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Carlos Revilla Maroto
Últimamente, mientras repasaba algunas series en plataformas de streaming —desde la nostalgia neoyorquina de The Nanny (La niñera) hasta el drama juvenil de The OC—, me asaltó una curiosidad persistente: la enorme desproporción en la representación religiosa en la televisión estadounidense. Resulta fascinante ver cómo el judaísmo, siendo una fe minoritaria en términos demográficos, goza de una notoriedad y una riqueza de matices envidiable en los guiones de Hollywood, mientras que el catolicismo parece haber sido relegado a un segundo plano o a un mero decorado institucional.Sin embargo, esta invisibilidad en la «comedia de situación» contrasta con una explosión de interés mediático por lo católico en la pantalla grande y en los eventos en vivo. En las últimas décadas, la Iglesia Católica ha dejado de ser solo una institución para convertirse en un género cinematográfico de suspenso. Fenómenos como El Código Da Vinci y sus secuelas no solo despertaron polémicas teológicas, sino que demostraron que el público tiene una sed insaciable por los secretos vaticanos, las sociedades ocultas y la estética del rito. El catolicismo, para el espectador moderno, funciona como una fuente inagotable de «thriller» histórico.
Esta fascinación se traslada también a la realidad no ficcionada. Los entierros de los últimos papas o las renuncias históricas han paralizado al mundo, alcanzando niveles de audiencia comparables con una final de la Copa del Mundo. Hay una estética de la solemnidad que el catolicismo posee y que ninguna otra fe puede igualar mediáticamente: el humo blanco, el púrpura de los cardenales y el silencio sepulcral de la Plaza de San Pedro. Es una mezcla de reality show sagrado y drama histórico que mantiene a las audiencias pegadas al televisor, buscando un misticismo que la vida cotidiana ya no ofrece.
A pesar de este despliegue de poder visual, en las series cotidianas la disparidad persiste. Mientras personajes como Fran Fine en The Nanny convierten el judaísmo en un lenguaje, un ritmo cómico y una identidad cultural vibrante, el catolicismo suele aparecer bajo dos lupas muy limitadas: el drama policial de herencia irlandesa (como la excelente Blue Bloods) o el terror gótico de exorcismos. Es como si para los guionistas el catolicismo fuera «demasiado serio» para la comedia y «demasiado común» para la identidad, perdiendo esa «especificidad» que hace que el público se enamore de personajes como la madre de Howard Wolowitz en The Big Bang Theory.
Pero el fenómeno está mutando. Los datos indican que el 92% de las audiencias ahora buscan contenido con trasfondo espiritual. Sin embargo, no buscan el dogma; buscan la experiencia. Estamos ante un «regreso de la fe» que es emocional y secular. Hoy vemos series donde el agnosticismo no es un rechazo, sino una búsqueda curiosa. La religión en pantalla ya no se trata de «ir al templo», sino de cómo esas creencias nos ayudan a navegar un mundo caótico.
Lo cierto es que esta disparidad nos habla de quién cuenta la historia. Mientras el judaísmo se ha «etnizado» para ser amigable y cómico, el catolicismo carga con el peso de su propia institucionalidad y su aura de misterio cinematográfico. Al final, parece que en el televisor Dios solo recibe el papel protagónico si su fe puede convertirse en un buen chiste de identidad o en una conspiración milenaria que descifrar antes de que aparezcan los créditos.
Esta transición del dogma al espectáculo ha convertido a la iconografía católica en una suerte de «museo visual» para las plataformas. Ya no se trata de la búsqueda de la redención, sino de la fascinación por la arquitectura del poder. Series como The Young Pope o The Crown demuestran que el espectador moderno consume la religión como una forma de aristocracia espiritual: nos atrae la pompa, el protocolo y el aislamiento de esos mundos cerrados. En este nuevo ecosistema mediático, el Papa no es solo el vicario de Cristo, sino el influencer definitivo de una marca milenaria que vende certezas en un mercado de dudas.
Por otro lado, el algoritmo del streaming ha logrado lo que siglos de misiones no pudieron: la «universalización» de la duda. Al colocar en el mismo menú un documental sobre budismo, una comedia judía y un thriller vaticano, las plataformas han transformado la fe en un producto de estilo de vida. La religión ya no se hereda por familia, se elige por suscripción. El usuario no busca una iglesia donde encajar, sino una narrativa que le dé sentido a su caos personal. En esta «fe de rating», la verdad teológica es secundaria; lo que importa es si la historia es lo suficientemente atractiva para no darle al botón de skip (omitir) después de los primeros cinco minutos.
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Anexo
El «Prime Time» de la identidad judía
A continuación, las series que han definido la representación del judaísmo en la televisión moderna, logrando niveles de rating y crítica sin precedentes:
| Serie | Personaje / Familia | Impacto Narrativo |
|---|---|---|
| The Marvelous Mrs. Maisel | Midge Maisel | Un retrato vibrante del Nueva York judío de los años 50. La fe se vive a través del humor punzante y las dinámicas familiares extendidas. |
| Seinfeld | Jerry Seinfeld / George Costanza | Definida como «la serie sobre nada», fue en realidad la serie que normalizó el neuroticismo secular judío como el humor estándar de la clase media urbana. |
| The Big Bang Theory | Howard Wolowitz | El personaje de la madre (nunca vista) y la relación de Howard con su herencia llevaron los estereotipos culturales a una audiencia global de millones. |
| The Nanny | Fran Fine | Convirtió la identidad judía de Queens en un ícono de la moda y la comedia física, rompiendo barreras de clase en la televisión de los 90. |
| Curb Your Enthusiasm | Larry David | La exploración cruda y sin filtros de las reglas sociales, las festividades y la ética judía desde una perspectiva profundamente satírica. |
| The O.C. | Seth Cohen | Hito cultural por la creación del «Chrismukkah», fusionando la Navidad y el Janucá en una identidad híbrida para las nuevas generaciones. |
| Transparent | Familia Pfefferman | Una mirada contemporánea y profunda sobre cómo la tradición religiosa y la identidad de género se entrelazan en la búsqueda de la verdad personal. |
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