La Rosa Roja

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Carlos Revilla Maroto

Carlos Revilla

Hoy se cumple un aniversario más del asesinato de una de mis heroínas de los inicios de la socialdemocracia en Europa: Rosa Luxemburgo. Conocida como la «Rosa Roja» y apodada por Lenin como el “Águila del Proletariado”, su vida y obra siguen siendo un faro de integridad intelectual. En estas líneas, tocaré apenas algunos aspectos de su trayectoria y su pensamiento, sin mayor pretensión que rescatar su memoria.

Para ubicarnos, es necesaria una breve precisión histórica. En tiempos de la I Internacional, la izquierda caminaba unida: comunistas, socialistas y socialdemócratas compartían un mismo techo. El rompimiento definitivo llegó, entre otras razones, por el apoyo del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) al ingreso de Alemania en la Primera Guerra Mundial. Rosa, fiel a su pacifismo, se opuso y fundó la Liga Espartaquista junto a su amigo Karl Liebknecht. El 29 de diciembre de 1918, esta Liga se separó del SPD para crear el Partido Comunista Alemán (KPD), sellando una división que transformaría el mapa político mundial: de ahí nacería la II Internacional (hoy Internacional Socialista, de la cual Liberación Nacional es miembro) y, posteriormente, la III Internacional o Comintern.

Doctora en economía política, polaca de nacimiento y alemana por convicción para evitar la extradición, Rosa fue asesinada el 15 de enero de 1919 en Berlín. Pocas horas antes habían matado a Liebknecht. Paradójicamente, ambos crímenes fueron perpetrados por milicias al servicio del primer gobierno socialdemócrata alemán, en una época de caos absoluto tras la caída del Káiser. En esos días oscuros también cayó León Jogiches, su esposo secreto y compañero de lucha, y poco después fallecería el intelectual Franz Mehring, quizás sin comprender cómo dos pacifistas terminaron engullidos por la violencia de una guerra civil.

De estatura pequeña y salud frágil, Rosa consagró su energía a la educación política. Lo hizo a través de una producción intelectual prolífica: desde el demoledor ataque al revisionismo en ¿Reforma o revolución?, hasta sus obras cumbres entre 1908 y 1914, La acumulación de capital e Introducción a la economía política.

Aunque Lenin admitió que el trabajo de Rosa era una “lección muy útil”, sus contradicciones con el aparato revolucionario ruso fueron profundas. El pensamiento de Rosa era orgánico: mientras Lenin planificaba el éxito mediante una vanguardia organizada, ella creía en transformaciones profundas que emanaran de la maduración de la clase trabajadora. No quería el poder de una minoría sobre una mayoría; buscaba una emancipación real que solo podría funcionar bajo una libertad ilimitada.

Sobre esto, dejó una frase que es su testamento político y una crítica eterna al autoritarismo: “La libertad solo para los que apoyan al gobierno, solo para los miembros de un partido (por numeroso que este sea) no es libertad en absoluto. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para el que piensa de manera diferente”. No es de extrañar que, en 1931, Stalin prohibiera sus escritos en la URSS por más de dos décadas.

Un detalle curioso para los militantes: contrario a la creencia popular, el puño con la rosa —símbolo de la Internacional Socialista— no tiene una relación directa con ella.

Rosa Luxemburgo fue una mujer que no negoció sus principios, ni frente al militarismo ni frente al dogmatismo de sus propios aliados. Termino con las palabras de su último artículo, El orden reina en Berlín, escrito la víspera de su muerte. Una declaración de principios que el tiempo no ha podido borrar:

¡Fui, soy y seré!

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