¿Cómo Venezuela pasó a ser un protectorado de EE.UU.?

«Momento Shimonoseki». Federico Fuentes entrevista a Malfred Gerig

Donald Trump encontró en Venezuela un eslabón débil para lograr una victoria resonante en el marco de su corolario de la Doctrina Monroe. Tras la acción militar y el secuestro de Maduro, oficialistas y opositores compiten por ver quién puede gestionar mejor el nuevo orden neocolonial en el país.

Delcy
La presidenta Delcy Rodríguez sostiene una copia de la nueva ley petrolera.

El ataque militar del gobierno estadounidense contra Venezuela el pasado 3 de enero, junto con el secuestro del presidente Nicolás Maduro, ha suscitado intensos debates sobre cómo pudo ocurrir, qué representa el nuevo gobierno de Delcy Rodríguez y qué significa todo esto para la soberanía venezolana.

En esta entrevista, Malfred Gerig, sociólogo egresado de la Universidad Central de Venezuela y autor del libro La larga depresión venezolana. Economía política del auge y caída del siglo petrolero, aborda la decadencia -política, económica, moral y militar- del régimen madurista, que transformó a Venezuela en un eslabón tan débil que la acción de Donald Trump terminó resultando sumamente fácil. También reflexiona sobre las características del nuevo protectorado y sobre las posibilidades de encontrar energías para recuperar la autonomía nacional y un futuro democrático. Y, no menos importante, aborda de manera crítica la posición de la izquierda internacional frente a la crisis venezolana.

¿Cómo interpreta las acciones militares de Estados Unidos que, luego de desplegar buques de guerra en el Caribe durante varios meses, culminaron con un asalto militar y el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa y diputada Cilia Flores? ¿La motivación era simplemente obtener el control del petróleo venezolano?

Obviamente la intervención militar tiene que ver con el petróleo, porque todo lo que atañe a Venezuela siempre tiene que ver con el petróleo. Pero es un poco más complejo, porque se unieron dos cosas aquí: la crisis venezolana y la política exterior de Trump. La larga depresión venezolana y la crisis política se sumaron al traslado del conflicto a la arena internacional. El debilitamiento, a lo largo de tantos años, de las fuentes del poder nacional -económicas, políticas, institucionales, militares y culturales- acabó desembocando en el episodio más humillante de la historia republicana de Venezuela.

Este debilitamiento nacional hizo que para Trump se volviera apetecible intervenir en Venezuela. Primero, porque estaba actuando frente a un gobierno sin base social y sin legitimidad racional-legal. Estados Unidos sabía que el pueblo venezolano no saldría a defender a Maduro y eso pesó mucho en la ecuación que llevó a la acción militar. Intervinieron contra un jefe de Estado impopular y sin legitimidad democrática. Segundo, porque la institucionalidad política del país era absolutamente ilegítima y estaba absolutamente debilitada en cuanto a la capacidad de poder puro y duro -como se vio en la (no) reacción frente a la operación militar-. Y, tercero, porque el gobierno de Maduro, por ser un gobierno débil que había socavado las capacidades estatales durante tantos años para quedarse en el poder por el poder mismo, era una pieza fácil para que Estados Unidos empezara a reordenar toda su política exterior hacia América Latina.

A eso podemos añadir que la clase política venezolana más bien dobló la apuesta por la externalización de ese conflicto, creyendo que Trump arbitraría de buena fe a favor de una de las partes, sin exigir posteriormente un tributo. En el caso de la oposición, esto es muy claro, buscaba el apoyo de Trump para derrocar al régimen y llegar al poder. Pero la elite madurista buscó, al mismo tiempo, un acuerdo con Trump que legitimara el fraude electoral y la represión; una normalización que pasara por la bendición de Washington. Algo que he llamado, tomando el caso de Turquía, la «erdoganización» fallida de Maduro, una transición fallida al «autoritarismo competitivo».

Aquí vemos la catadura tanto moral y ética, pero sobre todo estratégica, de las distintas fracciones de la clase política venezolana. Si hay que otorgar una responsabilidad en el desenlace catastrófico de la crisis orgánica, es precisamente de las elites políticas, tanto maduristas como opositoras.

