¿Aprenderemos?

Pandemia

Yayo Vicente

Hace poco más de 500 años, arribaron al continente Americano nuevos patógenos infecciosos, a los que la población nativa del continente jamás había sido expuesta. El efecto fue devastador. Virosis como: influenza, viruela, sarampión y rabia; bacteriosis: como tuberculosis, brucelosis y gonorrea, fueron producto del “encuentro de poblaciones”. Un intercambio de gérmenes que fue casi unidireccional desde Europa hacia América. Entre el 90 y el 95% de la población indígena murió en las primeras décadas de la conquista.

La población humana euroasiática, tenía animales domésticos, mayor densidad poblacional, mucha interacción por comercio y guerras, lo que le dio la oportunidad de desarrollar inmunidad contra una enorme cantidad de enfermedades. Los nativos americanos pagaron con un alto precio esas desventajas.

«Una noche con Venus y una vida con Mercurio». De América llegó a Europa la sífilis, que hasta el descubrimiento de la penicilina, las curas se hacían con mercurio. Un método tóxico que provocaba la caída de los dientes, el pelo y el paciente quedaba sin tabique nasal. Al llegar del Nuevo Mundo el moquillo canino, mató a casi todos los perros italianos.

De los murciélagos, pasando por algún animal no humano todavía sin identificar, nos llegó el SAR-CoV-2. Es necesario comprender que a la larga, de manera natural, siempre se establece un equilibrio epidemiológico, estable o no, entre huéspedes y patógenos. A veces el costo en enfermos y muertos es muy alto y por eso algunas medidas distintas a las que utiliza la naturaleza, resultan tan atractivas. Sobresale, sin duda alguna las vacunas que permiten hacer anticuerpos o defensas, sin necesidad de enfermar y sin riesgo de morir.

Los patógenos no llegan del cielo

El equilibrio se rompe muchas veces por la intervención humana. La llegada de los europeos al continente Americano es un buen ejemplo. La ignorancia era tal, que las epidemias sucedieron para favorecer a los conquistadores, ellos con inmunidad, los indios con susceptibilidad. Existen más casos y tenemos que aprender.

Durante miles de años se creyó que ciertas formas de vida (animal y vegetal) surgían de manera espontánea a partir de materia orgánica, inorgánica o de una combinación de ambas. Así lo aseguró Aristóteles (384 a. C. – 322 a. C.) el pensador más influyente de la historia en el mundo occidental y lo sustentaron pensadores de los siglos XVII y XVIII como René Descartes, Francis Bacon, Isaac Newton y Jan Baptiste van Helmont.

Charles Robert Darwin (1809 – 1882) y Louis Pasteur (1822 – 1895) fueron dos gigantes que sacaron a la humanidad de su error al pulverizar la teoría de la generación espontánea. La vida no cae del cielo, ¡PUNTO! Tampoco los gérmenes, ellos también tienen un origen rastreable e identificable.

Los microbios que causan enfermedades, son parte integral del ecosistema y evolutivamente tienen un rol importante.

La transmisión de un patógeno de un animal no humano, silvestre o doméstico, a los humanos se le llama zoonosis y éstas ocurren con frecuencia porque cada especie tiene su carga de microorganismos con los cuales convive, pero la alteración del hábitat (que es cada vez más frecuente) posibilita la transmisión de los patógenos fuera de sus nichos.

En los animales silvestres circulan una gran cantidad de gérmenes que durante milenios se han adaptado y han evolucionado para coexistir. El SARS-CoV-2 tiene que preocuparnos, pero hay otros microbios que podrían ser muchísimo más agresivos y capaces de producir brotes epidémicos y pandémicos, que no mostrarían tasas de letalidad tan bajas como las del COVID-19.

Las zoonosis que han tenido efecto pandémico o potencialmente pandémico en las últimas tres décadas son por lo menos 12: Virus de la Inmunodeficiencia Humana, Influenza A, Filovirus, Nipah, Oeste del Nilo, SARS-CoV-1, Influenza H1N1, MERS-CoV, Ébola, Zika, SARS-CoV-2 y otro virus causante de un síndrome pulmonar por hantavirus. Se calculan en miles, los virus que circulan en animales no humanos, con potencial zoonótico.

