Línea Internacional
Guadi Calvo
En el contexto del maremágnum libio, que se inició en 2011 con la operación que derrocó y asesinó al coronel Muhammad Gaddafi, sus hijos también han sido víctimas del odio desenfrenado que Occidente tuvo hacia su padre.
El último estadio de esta oleada perversa fue el asesinato de Saif al-Islām Gaddafi (1972), un reformista liberal, que hizo que su padre se alejara de sus convicciones nacionalistas y responsable principal del trágico acercamiento de Libia a Occidente a partir del año 2000, y el depósito de miles de millones de dólares en bancos de Londres y Nueva York, que dispararon la ambición de Occidente para quedarse con esos fondos.
Saif fue emboscado en su casa de la ciudad de Zintan, a unos ciento treinta kilómetros al suroeste de la ciudad de Trípoli, donde reside el Gobierno de Unidad Nacional (GUN) designado por Naciones Unidas, uno de los centros de poder que se ha formado en el anárquico presente libio. Considerado el heredero político de su padre, el pasado tres de febrero fue sorprendido por un grupo de desconocidos que, tras su crimen, abandonaron el lugar sin dejar rastros.
La muerte de Saif se suma a la de tres de sus diez hermanos, en los días de la invasión de la OTAN. Mutassim, nacido en 1974, quien presidía el Consejo Nacional de Seguridad de Libia, fue asesinado junto a su padre en la ciudad de Sirte, en octubre del 2011. Khamis Gadafi (1983), comandante de la Brigada Jamis del ejército libio, murió en combate un par de meses antes que su padre y Saif al-Arab Gadafi (1982), quien ya había sido herido en los bombardeos de 1986, ordenados por Ronald Reagan contra Trípoli, por el caso Lockerbie y el programa nuclear, en el que murió su hermana adoptiva Hanna, aunque algunas versiones indican que la niña sobrevivió y la dieron por muerta para ser utilizada como propaganda del “régimen”. Saif al-Arab, si moriría en abril de 2011 en Trípoli, junto a sus tres hijos durante un bombardeo de la OTAN.
Mientras los que han logrado sobrevivir fueron… Quizá el destino más curioso entre los hijos de Gadafi fue el de Hannibal (1975), quien con el derrocamiento de su padre se exilió primero en Argelia y después en Siria. En 2015 fue secuestrado y llevado a Líbano, donde permaneció una década preso, sin juicio, acusado de haber estado implicado cuando solo tenía tres años en la desaparición de Musa al-Sadr, protagonista de uno de los grandes misterios de la política internacional. El influyente imán chiita de origen libanés, al-Saddr, desapareció en 1978, en el contexto de una visita oficial a Libia, sin dejar ningún rastro. La versión libia fue que se había embarcado sin inconvenientes en un vuelo desde Trípoli hacia Roma. Mientras que Líbano sospechaba que Gaddafi había cedido a las presiones de los mullah iraníes, que preparaban su revolución, a quienes al-Saddr les disputaba la preeminencia del mundo chií. La situación generó una altísima tensión entre Trípoli y Beirut, la que jamás finalmente fue resuelta, aunque lo más factible es que hayan tenido intervención el MOSSAD junto a la SAVAK, la inteligencia del sha Palevi todavía en el poder para impedir su derrocamiento, lo que a esa altura era incontenible. El crítico estado de salud por el largo encierro de Hannibal obligó a un tribunal libanés a otorgar su liberación en noviembre pasado, y cuyos siguientes pasos todavía no están claros, ya que todavía no había sido autorizado a abandonar Líbano.
Mientras que Mohammed, el mayor de los hijos del coronel, siempre fue de muy poca trascendencia pública, se exilió inicialmente en Argelia para más tarde, según algunas fuentes, instalarse en Omán, donde se dedica a la actividad privada, siempre con muy bajo nivel de exposición. Mientras que Aisha, la única hija biológica de Gadafi, también se mantuvo todos estos años, aparentemente también radicada en el sultanato del sur de la península arábiga, dedicada a resguardar la memoria de su familia.