El debilitamiento del país fue aprovechado por el «centinela extranjero», que ahora busca sacar rédito económico y político. Va a buscar una forma de que Venezuela tribute -porque la palabra que vale acá es tributar- y pague con creces la insensatez de su clase política.

El petróleo es crucial para los planes de Estados Unidos de sacar provecho de su intervención a través del pago de un tributo imperial. El pueblo venezolano, por desgracia, pagará caro, ante el territorialismo y el neomercantilismo trumpiano, nuestra incapacidad de resolver la crisis general del Estado por nuestros propios medios. Pagaremos con petróleo, pero también con dependencia y con la pérdida de la soberanía nacional y popular sobre nuestro futuro inmediato.

Pero Trump estaba negociando con el gobierno de Maduro, como vimos con la visita de su enviado especial Richard Grenell a Caracas. ¿Por qué no aceptar simplemente la oferta de Maduro de entregarle los recursos de Venezuela en cambio de mantenerse en el poder?

Es claro que hay un momento en que Trump cambió de parecer y Maduro dejó de ser alguien creíble con quien negociar. Ese momento fue cuando Grenell fue retirado de las negociaciones. Trump se da cuenta de que Maduro no es de fiar. Y al ofrecer todo a Estados Unidos, Maduro dejó de ser confiable también para Rusia y China. El secretario de Estado Marco Rubio dice incluso en una entrevista que Maduro «ha incumplido todos los acuerdos que ha firmado».

Cuando Trump retira a Grenell, muchos consideramos que Estados Unidos iba a actuar militarmente en Venezuela. En términos militares, todo era muy parecido a lo que pasó con Rusia y Ucrania: esa acumulación militar no se hace para, como decían algunos analistas, forzar un quiebre interno. Era claro que Estados Unidos se preparaba para algún tipo de intervención. Lo que estaba en discusión era la forma en que iba a actuar y cómo iba a ser el día después.

En términos simples, Maduro carecía de la credibilidad nacional e internacional para ser el hombre del realineamiento geopolítico. La credibilidad tiene un gran valor en política internacional, y la de Maduro, al igual que su legitimidad racional-legal, era nula.

Usted señaló que Venezuela fue vista como una pieza fácil para Estados Unidos y su voluntad de reconfigurar su política hacia América Latina. ¿Qué papel juega Venezuela en la política exterior del segundo gobierno de Trump?

El objetivo dejó de ser solo Venezuela. Se implementaron políticas irracionales, por ejemplo hacia un presidente popular y legítimamente electo como Gustavo Petro en Colombia, al incluirlo en la Lista Clinton [de personas sancionadas por supuesto involucramiento en actividades de narcotráfico y lavado de dinero]. Empezaron las constantes amenazas de intervenciones militares «terrestres» en México y las intervenciones electorales abiertas en apoyo a candidatos afines a lo que podríamos llamar la Internacional MAGA, particularmente en Honduras y Argentina. La reciente visita de Petro a la Casa Blanca, festejada por ambos mandatarios, que incluyó la afirmación del presidente estadounidense señalando que Petro es «terrific» [genial], muestra las inconsistencias de las acusaciones de Trump. Y, además, la cuestión venezolana se anudó claramente a la cuestión cubana, configurando una cadena de debilidades.

Venezuela se convirtió en la palanca de una política mucho más maximalista hacia América Latina. Ese giro se vio plasmado en la Estrategia de Seguridad Nacional y la reactivación de la Doctrina Monroe, con su «corolario Trump». Detrás de esto, hay toda una escuela de geoestrategas, de Nicholas Spykman a Robert J. Art, que conciben el territorialismo en América Latina como una cuestión esencial en un momento de conflicto global o hegemónico. Según esa visión, Norteamérica y Sudamérica poseen los recursos que Estados Unidos necesita para sobrevivir a una gran confrontación global, lo que inevitablemente desestabilizaría el mercado mundial. El «corolario Trump» representa precisamente un regreso al territorialismo, en el que Estados Unidos, al controlar el hemisferio occidental, puede permitirse un conflicto global de grandes proporciones sin quedar aislado ni caer en una depresión general debido a la interrupción de las cadenas de suministro.

