América Latina en el juego de las potencias

América Latina atraviesa una fase de redefinición geopolítica marcada por el debilitamiento del derecho internacional. La ofensiva de Estados Unidos, el avance económico de China y la fragilidad de las democracias regionales configuran un escenario inestable. En este contexto, la soberanía y el multilateralismo aparecen como valores cada vez más disputados.

Ingrid Ross

Trump

El secuestro del actual presidente de Venezuela Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, para juzgarlos en Estados Unidos por «narcoterrorismo» ha causado conmoción en América Latina. Como era de esperar, no bien se produjo la intervención estadounidense, los mandatarios progresistas y de izquierda expresaron su profunda preocupación por una agresión que violaba las normas y las reglas diplomáticas internacionales. El presidente de Colombia, Gustavo Petro, que desde hace tiempo mantiene una disputa pública en redes sociales con su homólogo estadounidense Donald Trump, expresó un fuerte sentido de alarma. Hace un año, Petro se atrevió a denegar el aterrizaje a un vuelo de repatriación con migrantes procedentes de Estados Unidos, lo que supuso el inicio de las tensiones entre los presidentes. En varias ocasiones, Trump acusó al primer mandatario de izquierda de Colombia de ser el jefe de un cártel de narcotráfico que impulsaba la producción masiva de drogas en su país.

En una conferencia de prensa realizada poco después de la intervención estadounidense en Caracas, Trump lanzó una amenaza inequívoca hacia Petro, diciéndole, de modo directo, que tenía que «cuidar su trasero». La tensión solo amainó cuando Petro pudo mantener, poco tiempo más tarde, una conversación telefónica con Trump. Ahora, el peligro de otra «intervención quirúrgica» en la región parece haberse disipado. Sin embargo, Estados Unidos también ha amenazado en varias ocasiones a México con llevar a cabo operaciones contra los cárteles de narcotráfico en su territorio. Si hay algo que ha quedado claro es que los principios del derecho internacional, la inviolabilidad de las fronteras y el respeto por la soberanía de los Estados no tienen ninguna relevancia para el gobierno de Trump.

Esta situación se hizo evidente en las elecciones legislativas de Argentina, realizadas en octubre pasado, y en las presidenciales de Honduras, celebradas en noviembre. En ambos comicios, la influencia de Washington resultó central. En el caso argentino, el partido del presidente Javier Milei, La Libertad Avanza, recibió un claro impulso después de que Estados Unidos contribuyera a estabilizar el peso argentino a corto plazo a través de un préstamo de dólares. En Honduras, el político conservador del Partido Nacional Nasry Asfura ganó las elecciones de forma sorprendente y por un estrecho margen de solo 27.000 votos, y sustituyó al gobierno de izquierda de Xiomara Castro, después de que Trump amenazara con retirar la ayuda económica si Asfura perdía. Al mismo tiempo, indultó al ex-presidente hondureño Juan Orlando Hernández, también del Partido Nacional, condenado en Estados Unidos por narcotráfico hace dos años.

Este tipo de intromisiones demuestran que la declamación de la lucha contra el «narcoterrorismo» en el caso de Venezuela es, ante todo, un constructo legal destinado a justificar la detención de Maduro según la legislación estadounidense. Trump parece querer moldear la constelación política del continente a su gusto, con promesas de créditos, amenazas descaradas y, si es necesario, operaciones especiales. Otros países, empujados por la necesidad económica, ya se han orientado por sí mismos hacia Washington: es el caso, por ejemplo, de Bolivia, que tras el fin de la era de los gobiernos de izquierda del Movimiento al Socialismo (MAS), que habían congelado las relaciones con Estados Unidos, ahora busca una estrecha cooperación económica y apoyo.

La democracia y los derechos humanos no desempeñan para Estados Unidos un papel destacado en América Latina, como lo demuestra el cierre de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), que era un actor especialmente importante en el continente. Al parecer, el gobierno estadounidense considera que los riesgos asociados a los procesos de transición democrática son demasiado altos, por lo que, en el caso de Venezuela, en lugar de ceder el Palacio de Miraflores a una figura de la oposición con una capacidad limitada de gobernar el país, como la ganadora del Premio Nobel María Corina Machado, apuesta por la estabilidad y la continuidad con la vicepresidenta chavista Delcy Rodríguez.

En América Latina, Estados Unidos se preocupa principalmente por sus intereses económicos, el acceso a materias primas como el petróleo, el litio, el cobre, el oro y las tierras raras, tal y como se afirma en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025. Según este documento, los gobiernos de la región deberían considerar a Estados Unidos como su socio privilegiado y contribuir así a la resiliencia económica de este país.

