Luis Paulino Vargas Solís
Era el gobierno de Rafael Ángel Calderón Fournier y era Thelmo Vargas su ministro de Hacienda. Era el año 1991 y era la indisimulada y encendida hostilidad que el ministro Vargas mostraba hacia las universidades públicas, al punto, por ejemplo, de que demoraba los giros mensuales de los fondos o los fraccionaba.Y yo, por entonces, un hombre joven, en mis 33 años, que ocupaba una posición como miembro del Consejo Universitario de la UNED, y que acumulaba, en mi mochila, numerosas vivencias en las luchas por los presupuestos universitarios, ya desde los últimos años setenta y a lo largo del decenio de los ochenta.
Pero el voltaje que alcanzaba la agresividad enfrentada durante aquella primera parte del gobierno de Calderón Fournier –creo que poco más de un año– no lo habíamos visto anteriormente.
Fueron semanas de intensa agitación en las universidades y de grandes manifestaciones estudiantiles. El presidente Calderón, un político pragmático y de talante conciliador, hizo que Thelmo Vargas dejara su puesto y se dispuso a un proceso negociador pacificado y decente.
Con Rodrigo Chaves se revive esa experiencia. Pero amplificada y sobrevitaminada. Su odio hacia las universidades públicas es, como mínimo, tan encendido como el que, en su momento, manifestaba Thelmo Vargas, pero con un agravante importantísimo: es el presidente de la República, y no un simple ministro.
Pero hay algo más: la cultura de las universidades públicas ha ido cambiando. Se han vuelto más conservadoras y han perdido una parte, nada despreciable, de su viejo espíritu de lucha. Las razones de ese cambio no son fáciles de discernir, pero posiblemente tiene que ver, en una parte significativa, con la capacidad que ha tenido la ideología neoliberal para empapar el tejido social y los imaginarios populares.
En 1990-1991 esa ideología dominaba en el ámbito del poder político, pero no en la sensibilidad popular. Hoy, en cambio, es el sentido común establecido, y es difícil que eso no pudiese permear a las universidades, en general, y al movimiento estudiantil, en particular.
Y, en fin, es cierto que durante estos años del chavesato, las relaciones entre el gobierno y las universidades han sido excepcionalmente tensas.
En los primeros años de este período hubo cierta capacidad de respuesta por parte de las universidades que, me parece, estuvo muy influida por el vigoroso liderazgo ejercido por Gustavo Gutiérrez Espeleta, desde su posición como rector de la UCR. No por casualidad, un académico de mi generación, forjado en el espíritu contestatario de aquella universidad pública de otros tiempos.
Una vez que Gustavo dejó esa posición para acogerse a la jubilación, la beligerancia de las universidades declinó sensiblemente. Hubo al modo de una retirada, pero una retirada que tiene aroma de renuncia. Y, en fin, una retirada que dejó espacios desocupados que, rápidamente, han sido colonizados por el chavesato.
Con un agravante: los múltiples cuestionamientos que rodean la figura del nuevo rector de la UCR, han creado divisiones y han debilitado la autoridad moral de las universidades.
Pero es que, incluso, se ha permitido que emerjan disputas internas entre las universidades en relación con la distribución del presupuesto, lo cual supone caer en el anzuelo envenenado que el mismo Chaves les lanzó.
Lamento mucho que las autoridades universitarias no hayan comprendido que fortalecer el presupuesto de las universidades cuyo financiamiento es más limitado, no puede hacerse mediante el recorte al presupuesto de la UCR, porque eso implica debilitar el buque insignia de las universidades públicas, lo que, inevitablemente, debilita al sistema universitario público en su conjunto.
Sin duda, el presupuesto podría ser redistribuido en un juego de suma cero: lo que la UCR pierda, lo ganarán otras. Eso es lo que Chaves promueve. Pero el prestigio, el peso específico y la influencia política de las universidades no se redistribuirá de la misma forma. Simplemente ninguna otra universidad puede suplir el rol que la UCR desempeña. Al debilitarse esta, el resultado neto es una pérdida para el conjunto.
Chaves lo ha entendido bien. Parece que las autoridades universitarias no.
También es claro que Chaves ha olfateado correctamente la posición de relativa debilidad en que hoy están las universidades. Y, con seguridad, Chaves intuye correctamente que el movimiento estudiantil actual, no es ni la sombra del movimiento estudiantil de los años en los que él entró a la misma Escuela de Economía en la que yo estudiaba.
Y no ha titubeado en aprovechar esas condiciones, hasta culminar con la propuesta, realmente humillante, de congelamiento de los presupuestos universitarios.
En parte refleja una opción personal de Chaves: su odio visceral hacia la UCR. En parte es el ethos propio de las ultraderechas actuales alrededor del mundo: hostiles hacia la inversión pública en educación, ciencia y tecnología.
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