Por eso hemos pasado del «giro hacia Asia» del gobierno de Barack Obama al «giro hacia América Latina» de Trump. América Latina va a pagar el precio del declive del imperio y de su retirada de Europa y, sobre todo, de Asia. Venezuela le ofreció al gobierno de Trump un oponente debilitado, con poca capacidad militar y desacreditado internacionalmente, sobre el cual reorganizar su política en América Latina según la visión MAGA; la posibilidad de una victoria a muy bajo costo.

Ideológicamente, esto supone la derrota del socialismo, aunque el régimen de Maduro fuera socialista solo de nombre. Militarmente, es una demostración de potencia de fuego y poder de persuasión. Geopolíticamente, representa un movimiento de poder en la mesa de las grandes potencias, algo que Washington ansiaba. Económicamente, promete una sustancial bonanza petrolera para Estados Unidos y las corporaciones que financiaron las campañas de Trump, aunque estas se muestren algo escépticas dadas las megainversiones necesarias para reactivar la industria en un contexto aún incierto.

Se habló mucho de «cambio de régimen», pero al final el poder sigue en manos de quienes gobernaban con Maduro. ¿Cómo entender esta situación?

Con respecto al cambio de régimen, escribí un artículo sobre eso hace poco. También en La larga depresión venezolana sostuve que las sanciones implementadas durante el primer gobierno de Trump habían fracasado a la hora de lograr un cambio de régimen por arriba, pero habían sido absolutamente exitosas a la hora de lograr un cambio de régimen por abajo; es decir, habían logrado el cambio de régimen en la economía política del país, dirigiéndolo hacia lo que llamé un «neoliberalismo con características patrimonialistas» y un modelo muy sui generis venezolano de capitalismo de compinches.

Ese cambio de régimen por abajo se encadenó ahora a lo que podríamos catalogar como un cambio de régimen hacia afuera, o un realineamiento geopolítico. Un gran ejemplo de este tipo de dinámica es el Egipto de Anwar el-Sadat. Estados Unidos logró un realineamiento absoluto -contra la Unión Soviética- del Egipto posterior a la muerte de Nasser en 1970. Eso es lo que, con las diferencias del caso, está haciendo hoy Estados Unidos en Venezuela.

Pero era muy difícil que se pudiera lograr esto con Maduro, ya que su capacidad de cambiar el clima político del país era nula. Maduro lo intentó: podemos ver su última entrevista con el periodista Ignacio Ramonet, el 30 de diciembre pasado, donde dice claramente todo lo que estaba dispuesto a entregar, a saber, todas las riquezas naturales del país que como buen patrimonialista creía suyas. Esa propuesta fracasó en primera instancia, pero se hizo realidad con el madurismo sin Maduro. Entonces continúa el realineamiento o cambio de régimen hacia afuera, que se puede ver día a día.

¿Cree que tendrá éxito en este realineamiento?

Hace algunos días, cuando le preguntaron por qué hacer las cosas de esta forma, Trump dijo: «Si alguna vez recuerdan un lugar llamado Iraq, echaron a todo el mundo, policía, generales, todos fueron removidos y terminaron pasándose al ISIS». Trump puede tener razón en eso. Está intentando otra forma de encarar el día después del cambio de régimen. Pero eso no significa que vaya a tener éxito.

Venezuela se enfrenta a una suerte de «momento Shimonoseki», en alusión a la Primera Guerra Sino-Japonesa de 1894-1895. Esa guerra y, sobre todo, los tributos que vinieron luego de la firma del Tratado de Shimonoseki impuesto por Japón inauguraron la llamada «era de humillación» de China. Luego, esto fue copiado en los Acuerdos de Versalles al finalizar la Primera Guerra Mundial -y sabemos a lo que condujeron-. Eso es exactamente lo que hoy está haciendo Estados Unidos: aprovechándose del colapso del Estado, quiere imponer una política colonial bajo la forma de un protectorado y hacer irreversible a mediano plazo el modelo colonial petrolero.

