Línea Internacional
Guadi Calvo
Los que siguen con alguna frecuencia estos artículos, saben que, como bien dice al pie de estas páginas, soy un periodista argentino, especializado en África, Medio Oriente y Asia Central, aunque a veces llego hasta el sudeste asiático y en otras, en muy pocas ocasiones, me ocupo de Haití. Ya que el proceso que allí se desarrolla es tan distópico como interesante. Un fenómeno de violencia social nada frecuente. El país se encuentra consumido por bandas criminales, vinculadas a cárteles de la droga y a todo el rosario que atañe a la delincuencia común: robo, secuestros, contrabando y sicariato. Disputando la posibilidad concreta de la toma del poder estatal, es importante no confundir con grupos insurgentes organizados detrás de una ideología o una religión, porque, más allá de sus métodos, están impulsados por un plan previo para provocar cambios de régimen, como pudo haber sido el sandinismo en Nicaragua, que se hizo con el poder a partir de 1979, tras desplazar a la dictadura de la familia Somoza, o el talibán afgano, que tras derrotar a los Estados Unidos en 2021, instaló un emirato regido por la sharia.
Haití se asemeja más a esa distopía que se narra en la saga de Mad Max, que hace cuarenta y siete años creó el australiano George Miller. En la que un cúmulo de gavillas armadas recorre un mundo desértico, sin más autoridad que el poder de fuego de las bandas rivales. Sobrevivientes de un holocausto civilizatorio provocado por el agotamiento de los recursos naturales y un sinnúmero de guerras, que terminaron por demoler el ecosistema y cualquier tipo de estructuración social.
Esta es la posibilidad, sin temor a exagerar, que hoy se juega en Haití, la que no tuvieron siquiera organizaciones tan poderosas como los cárteles colombianos o mexicanos, más allá de que en su momento desafiaron al poder federal.
Este preámbulo quizás sea para justificar por qué voy a tratar de entender qué sucede en Argentina, a pesar de ser mi país, un territorio poco frecuentado en este espacio. Lo último publicado se retrotrae a comienzos del gobierno de Mauricio Macri, donde con certeza, no por poseer facultades adivinatorias y mucho menos un fino olfato de la realidad, sino por conocer al protagonista, literalmente: un bruto avariento, que conoció el poder en el poder mismo, lo que terminó de convertir a este bruto apátrida, lleno de resentimiento por saberse despreciado por su padre e incluso por la clase a la que su poder económico le corresponde.
Sin más posibilidad de expresar su emoción que cuando juega su equipo de futbol Boca Juniors; por lo demás, como dirían sus paisanos calabreses, es un terrone, en toda su definición. Un bruto cacho de tierra compacta e impermeable a cualquier manifestación cultural, de buen gusto o sofisticación.
Con la llegada de Macri al gobierno, los bancos y las financieras tomaron el poder, instalando las mismas políticas económicas de la dictadura militar (1976-1983) y la misma que a partir de 1989 practicaría también Carlos Menem, junto a su ministro de economía Felipe Cavallo, que hicieron de la corrupción y la venta infame de los bienes del estado su plan de gobierno.
Desde diciembre de 2015, cuando se cerró el ciclo que comenzó en 2003, que se constituyó en los mejores doce años de la historia argentina, desde el golpe militar que derrocó al general Perón en 1955, hasta ahora todo en la Argentina ha sido peor.
El gobierno endeudador de Macri llevó al país una vez más a las fauces del FMI, del cual había sido rescatado en 2005 por las políticas de Néstor Kirchner acopladas con las del presidente Lula de Brasil.
A Macri le continúa Alberto Fernández, un timorato, muy sospechado de doble agente, que, a pesar de quedarle grande la banda presidencial, sorteó con acierto la pandemia y una sequía monumental. De todos modos, esta conjunción articulada con los medios opositores, prácticamente un noventa por ciento del espectro mediático, terminó de sellar su gobierno. Aunque, comparado con su antecesor y su sucesor, Javier Milei, Fernández fue un hombre de Estado de magnitudes históricas.
Si la llegada de Macri había envuelto en penumbras al país, las que los cuatro años de Fernández no pudieron despejar, por lo que a poco más de dos años cumplidos del gobierno de Milei, esas penumbras se solidificaron como una lápida y, por lo que ahora, sí Argentina se encuentra en riesgo de aniquilación.