En una zoonosis participan las especies reservorio, que mantienen a los patógenos en la naturaleza y son desde aves y roedores hasta murciélagos. Otros actores, son los vectores, como los mosquitos, garrapatas y jejenes, que actúan de intermediarios entre animales no humanos y personas. Siempre que nos metemos a un ecosistema que no nos corresponde, se corre este riesgo, porque la interacción nos expone a un intercambio microbiológico que puede llegar a enfermarnos.

Por ejemplo, cuando se construyó el canal de Panamá los brotes de Fiebre Amarilla transmitida por mosquitos, eran terribles, tanto que se volvió un negocio exportar cadáveres, preservados con sal, a las escuelas de medicina europeas.

Rompemos equilibrios ecológicos de muchas formas

Estamos en guerra con la naturaleza y hay que hacer las paces
António Guterres, Secretario General de la ONU

La caza no solo rompe equilibrios, muchas veces frágiles, también la “carne de monte” es un riesgo sanitario. La presa se destaza en condiciones insalubres (sin examen premortem, sin agua potable y en piso de tierra), la contaminación es obvia. También se corre el riesgo que el chancho de monte (Tayassu pecari) o el saíno (Tayassu tajacu) esté infectado con Hepatitis E, una zoonosis de cuidado.

El cazador interrumpe las relaciones entre especies, la naturaleza con su evolución, consigue una transferencia de energía alimenticia a través de una serie de individuos, en el que cada uno se alimenta del precedente y es alimento del siguiente (cadena trófica). Cada presa del cazador, le arrebata el alimento a otro animal y lo pone en riesgo. Aprendamos que la alteración de los ecosistemas tiene un “efecto boomerang” y se nos devuelve el golpe con una fuerza multiplicada.

La cobertura boscosa de Costa Rica, entre zonas protegidas, parques naturales y particulares cuidadosos, alcanza casi un 50% del país. El asunto es que la red vial es también muy buena y fragmenta las distintas áreas y aísla la fauna silvestre, se agrava, al pasar de carreteras de dos carriles a cuatro (o más).

Hoy los atropellos matan más animales silvestres que la caza furtiva. En sólo quince días fueron atropellados y muerto cinco manigordos (Felis pardalis) en la Ruta 32 y entre los kilómetros 63 y 98 de la Ruta 2 del 2010 al 2017, atropellaron y murieron 23 dantas (Tapirus bairdii), ambas especies en vías de extinción. Eso es lo que registran los científicos en las carreteras, pero poco sabemos de lo que sucede después de la vía.

Los animales no humanos también están expuestos

Costa Rica es uno de los 25 países más biodiversos de la Tierra, con más de 500.000 especies, el 6 por ciento de la biodiversidad mundial. Tiene una cantidad extraordinaria de especies, 1,8 especies por km². La “eterna primavera” también se expresa en varias camadas por año, conviviendo distintas edades simultáneamente, lo que no es lo mejor sanitariamente hablando. Mucha biodiversidad se traduce en pocos individuos de cada especie.

La falta de conectividad o fragmentación que genera nuestra compleja red de caminos, ocasiona poca interacción, baja la salud genética y las poblaciones se vuelven susceptibles a determinados gérmenes. Cuando esas poblaciones entren en contacto con patógenos infecciosos desconocidos por su sistema inmune, pueden morir o quedar tan pocos, que su población no podrá recuperarse. Eso le sucedió a los pueblos originarios hace 500 años.

¿Somos un país verde?

Queremos ser un país verde, eso está claro. Hemos hecho lo barato y lo sencillo, proteger zonas de la devastación. Pendiente queda lo que requiere inversión: cuidar, vigilar recuperar retiros en cuerpos de agua, pasos de fauna en nuestras carreteras, recuperar ríos y educar para convivir.

Pongámonos serios. La paz con la naturaleza nos interesa desde muchos enfoques. Uno de ellos es la misma salud pública. Dejar las poses y asumir la responsabilidad, con seriedad y constancia, es el camino que tenemos por delante.

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PANDEMIA. El fenómeno salud-enfermedad, es complejo y cuando se escala a una población, se le suman infinidad de nuevas variables, haciéndose todavía más intricado. Poner en palabras simples lo que todavía no termino de comprender, ha sido mi reto durante la pandemia por COVID-19.


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