Un modelo en el cual Estados Unidos -como pedían los CEO de las grandes petroleras estadounidenses- garantice durante un lapso considerable (20 o 30 años) que las cosas no cambien y que se pague un tributo constante. Lo que se propone el gobierno de Trump es una contrarrevolución contra el nacionalismo petrolero venezolano, que fue la columna vertebral de la construcción del Estado venezolano durante el siglo XX. Y voy más allá: para imponer este protectorado, cuenta con la anuencia de las dos grandes fracciones de la clase política.

¿Cuál fue la condición de posibilidad de todo esto? El debilitamiento al extremo de las bases de la nación venezolana, tanto como para que los venezolanos hayan preferido una intervención militar frente a la imposibilidad de resolver las cosas por sí mismos. Ese debilitamiento nacional fue responsabilidad no solo de la oposición, sino también del régimen que durante tantos años hizo caso omiso a las consecuencias de su estrategias para conservar el poder y saquear los recursos públicos.

Ahora la clase política venezolana no tiene ningún tipo de agencia sustantiva, ni la oposición ni la elite gobernante. Lo único que puede hacer es acatar los dictados de Washington y competir por ver quién es el mejor conserje.

¿Cómo queda parada la oposición de derecha, que sigue encontrándose fuera del poder?

Con respecto a la oposición, hay muchas cosas por decir. Lo primero es resaltar la idiosincrasia, la cosmovisión, de un sector de la sociedad venezolana que desconoce a Venezuela y es absolutamente entreguista. Esto hizo que la única estrategia de un gran sector de la oposición fuera la externalización del conflicto, poner todos los huevos en la canasta del centinela extranjero. Si vemos los discursos de María Corina Machado, sobre todo después de las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024, nos damos cuenta de que más que hablarle a los venezolanos en Venezuela apostó a la explotación sentimental de la diáspora venezolana. Esto expresaba un debilitamiento total de su fuerza política interna, una incapacidad para manejar y sacar rédito del fraude electoral.

Ese debilitamiento de la capacidad de resistencia interna de la oposición fue utilizada por Estados Unidos. Toda el discurso de Machado -que incluso justificó la deportación de inmigrantes venezolanos de Estados Unidos- fue absolutamente irresponsable y, me atrevo a decir, criminal. Machado y la elite política opositora le dieron elementos a Trump para apalancar su política antivenezolana, la cual considera a los inmigrantes venezolanos prácticamente hostis humani generis [enemigos del género humano], para dar impulso no solamente a su política exterior, sino también a su política migratoria interna sobre la base de la criminalización de todo un grupo nacional. Este crimen se termina de concretar cuando reclaman la intervención militar y se manchan las manos con sangre de venezolanos asesinados por una fuerza militar extranjera el 3 de enero.

Ahora lo que tenemos es una fracción muy importante de la clase política rivalizando sobre quién garantiza mejor el nuevo protectorado estadounidense en el país. Así es el tamaño de nuestra tragedia.

¿Lo sorprendió de alguna manera la rapidez con que las relaciones entre el nuevo gobierno de Delcy Rodríguez y el de Trump se volvieron tan amistosas, solo horas después del secuestro de Maduro?

No me sorprendió porque era harto conocido que el madurismo venía propiciando un realineamiento, en el que estaban dispuestos a otorgar todo con tal de mantener en sus manos el «poder político», como les gusta decir. Tampoco sorprendió que los tan cacareados lemas sobre la «guerra de mil años», sobre un «segundo Vietnam» o una «resistencia permanente», repetidos por el gobierno frente a la posibilidad de una acción militar estadounidense, se desvanecieran y en solo dos horas Estados Unidos capturara a Maduro en una operación extremadamente humillante para las Fuerzas Armadas venezolanas. Todo esto fue muy consistente con el madurismo: incompetencia absoluta en términos militares -como en términos más amplios en la gestión del Estado-, sin que nadie asuma la responsabilidad por la hecatombe militar.

Hace mucho tiempo que el madurismo arrió sus banderas programáticas, ideológicas, éticas. Lo que sí sorprende es que salga Delcy Rodríguez en la Asamblea Nacional llamando «fondos soberanos» «destinados a garantizar la protección social del pueblo venezolano y a impulsar el desarrollo económico y social del país» a los fondos que manejará la administración colonial de Trump. Este es otro episodio más de la distorsión absoluta del lenguaje y de la realidad a la que estamos acostumbrados en Venezuela: el reino de la neolengua.