Si Haití es algo trágicamente inédito, lo de Argentina, si se termina de perpetrar el plan de gobierno de la Libertad Avanza, marchará en la misma dirección. A eso se abocan con esmero el actual ministro de Economía, Luis Caputo, y su colega de Desregulación y Transformación, Federico Sturzenegger. Mientras Milei, con un rictus cada vez más parecido al del indio Hundí Bashir en La fiesta inolvidable (Blake Edwards-1968), todavía no entiende cómo aterrizó en la Casa Rosada. Nosotros tampoco.
El plan no es para nada innovador: dejar, progresivamente, a más de treinta millones de los cuarenta y seis que habitan el país, literalmente sumergidos en la miseria. Para ello están aniquilando los resortes de un estado que supo ser profundamente generoso con los suyos, instando a un sistema de tal robustez que, a pesar de que se lo detona cada día desde hace setenta años —la salud pública, la educación pública, las leyes laborales y un larguísimo y prácticamente inagotable etcétera— esas estructuras, cada vez más débiles, siguen resistiendo. Hasta hoy existen nichos donde se sigue dando respuesta a los más desangelados gracias a mecanismos que prácticamente siguen funcionando por una sana inercia.
El mejor ejemplo quizás sea el Hospital de Clínicas de la ciudad de Buenos Aires, que “mágicamente” (no existe otra palabra), su plantel profesional, el que podría aspirar a trabajar en los mejores centros hospitalarios del mundo, atiende a diario a miles de personas, las que en su gran mayoría salen no solo con una respuesta, sino en muchos casos con los medicamentos para sus tratamientos. Aunque trágicamente esa magia tiene las horas contadas.
Frente a esta realidad, el país no tiene otra opción que o caer literalmente bajo un protectorado administrado por Washington, todavía más procaz que el que hoy ejerce en Venezuela; un estallido constitucional que provoque que el país se disuelva en una decena de regiones, y siga cada una a su suerte; o lo más improbable, que emerja una fuerza lo suficientemente poderosa para revertir la situación, si los escasos sectores nacionalistas de las fuerzas armadas reaccionaran. Lo que también precipitaría al país, antes o después, a una guerra civil o la intervención abierta y efectiva de los Estados Unidos.
La hora de los lebreles
Frente a esta realidad y a la nada que un ciudadano común y corriente pueda hacer para preservar lo poco que le queda de salud mental, muchos nos evadimos; en mi caso, prefiero lecturas que me hacen comprender con mucha más claridad las tensiones entre Kandahar y Kabul, o la crisis armada del este de la República Democrática del Congo, que lo que sucede en la Casa Rosada, literalmente a diez kilómetros de donde se escriben estas líneas.
Apabullados, presenciamos a diario cómo jueces, periodistas y gobernadores provinciales se disputan encarnizadamente el lugar del perdiguero, que tan magistralmente describe Miguel Delibes con el Azarías de Los santos inocentes.
Mientras se ignoran los flagrantes actos de corrupción, que permitieron ver al propio presidente estafar a miles de personas por cientos de millones de dólares, recomendando la compra de las criptomonedas Libra, o una camándula dirigida por el abogado personal de Milei, que edificó un sistema centrado en robar los recursos destinados por la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS) a los discapacitados.
Con este gobierno en Argentina, pierden hasta los que nunca antes habían perdido. Los grandes grupos empresarios, que por el alud de importaciones, el retraso cambiario y la abismal caída del consumo han debido cerrar sus plantas despidiendo a millones de trabajadores, u optan por reconvertirse en exportadores o desensillar hasta que pase como tantas veces. Aunque se entiende eso de que “pierden hasta los que nunca antes habían perdido”, es una boutade, una imagen casi poética, ya que sus fortunas son tan inagotables como su inmoralidad.
La encerrona en que ha caído Argentina es de una magnitud insalvable: una poderosa entente de ocupación, compuesta por el poder mediático, judicial, empresarial, los mismos que se hicieron poderosos gracias a las políticas de desarrollo de los gobiernos peronistas. Como el perro que muerde la mano que lo alimentó, tiene sueños húmedos frente a la perspectiva real de la desaparición del peronismo de una vez y para siempre.
Mientras la libertad de prensa se extingue, la represión a cualquier protesta provoca heridos y centenares de detenidos, la posibilidad de una articulación opositora, distraída en peleas internas, es cada vez más remota y el periodismo independiente del régimen fascista solo puede convencer a los convencidos. En algún lugar, alguien está tallando una lápida que dice: “Aquí yace la República Argentina”.
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