Durante un breve periodo, Saadi Gaddafi fue el más conocido de los hijos del coronel, solo por su intento de triunfar en el futbol, primero como capitán de la selección de su país y después por una corta e intrascendente temporada en el futbol italiano, donde jugó en el Perugia, el Unidense y la Sampdoria, con escasa trascendencia más allá de la excentricidad de ser el hijo de uno de los hombres más influyentes en la historia africana. Para cuando comenzó la invasión de la OTAN a Libia, y después de la muerte de su padre, debió escapar, para finalmente ser detenido en Níger, de donde fue extraditado a Libia en 2014. Fue enjuiciado e involucrado en diversos procesos judiciales. Entre ellos, el asesinato del futbolista y entrenador Bashir al-Rayani, ocurrido en 2005, hasta que, en 2018, un tribunal libio lo absolvió por falta de pruebas.
El último Gadafi en el entramado libio
Saif al-Islām Gaddafi había sido detenido por rebeldes en noviembre de 2011 cerca de la ciudad de Awbari, en el desierto libio, cuando intentaba llegar a Níger después de haber perdido el pulgar y el índice derechos en un bombardeo. Saif fue encarcelado en Zintan, tras lo cual la Corte Penal Internacional (CPI) emitió una orden de arresto en su contra por presuntos crímenes contra la humanidad, aunque en 2017 fue beneficiado con una amnistía.
Por medidas de seguridad se desconocía su paradero. Su domicilio era uno de los secretos mejor guardados de Libia. Aunque en 2021, más allá de ser buscado por las autoridades, presentó su candidatura en las presidenciales de aquel año, contando con un importante núcleo de seguidores de su padre. Finalmente, como en tantas otras veces, fueron postergadas. En aquella oportunidad se dijo que Saif hubiera tenido muchas posibilidades de haberse impuesto, incluso entre el voto joven, para los que el apellido Gaddafi era algo demasiado borroso.
Tras conocerse la muerte y sus circunstancias, su abogado, Abdullah Othman Abdurrahim, declaró que su cliente fue cuatro hombres armados. Irrumpieron en la residencia de Saif al-Islām después de desconectar las cámaras de vigilancia. Para ejecutarlo de inmediato. El abogado había denunciado en las redes algunas semanas antes la degradación de la seguridad en esa finca, donde finalmente fue ejecutado. Este no había sido el primer atentado contra su vida; en 2019, se conoció que se pagaron treinta millones de dólares por su cabeza, sin conocerse si la operación había sido honrada a pesar del fracaso.
Rápidamente, la Brigada de Combate 444, una de las tantas milicias autónomas que financia el Ministerio de Defensa del GUN, negó cualquier relación con el asesinato. Subrayando que no se habían emitido órdenes oficiales para seguir a Saif, por lo que no tenían ninguna unidad atenta a sus movimientos. Algo difícil de creer, ya que el hijo del coronel era una de las figuras más temidas por el régimen que gobierna Trípoli, que si bien no tenía una presencia decisoria en el actual contexto político del país, era una figura alternativa, con un peso simbólico, por la simple portación de apellido, que podría convocar a muchas organizaciones y personas tras el fracaso de todo el proceso que continuó a la muerte del coronel.
Si bien la fiscalía interviniente anunció que, después de los estudios forenses, prosiguen sus investigaciones en búsqueda de los sospechosos, las que muy difícilmente progresen, como ha resultado en la absoluta mayoría de los centenares de miles de muertes producidas a partir del 2011.
Otras versiones acerca de la responsabilidad del atentado apuntan a la milicia de Saddam Haftar, hijo de Khalifa Haftar, el señor de la guerra, antiguo general del coronel, que se ha adueñado del este de Libia y es parte fundamental de la actual anarquía.
Diversos analistas políticos consideran que el asesinato no cambiará el equilibrio político o militar en Libia, pero que sí puede representar un factor más de la fragilidad general instalada en el país.
Su ausencia sustrae al contexto político, social y simbólico la presencia del apellido Gaddafi, de cualquier disyuntiva posible, después de haber tenido presencia fundamental en los últimos cincuenta y siete años, cuando el capitán Gaddafi encabezó el golpe que terminaría con la fantochada del reinado de Idris I, colocado a dedo por las Naciones Unidas tras la unificación de las regiones de la Tripolitania, la Cirenaica y Fezzan, dando espacio al surgimiento de Libia para la creación de Jamahiriya, un acrónimo de dos palabras árabes que definen a las palabras castellanas masas y república, un sueño definitivamente muerto para Libia.
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