La situación ahora es tan patética como preocupante. Trump dicta órdenes que incluirán el control absoluto de la comercialización del petróleo venezolano y el manejo con total discrecionalidad de los ingresos de esas transacciones, transfiriendo al gobierno venezolano lo que crea conveniente, además de decidir qué podrá importar o no Venezuela y de dónde. Trump dicta y ellos cumplen. «Soberano es quien decide», escribió Carl Schmitt, y quienes están decidiendo en Venezuela en este momento están en Washington, no en Caracas.

En este contexto neocolonial, le tocará al pueblo venezolano, a la nación venezolana, a los reservorios morales, éticos y de dignidad que todavía existen en el país, decidir hasta cuándo se mantendrá esta situación. La respuesta no va a venir de la clase política madurista ni opositora. Si hay alguien que se puede convertir en agente en contra de toda esta humillación nacional es precisamente el pueblo venezolano, no quienes son los causantes de esta situación.

El gobierno de Delcy Rodríguez está tomando medidas para enmendar la ley de hidrocarburos de Chávez ¿Qué está ocurriendo en términos de la soberanía estatal sobre el petróleo?

Lo que se está haciendo es desmantelar -con la celebración de mucha gente en el país que siempre quiso esto- las bases del nacionalismo petrolero venezolano, que está lejos de ser patrimonio del chavismo. Este fue uno de los grandes pilares de la construcción del Estado y la nación venezolana a lo largo del siglo XX. La Revolución Bolivariana, que tenía como uno de sus pilares precisamente la reivindicación de la soberanía petrolera, se está convirtiendo en el episodio más antinacional de nuestra historia petrolera. Peor incluso que el modelo del gomecismo, con sus concesiones petroleras que enriquecieron a la elite del poder1. Hoy lo que tenemos es un «comodato» impuesto por la fuerza, en el sentido de que se le otorga la producción petrolera a empresas privadas estadounidenses.

Esta reforma de la Ley de Hidrocarburos es la claudicación de Venezuela como país productor de petróleo y un retroceso hacia la primera mitad del siglo XX como país propietario del recurso. Concretamente, es una radicalización de lo que ya venía ocurriendo, una formalización. El precedente fue la Ley Antibloqueo y el llamado «modelo Chevron», tan celebrado por Maduro, con sus contratos de participación productiva (CPP), por los cuales los socios de PDVSA [la estatal Petróleos de Venezuela] manejan todo en el marco de una delegación operativa absoluta. El modelo Chevron ahora se profundizará: lo veremos con esteroides, ya que se le añade el monopolio de empresas privadas estadounidenses sobre la comercialización, el manejo discrecional de los ingresos y el monopolio sobre las importaciones.

Algunos argumentan: «pero ellos pagan impuestos, pagan regalías». Ni siquiera eso es claro; es absolutamente opaco cómo funciona. Aún no es claro cuál es el tamaño del desfalco a la propiedad de la nación.

Obviamente, todo esto va en contra de lo plasmado en la Constitución y en la Ley de Hidrocarburos vigente. Por eso es necesario adecuar la norma en consonancia con la nueva realidad, algo que estaban pidiendo algunas empresas petroleras en la reunión que tuvieron con Trump. Con esto van a entrar empresas petroleras con mucha más pericia y capacidad, y van a salir todas esas empresas de maletines, desconocidas y muy raras, como la de los capitales del amigo de Trump, Harry Sargeant, las cuales ahora deben competir con las megacorporaciones del big oil. Estas empresas habían entrado al negocio petrolero sin ningún tipo de veedurías ni de claridad, de forma absolutamente opaca, bajo el gobierno de Maduro. Los CPP fueron la condición de posibilidad para la llegada del capitalismo de compinches al negocio petrolero, por la vía de estas empresas petroleras fantasmas que sirvieron a los intereses de la camarilla política y que se crearon precisamente para expoliar el petróleo venezolano.

