Luis Guillermo Solís Rivera
Pues bien, adelanto esa idea a propósito del obituario que el nuevo gobierno ha hecho sobre la Segunda República y el anuncio del nacimiento de la Tercera, cuyos perfiles por el momento son demasiado difusos como para comprender sus alcances. Digo esto con todo respeto porque el Manifiesto y “ruta” que se han conocido en los últimos días, no son más que una primera lista de generalidades que pueden significar “casi” cualquier cosa. Estoy seguro de que tales elementos tendrán que precisarse en estos próximos meses o años porque las nuevas repúblicas, cuando tienen raíces y potencia, no se construyen de un día para otro.
Vamos a ver. Sobre el Manifiesto, éste todavía parece más una lista de quejas que una propuesta de cambio. A lo sumo, es un anuncio de reclamos que el nuevo gobierno piensa asumir como parte de la continuidad prometida. Eso no está mal. Lo enunciado es sustantivo -no exhaustivo- y podría ampliarse y mejorarse gradualmente. Tampoco está mal que ese cúmulo de temas, por ahora, parezca una lista de supermercado en la que se mezclan, por solo citar unos pocos ejemplos, asuntos estructurales (reformas al Poder Judicial), coyunturales (listas de espera de la CCSS), o consignas de campaña (“acabar con la corrupción, la demagogia y la ineficiencia).
Pero claro, cuando se anuncia el fin de la Segunda República y el advenimiento de la Tercera no basta con decirlo así nada más.
No porque no exista razón parcial o total en los señalamientos que plantea el nuevo equipo gubernamental con respecto a yerros, inconsistencias o abusos que se han producido y acumulado a lo largo de siete décadas “y pico”, desde que se proclamara la última Constitución Política en 1949.
Eso cae por su propio peso y pocos podrán negar que es importante señalarlos y resolverlos, ojalá de raíz y permanentemente.
Lo esencial está en otra parte, porque resulta que la Segunda República, además de sus “horrores” como le gusta señalar y reiterar a Rodrigo Chaves, que incluso tuvo la temeridad de compararla con una “dictadura perfecta”, produjo: un pacto social “mesocrático” que trajo paz y bienestar, estabilidad y democracia, a Costa Rica; la consolidación de la Reforma Social; la abolición del ejército como institución permanente; la creación del Tribunal Supremo de Elecciones y otros órganos garantes del buen gobierno; el establecimiento de una política exterior activa, defensora del Derecho Internacional y basada en un realismo con principios; la profundización del compromiso estatal con la educación pública; la diversificación de nuestras exportaciones; un régimen de crecientes derechos para lograr la igualdad real de las mujeres y el respeto a las poblaciones sexualmente diversas y un largo etcétera imposible de agotar aquí.
En ese marco, la anunciada Tercera República no puede ni debe ser omisa. Tiene que precisar “algo” más que quejas o vendettas políticas y proponerse como una alternativa que, sin desmerecer todo lo anterior, lo cambie sólo en un sentido progresivo. De lo contrario involucionaríamos, y de eso no se trata.
Originalmente publicado en diarioextra.com
– Expresidente de la República
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