Enrique Gomáriz Moraga

Tengo que admitir que he tenido dos maestros intelectuales que he reconocido como tales. El primero fue Ralph Miliband y lo fue un tanto obligado porque era mi tutor de tesis en la Universidad de Leeds, aunque, como me tocó seguir el debate Miliband-Poulantzas, pude percibir las críticas que se hacían a mi tutor. No obstante, le agradezco haberme mostrado la perspectiva analítica de la sociología política, que me evitó pasar por el estructuralismo mecánico y la inclinación al institucionalismo de la ciencia política.
El segundo maestro, Habermas, lo elegí más libremente, a partir de la fascinación que me produjo su construcción de la Teoría Comunicativa, que te asoma a uno de los sistemas teóricos sobre la sociedad mas completos. Cierto, yo había perdido bisoñez y atendí a las reflexiones críticas que mostraban los cabos sueltos del sistema construido. Pero me marcó su enseñanza acerca de la importancia de la deliberación para el buen funcionamiento de un sistema democrático.
Es curioso que tuviera con Habermas mucho menos contacto personal (apenas lo conocí en un seminario sobre Europa que se celebró en el caserón de San Bernardo) pero lo haya leído mucho más. En todo caso, no haré aquí una hagiografía de su vida y obra, sino que solo mencionaré algunas de sus reflexiones que guardan relación con los aciagos tiempos que estamos viviendo.
El asunto más importante es, desde luego, su propuesta de la democracia deliberativa. Para Habermas, la acción política debe basarse en la deliberación ciudadana. Ello aleja inevitablemente de los extremismos, que buscan la confrontación contra el otro, en vez de la búsqueda del convencimiento. También evita el vanguardismo, tan frecuente en el progresismo, que cree que lo importante es avanzar sin transar, aunque la falta de deliberación provoque un resentimiento sordo que se vuelve más adelante en contra. Algo de eso está detrás del ascenso de la extrema derecha en occidente. La deliberación democrática obliga a aceptar que puede haber un pensamiento conservador con el que es necesario deliberar para alcanzar una acción hacia el bien común.
Otro asunto de gran actualidad refiere a la visión de Habermas de la naturaleza y la construcción de Europa. Algo que resulta relevante en la actualidad, cuando son muchos los que piensan que Europa tiene que olvidarse de ser un faro en un mundo basado en reglas y disponerse a emerger como una superpotencia más, que acepte el uso de la fuerza y la dominación como instrumentos del nuevo mundo en construcción. En la situación actual, Habermas estaba convencido de la autonomía estratégica de Europa, pero sin cambiar su naturaleza como potencia normativa.
Y en relación con lo anterior, el maestro alemán se plantea como un claro defensor de la paz. De hecho, Habermas ha sido uno de los aliados naturales más prominentes del movimiento por la paz en Europa. Lo fue respecto a la campaña European Nuclear Disarmament (END) en los años ochenta y no ha dejado de serlo desde entonces. Pero su posición sobre la autonomía estratégica de Europa ha tratado de tergiversarse para hacer creer que se sumaba a la idea de hacer de Europa una potencia militar. Nada menos cierto, incluso en relación con la guerra en Ucrania. Dice Habermas: “En lugar de agitar banderas y gritar consignas de guerra y de aspirar a la victoria sobre una potencia nuclear como Rusia, habría sido más apropiado reflexionar de forma realista sobre los riesgos de una guerra prolongada”.
Sus planteamientos teóricos y políticos tienen hoy un enorme valor agregado, cuando se produce la ofensiva del presidente Trump y la idea de que no hay forma de enfrentarse a un mundo sin normas, donde el uso de la fuerza sustituye a la racionalidad normativa. Nos ha dejado sus ideas y su coraje. Habrá que ver si somos capaces de hacer como él ha hecho, por decirlo de manera cinematográfica: morir con las botas puestas en la defensa de la deliberación democrática.
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