Pablo Gámez Cersosimo*
Sobre todo, porque el caprichoso orden mundial que Donald Trump está deseando se aleja del siglo XX post segunda guerra mundial, donde predominaban instituciones multilaterales y el derecho internacional. Su apuesta se apunta a un conato de sistema mucho más anterior de camarillas de poder.
Identificado como el neoroyalismo, es una forma nociva y arrogante de poder que se estructura en torno a dudosos líderes con su círculo de confianza. Es carnal; una vulgar camaradería.
Las alianzas personales y favores prevalecen sobre normas institucionales que empezaron a surgir tras la paz de Westfallia y que se acabaron de materializar en el orden mundial de Naciones Unidas, la OMC, el Banco Mundial, el FMI surgido tras la Segunda Guerra Mundial, Alianza Atlántica incluida.
Una de las características principales de este neoroyalismo, son las poderosas arquitecturas algorítmicas que lo sustentan. Volúmenes (hiper)masivos de datos y avanzados sistemas de inteligencia artificial que se imponen ante las cortes, y como excitadas aves de rapiña, picotean el derecho internacional (porque es woke).
Lo que vemos surgir es un leviatán de estructura sintética. Queriendo anticiparse a los acontecimientos, influyendo en las narrativas antes de que se consoliden y desacomodando las posibles respuestas que surjan.
Efectivamente, es una transición incierta. El (nuevo) orden aún no ha tomado forma; tardará en hacerlo. Mientras tanto, las agendas de soberanía digital y superioridad militar-tecnológica se imponen desde actores como el trumpismo, el fanatismo de Israel (Netanyahu), el zarismo de Rusia (Putin), el impredecible cálculo de China (Xi Jinping).
Como señaló Max Sørensen, para entender el sistema jurídico global es necesario analizar el mundo político que lo genera. Y ese mundo político ha mutado, es difícil entenderlo.
En el apogeo de la era algorítmica, la diplomacia de Westfalia asoma sus límites frente a las cortes digitales que operan por encima de tratados y foros tradicionales. El derecho internacional es empujado a reinventarse ante una realidad alterada por algoritmos y por la concentración de poder militar-tecnológico.
La cuestión, profundamente incómoda, es si las sociedades democráticas tendrán la lucidez y la determinación necesarias para construir un (otro) contrato internacional antes de que la diplomacia de silicio consolide un orden no deseado.
* Investigador, periodista, escritor.
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