Cuando la mediocridad es la regla

Gustavo Elizondo Fallas

Gustavo Elizondo

Ha sido tema recurrente, las situaciones que conocemos en el sector público, de buenos funcionarios que cuando tratan de hacer las cosas bien, de acuerdo a su conciencia, formación y convicción, se topan con el bloqueo de los demás, que ven en la actitud del buen funcionario, una amenaza que podría alterar su status quo. Allá por mis años de educador de secundaria y si el afán de presumir de buen profesor, mis alumnos de entonces serán los que lo puedan decir o contradecir, consideraba que las huelgas iban en perjuicio de los estudiantes y nunca me plegue a los movimientos de protesta de entonces; me quedaba laborando y lo que hacía era manejar grupos al estilo escuela unidocente, en el salón multiuso, un grupo hacia una pared y el otro colocado al lado contrario. Sucedía que cuando le huelga terminaba, el resto de los profesores usaba el método del leproso bíblico, yo entraba al comedor o a la sala de profesores y ellos se retiraban del sitio; evitaban toparme en los pasillos y el tema de las “indireitas” como decía Aquileo en sus Concherías era asunto de todos los días; a los meses se les pasaba el berrinche y volvían a conversarme. De esos compañeros que tomaban esta actitud, recuerdo a uno que llegaba a preguntar a la secretaría si el Director estaba _no está, salió a una gestión en San José_ le contestaban y así, con toda la desfachatez decía _cuando el gato no está, los ratones hacen fiesta_ despachaba a los alumnos y se marchaba para la casa el resto del día.

Pero la idea que es este un fenómeno del sector público no es tan cierta, cada vez más nos damos cuenta que en el sector privado también sucede, donde buenos trabajadores, con ideas frescas, aferrados a principios de legalidad y eficiencia, se topan con grupúsculos que como la mala hierba, han tomado poder dentro de las empresas, amparados por relaciones de intimidad, amistad o servilismo, con jefes acomodados a las circunstancias. Bajo este esquema no es importante la excelencia, porque mantener las cosas como están es prioridad y por lo tanto, hay que cerrar filas para impedir que las cosas cambien. Aparecen también las bajezas propias de la peor ralea, machismo, acoso, discriminación etárea; es común oír frases como _a mí una vieja no me va a venir a decir cómo hacer mi trabajo_ o también _este pichón de ingeniero cree que me va a corregir_ en fin, realidades que pululan en centros de trabajo de toda índole.

El que quiere sobrevivir en este medio debe acomodarse a esta realidad, buscar a alguien del grupúsculo que lo ampare, volverse un servil igual y entender que la capacidad y la preparación académica no valen, aquí lo que cuenta es cuántas conexiones tiene usted en la estructura. Esta situación es achacable a jefes incapaces, con visiones distorsionadas del quehacer empresarial, que con su apatía y falta de decisiones consecuentes, deben establecer reglas claras y hacerlas cumplir, que entiendan su papel de liderazgo y que si llegaron a ese puesto, posiblemente con las mismas triquiñuelas que ahora son propias de sus subalternos, deben responder a los intereses superiores de la organización.

Hacemos un llamado a los gerentes y jefaturas que revisen si esta plaga les llegó a sus estructuras y hagan algo por “fumigarla”.

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