Juan Pablo Pérez Alfonzo, abogado venezolano y ex-ministro de Minas e Hidrocarburos entre 1959 y 1963, entendió muy bien que la consecuencia lógica del Estado propietario del petróleo era el Estado productor de petróleo, ya que siendo productor era la única forma de llevar al máximo la reivindicación rentística. Un Estado que no produce petróleo no tiene forma de reivindicar el ingreso sobre su propiedad. Dicho de otra forma, la propiedad sobre el petróleo es letra muerta si no eres capaz de extraer el recurso.

Por otra parte, el modelo que se instala avizora un país petrolero dependiente de la importación de petróleo liviano y diluyentes para poder comercializar su petróleo pesado. Es probable que la renta caiga en picada, incluso si crece la producción -hoy en mínimos históricos-. Todo ello, consecuencia de haber minado, durante 60 años, la capacidad de PDVSA para integrarse verticalmente.

¿Ve posibilidades de que haya resistencia contra los planes de recolonización de Trump?

El futuro, incluso en el corto plazo, es muy difícil de prever, porque todos estos acuerdos son muy inestables. Es verdad que la clase política madurista es la línea de menor resistencia -para decirlo de alguna forma- para instalar la política exterior de Trump en Venezuela. No es casualidad que los informes de la CIA [Central de Inteligencia de Estados Unidos] en los que se basó Trump hayan elegido al madurismo para liderar la transición al protectorado. Y como vemos, por el momento lo está logrando sin mayores problemas.

Pero también hay algunas potenciales líneas de resistencia: por ejemplo, los conflictos dentro del madurismo podrían provocar que esta nueva normalidad se altere en algún momento. No por cuestiones de dignidad, éticas o programáticas, sino por consideraciones de poder propias de cada facción, además de los intentos de hacer pagar los platos rotos a las rivales. No parece que la base social del madurismo -lo que queda de ella- le vaya a recriminar al madurismo sin Maduro que esté traicionando el legado de Hugo Chávez o de la Revolución Bolivariana. Mucha agua pasó debajo del puente desde hace demasiado tiempo. El madurismo es un movimiento absolutamente desideologizado, que solo aboga por la supervivencia económica de sus cuadros. Su única patria es el poder, sus privilegios ligados al manejo del Estado.

Pero yo sí creo -y por eso te hablaba del momento Shimonoseki- que las naciones tienen reservorios morales y éticos para perseverar en su ser, el conatus de la patria. ¿Qué vino después del momento Shimonoseki en China? Vino el levantamiento de los bóxers. La nación venezolana, de alguna manera, tendrá que mostrar un reservorio de dignidad para reivindicar el derecho que tenemos a autogobernarnos.

Iniciamos quizás la encrucijada más importante en nuestra historia republicana, en la que veremos de qué manera la nación se recompone y empieza a exigir sus derechos, principalmente su derecho a decidir su destino. No faltarán los reaccionarios que aboguen porque Venezuela pierda la soberanía sobre sí misma como penitencia por el desenlace catastrófico del conflicto político, pero tampoco faltarán los republicanos y los bolivarianos para abogar por la libertad, la soberanía, la igualdad, la virtud y el interés general y nacional-popular como un valor supremo que podemos darnos y nos merecemos.

¿Cree posible un retorno a la gobernanza democrática en el corto o mediano plazo?

La transición a la democracia -incluidas elecciones libres- no está prevista en el corto plazo por Estados Unidos. ¿Por qué? Porque Trump decide bien, en términos de sus propios intereses, cuando se da cuenta de que el madurismo sin Maduro podría garantizar mucha más gobernabilidad que un gobierno de María Corina Machado o Edmundo González [candidato opositor en 2024], que tendría que enfrentar demandas democráticas, económicas, populares que el madurismo tiene hoy contenidas. Creo que hay que prestarle mucha atención a eso, para ver lo que sucede en el futuro. Para Trump -y Marco Rubio-, primero el tributo; lo de la democracia ya se verá.

Yo no veo, en el corto o mediano plazo, que para Estados Unidos lo más importante sea una transición a la democracia. Lo principal es hacer el protectorado irreversible o «hacer mucho dinero», en palabras del propio Trump. En esto parece coincidir con el gobierno, que cree que se debe mantener secuestrado políticamente al pueblo venezolano para que no vote por la extrema derecha. Creo que otros actores internacionales -no Estados Unidos- van a empezar a presionar a medida que pasen los meses por un gobierno con legitimidad electoral de origen, y creo que esto no será una cuestión menor.