Es posible que Trump también quiera contrarrestar la influencia de China en la región: pocas horas antes de la intervención en Caracas, el presidente Maduro había recibido al encargado especial de China para América Latina, Qiu Xiaoqi. China es el principal importador de petróleo venezolano y cuenta con importantes inversiones en el sector. También ocupa el primer lugar en exportaciones en otros países de América del Sur: desde 2009, es el principal socio comercial de Brasil y también ocupa el primer lugar en las estadísticas de comercio exterior de Uruguay, Chile y Perú. Bajo el mandato de Xiomara Castro, Honduras también cambió de rumbo, reconoció diplomáticamente a China e inició negociaciones para un tratado de libre comercio en 2023. En particular, en el sector energético, la presidenta hondureña vio las inversiones chinas (energía solar y eólica, redes de transmisión) como elementos vitales para superar la crisis energética del país y romper las estructuras monopolísticas.

La ampliación de las rutas comerciales hacia China ya está muy avanzada: en 2024 se inauguró el puerto de Chancay, en la costa peruana del Pacífico, que desempeña un papel importante en la red global de infraestructuras, es decir, en la llamada Iniciativa de la Franja y de la Ruta impulsada por el país asiático. Por esta vía, las mercancías llegan a Asia a través del Pacífico en tan solo 10 días. China y Brasil planean ahora también una línea ferroviaria que atravesará el continente y conectará el puerto de Ilhéus, situado en la costa atlántica de Brasil, con el puerto de Chancay, a 4.500 kilómetros de distancia. Por otra parte, en el caso de Argentina, un país en el que China ha tenido influencia en distintos sectores, desde diciembre del año pasado existen vuelos directos dos veces por semana entre Buenos Aires y Shanghái.

¿Y qué papel desempeña Europa frente a la rivalidad entre las grandes potencias en América Latina? El 17 de enero finalmente se firmó en Asunción el acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercado Común del Sur (Mercosur). De este modo, se creará la mayor zona de libre comercio del mundo, con más de 700 millones de habitantes, que cubriría aproximadamente 20% del comercio mundial y casi un tercio de las exportaciones mundiales de mercancías. Aunque los críticos señalan los efectos negativos para el sector agrícola en Europa, así como la insuficiente protección de los derechos laborales y medioambientales en América Latina, la conclusión del acuerdo también es una importante señal política para la cooperación en tiempos de crisis. Además, Europa necesita acceso a las materias primas para impulsar la transformación de la economía hacia una era baja en carbono y contribuir así a la protección del clima.

Sin embargo, ya es hora de que países como Alemania recuerden que, más allá de los intereses económicos, en América Latina cuenta con aliados fuertes para defender el orden mundial basado en reglas: Luiz Inácio Lula da Silva, Gabriel Boric, Gustavo Petro y Claudia Sheinbaum forman parte de un núcleo de mandatarios progresistas que han forjado una alianza en favor de la democracia y el multilateralismo y en contra de la desinformación, y que han demostrado una coordinación eficaz al más alto nivel, con un comunicado conjunto al día siguiente del secuestro de Maduro. Europa debería buscar en mayor medida la colaboración con los países del continente que comparten sus valores, ya que, además del mantenimiento del orden internacional basado en reglas, existen intereses similares en otros ámbitos: por ejemplo, independizarse de la supremacía de las empresas tecnológicas estadounidenses en materia de digitalización y desarrollar alternativas a ellas, o combatir eficazmente el cambio climático mediante la reducción de los gases de efecto invernadero y la protección de los bosques y océanos.

Ciertamente, no hay garantía de que la alianza progresista de los presidentes perdure, ya que, como tantas otras cosas en América Latina, tiene su fundamento en la iniciativa de líderes coyunturales y no en las estructuras e instituciones estatales. Mientras que el mandato de Sheinbaum durará hasta 2030, el presidente chileno Boric ya cederá su cargo en marzo a su sucesor electo, José Antonio Kast, representante de una fuerza de extrema derecha. Nadie sabe qué sucederá este año en las elecciones de Colombia y Brasil. Cabe suponer que Estados Unidos intentará seguir consolidando su poder en el continente y apoyando a candidatos que se sometan voluntariamente a los objetivos e intereses de la política estadounidense. Rebeldes como Petro o Lula son una espina clavada para Washington. Esta es otra razón por la cual es importante que América Latina cuente con democracias fuertes y soberanas basadas en el Estado de derecho. Ha llegado el momento de buscar el entendimiento más allá de los mecanismos ya establecidos y de defender juntos los valores que están siendo cuestionados por supuestos socios. Para ello, sin duda, se necesita flexibilidad y un cambio de mentalidad.

Fuente: nuso.org

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