades de Trump para justificarlos internamente-.

Casualmente, Machado -que salió de Venezuela con apoyo de Estados Unidos para recibir el Premio Nobel de la Paz en Noruega- seguía fuera del país, al que debía regresar también con apoyo estadounidense, cuando se concretó la operación militar.

El cambio de régimen no fue para la democracia venezolana. Fue para establecer el control gringo.

Esto no es República Dominicana

Dicen que Delcy sería una Balaguer: la continuista que prepara la transición democrática. La analogía, repetida estos días, hace referencia a Joaquín Balaguer quien, surgido de las entrañas del régimen dominicano, asumió la Presidencia en 1960 como títere del dictador Rafael L. Trujillo y lo sucedió tras su asesinato en 1961. La transición recayó en él y no en el opositor Juan Bosch. «En vez de romper con Trujillo, [Balaguer] adaptó el trujillismo a un nuevo lenguaje, más suave, más presentable para la comunidad internacional, pero con la misma lógica de control clientelar, personalismo y verticalidad del poder». Fue un «puente invisible entre épocas, entre la dictadura y la democracia».

Pero Delcy Rodríguez no es Balaguer.

Trujillo construyó un régimen personalista, encarnaba el Estado. Cuando lo mataron, el vacío era inevitable. Balaguer funcionó como amortiguador mientras se organizaba la transición.

El madurismo es otra cosa. No es un régimen personalista, sino patrimonial: una red de militares, burócratas y empresarios que capturó el Estado para administrarlo como botín. Un régimen no se define por los nombres que lo ocupan ni por su retórica. Se define por cómo funciona el poder: a quién le debe lealtad, bajo qué presión opera, cuáles son los límites de lo que puede hacer o decir.

Durante años, el madurismo se legitimó, al menos en el discurso, por su «resistencia» a Estados Unidos. Podía ser corrupto, autoritario o incompetente, pero era «antiimperialista». Esa ficción le daba cohesión interna y respaldo político. Pero ha terminado.

Delcy Rodríguez no representa una sucesión personal, como Balaguer, sino la continuidad de un proyecto político que ha sido capturado.

No destruir el Estado, capturarlo

La nueva presidenta encargada de Venezuela está donde está porque la puso Trump. Le debe el cargo a Washington. Puede repetir consignas, mantener el gabinete, invocar a Hugo Chávez, incluso encabezar la campaña «Free Maduro». Pero la sustancia del régimen cambió. De facto, es un poder subordinado al dictado estadounidense.

El triunfo de Trump fue sacar a Maduro del volante con el auto andando y sentarse él.

Cuando cae el líder de un régimen personalista, el sistema colapsa. No hay Estado sin él. Cuando cae el capo de una mafia, la estructura no colapsa: se adapta. Busca nuevo patrón. Negocia su supervivencia. Las lealtades no son ideológicas ni morales. Son contractuales. Lo que importa es seguir en el business.

Por eso Trump pudo sacar al capo sin desmontar la estructura. No destruyó el aparato chavista para construir algo nuevo. Lo capturó y lo puso a trabajar para él. Ese es el cambio de régimen perfecto. No porque sea moralmente aceptable o legalmente justificable, sino porque logra el objetivo: controlar un país sin cargar los costos que hundieron a Estados Unidos en Iraq y Afganistán.

No habrá que explicar por qué hay tropas muriendo en Caracas dentro de cinco años. Ni justificar billones de dólares en reconstrucción. Habrá petróleo fluyendo, contratos firmados y un gobierno local que obedece sin que Washington tenga que gobernar directamente. Por eso esto es histórico. No por la operación militar, sino por el modelo que inaugura.

No destruir Estados. Capturarlos. No ocupar territorios. Controlar elites. No construir naciones. Redirigir las existentes.

Y todo funcionó porque el régimen de Maduro no era revolucionario, sino mafioso. Y los Estados mafiosos, por su propia naturaleza, son transferibles.

Fuente: nuso.org

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