Pero es importante pensar en cómo reconstruir la estatalidad. Una nación que colapsa militarmente, como colapsó Venezuela el 3 de enero, no es viable. Pero tampoco es viable un país con su sistema de salud destruido, con su sistema educacional estallado, con sus instituciones políticas sin ningún tipo de legitimidad. Para Trump, los venezolanos solo podrán votar cuando sean capaces de no hacerlo contra los intereses de Estados Unidos; es decir, cuando el protectorado sea irreversible. Pero para el pueblo venezolano la politización y expresión electoral en función de sus intereses debería ser un clamor vital.

¿Qué podría hacer la izquierda internacional para apoyar, en este momento crítico, al pueblo venezolano?

Lo primero que debería entender la izquierda es que su solidaridad tiene que ser con el pueblo de Venezuela, no con el gobierno de Maduro, como venía ocurriendo. Lo que pedimos desde Venezuela es una ética política que se ponga del lado de quienes verdaderamente han soportado esta crisis y la seguirán soportando durante mucho tiempo.

Este régimen hace mucho tiempo dejó de ser representante de los intereses más hondos y profundos del pueblo venezolano -y ahora tampoco representa los intereses básicos de la nación-. El hijo de Nicolás Maduro, «Nicolasito», no tuvo ningún prurito en decir que Venezuela debía establecer relaciones con Israel, mientras que lo que hacía Maduro con la izquierda global se parece mucho a lo que hacía Machado con las diásporas venezolanas: explotación sentimental y nada más.

El gobierno de Maduro significó una debacle moral y estratégica para la izquierda, no solamente en América Latina, sino en el mundo entero. Cuando digo estratégica me refiero a que Maduro fue un organizador de derrotas que debilitó a la nación, pero también aniquiló la fortaleza ético-política del movimiento que le entregaron. Lo hizo polvo. Y cuando tuvo que hundir a ese movimiento en una crisis sin retorno para defender su propio poder, no dudó en hacerlo.

Este ataque del imperialismo estadounidense no viene a comprobar que Maduro tenía razón. Más bien viene a comprobar que Maduro fue absolutamente incompetente para defender a la nación venezolana contra ese mismo imperialismo. Lo que hizo fue precisamente coadyuvar a lo que Estados Unidos quería hacer contra Venezuela: debilitarla militar, económica y culturalmente, ámbitos en los que descansaban las posibilidades de una transformación social. Lo que tenemos que preguntarnos es: ¿por qué un ataque como este, contra el derecho internacional, produjo esperanza en la mayoría del pueblo venezolano, tanto dentro como fuera del país?

Para gran parte de la izquierda, los venezolanos somos incapaces incluso de sostener una «tiranía doméstica», para usar una expresión de Bolívar. Esta izquierda niega al gobierno de Maduro toda agencia, hasta agencia para implementar un régimen despótico; así, el único sujeto en toda esta historia es el imperialismo. El problema con gran parte de la izquierda mundial es que no consideran a los venezolanos, ni a la elite ni a su pueblo, sujetos en esta historia, su propia historia. Porque para ellos nosotros solamente somos objetos de una historia determinada por el imperialismo. Las acciones del imperialismo contra Venezuela son muy útiles para alimentar el discurso «antiimperialista» en sus respectivos países. Las complejidades de la realidad poco les importan.

Ahora bien, cuando parece que no tenemos capacidad de decidir sobre nuestro propio destino, estoy seguro de que la nación venezolana va a renacer de alguna forma, más temprano que tarde, y vamos a tomar las riendas de nuestro porvenir y nuestro destino.

Nota: esta entrevista se publicó también, en inglés, en Links. International Journal of Socialist Renewal y está disponible aquí.

1. Juan Vicente Gómez instaló una dictadura que duró entre desde 1908 hasta 1935, período conocido como el gomecismo [N. del E.].

Revise también

dpa

Directora de Deutsche Welle: «Estamos en una guerra de información»

Por Stella Venohr y Sven Gösmann (dpa) Berlín, 16 oct (dpa) – Barbara Massing, la …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *