Gilberto Jerez

Respondo siempre por mi hambre y se que no soy dueño de la verdad, si acaso tal vez soy el humilde portero que gusta intentar abrir su puerta.
Cuando uno adquiere plena conciencia de que el tiempo, inexorablemente, terminará por cerrar sus cortinas, deja de sentirse actor en un escenario ajeno.
Se abandona la farsa. Ya no hay espacio para el ego ni para la vanidad de quienes se creen indispensables o inmortales.
La proximidad del final no empequeñece; por el contrario, clarifica. Esa conciencia invita a una postura más auténtica: Observar con atención, pensar con rigor, soñar con sobriedad.
Incluso temer, sí, pero con un temor lúcido: El de no volver a contemplar las maravillas de la naturaleza ni las obras y palabras de aquellos hombres y mujeres que, a lo largo de la historia, dignificaron el mundo con su ejemplo.
Desde esa colina, muchas cosas parecen ilusorias, pasajeras.
Sin embargo, hay una verdad que permanece: Los hechos honestos y las obras bien hechas no se extinguen… Dejan huella!
Por eso, gastar la vida en el resentimiento, en el juicio fácil o en la descalificación impulsiva carece de sentido.
La mediocridad se castiga sola con el peso de su propia inconsistencia.
Escribo desde esa convicción. No para reaccionar al instante ni para alimentar el ruido, sino para intentar aportar claridad.
Procuro que la dureza del relato sea también un acto de conciencia; que la palabra, aun firme, esté al servicio del pensamiento y de los valores.
Estoy convencido de que una luz que se apaga debe servir para encender otra. Si alguna línea logra despertar reflexión en un lector, si alguna idea siembra inquietud constructiva en una mente joven o serena, entonces el propósito está cumplido.
Lo demás es accesorio.
Porque lo único que verdaderamente perdura es aquello que ayuda a otros a pensar mejor y vivir con mayor dignidad.
Cuando la mecha se enciende
Un conflicto en Medio Oriente que involucra a Irán y a potencias mayores no es un evento menor.
No es un titular más.
Es una chispa en una zona históricamente inflamable, en un momento de polarización global, liderazgos fuertes y rivalidades abiertas.
Aquí hay dos tentaciones peligrosas: Minimizarlo todo con lenguaje técnico y convertirlo en apocalipsis inmediato.
Ambas evitan pensar.
La realidad suele moverse en un punto intermedio inquietante: los sistemas internacionales no buscan suicidarse, pero los seres humanos que los dirigen sí pueden cometer errores de cálculo, actuar por orgullo o escalar conflictos por presión interna y hasta por perversión!
La historia no está hecha solo de racionalidad fría. Está hecha también de, emociones, impulsos, miedo y poder. El riesgo que en estos momentos corremos no es solo nuclear.
La probabilidad de una guerra nuclear directa sigue siendo baja. No porque los líderes sean moralmente superiores, sino porque el costo sería mutuo y devastador. Por lo menos así lo creo yo.
Pero eso no elimina otros riesgos más probables y más inmediatos: Bloqueo de rutas energéticas, disparada del petróleo, inflación global, inestabilidad cambiaria y recesión internacional. Y ahí si el impacto es real!
Costa Rica y la ilusión de lejanía que creemos nos salva de graves consecuencias. Costa Rica no participa militarmente ni podría hacerlo de querer…
Pero sí tomó partido y depende de: Combustibles importados, turismo internacional, comercio exterior y Flujo financiero global.
Un petróleo a $130, $150 o quizá más impactará a la gasolina, transporte, alimentos y producción. Un dólar volátil alterará expectativas. Una recesión global reducirá empleo y consumo.
Así que el verdadero peligro no es la bomba atómica… Es la cadena de efectos económicos que nos impactarán.
Debemos entonces preguntarnos: ¿Donde entra el factor humano?
Aquí es donde la intuición es clave.
En sociedades ya polarizadas como la nuestra, esos golpes externos no solo afectan los precios… Afectan el ánimo colectivo.
Si aquí suben costos y baja la actividad economica: Se buscarán culpables internos, se radicalizará el discurso, con mucho más razón ahora que las epidermis están sensibles, se debilitara la confianza institucional y se erosionara la paciencia social (más de lo que está).
Costa Rica no es un país violento por naturaleza política, pero sí es un país emocionalmente fragmentado desde hace años!
(Muchos políticos conocidos han cooperado para ello)
Porque la polarización acumulada, desde el TLC hasta las últimas elecciones, no desaparece. Al contrario, Permanece latente.
Un golpe económico fuerte en este estado de debilidad e intolerancia puede convertir frustración en confrontación. No porque el país sea irracional, sino porque el miedo acelera reacciones… Dios no lo quiera.
La utilidad de la crudeza: Hablar de escenarios duros no es irresponsable si se hace con propósito.
La crudeza puede cumplir una función positiva: Despertar conciencia, romper complacencia, forzar preparación y elevar el nivel de la discusión.
El problema no es advertir. El problema es advertir sin estructura. Si se dice “todo colapsará”, se paraliza. Si se dice “nada pasará”, se duerme.
La postura madura es otra: Reconocer que vivimos en un mundo más volátil que hace una década, reconocer que los errores humanos pueden amplificar conflictos y reconocer que Costa Rica no es inmune. Y preguntarnos si estamos preparados anímica e institucionalmente para absorber un golpe externo serio.
La pregunta que sí importa: ¿Tenemos liderazgo capaz de comunicar calma sin ocultar riesgos? ¿Tenemos instituciones suficientemente fuertes para manejar inflación importada? ¿Tenemos oposición responsable que no use una crisis global como combustible interno?
Ese es el terreno donde creo que la reflexión se vuelve útil.
Y no lo tome como fatalismo… tómelo como prevención.
A algunos no les importa y creen que nada pasará, pero hay que estar prevenidos… porque Los conflictos internacionales no se controlan desde San José. Pero la manera en que reaccionamos sí. El mundo puede volverse más inestable, la economía puede resentirse y los errores humanos pueden ocurrir.
Lo que no debería ocurrir es que el miedo nos encuentre sin preparación ni cohesión. Porque los países pequeños, como el nuestro, no sobreviven por su fuerza. Sobreviven por prudencia, unidad mínima y liderazgo con carácter!
(En esto hasta ahora hemos tenido un vacío, esperemos recobrarlo en unas enaguas sin olvidar que el primer intento y con el mismo nombre fue un fracaso)
Y en tiempos inciertos, eso vale más que cualquier arsenal de guerra moderno. Dios salve a Costa Rica.
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