Lecciones aprendidas en Groenlandia

Enrique Gomáriz Moraga

Enrique Gomariz

La tensión provocada por la amenaza del presidente estadounidense de anexionarse Groenlandia “por las buenas o por las malas” y su posterior distensión, al aceptar Trump un acuerdo multilateral sobre la isla, han generado una cantidad de interpretaciones dispares. Para unos, el ucranio Zelenski entre ellos, estos hechos han mostrado la debilidad de Europa en diversos ámbitos, mientras que para otros han reflejado una respuesta suficiente del viejo continente, que, en definitiva, ha detenido la intimidación de Donald Trump.

Una visión ponderada permite concluir que ambas interpretaciones son parcialmente ciertas. La crítica más dura sobre la debilidad de Europa ha sido formulada por el presidente Zelenski en la reunión de Davos, para quien el envío de unos pocos efectivos militares a la isla es solo un reflejo de esa debilidad: “¿Qué mensaje transmiten al enviar a 40 soldados? ¿Qué mensaje envían a Rusia, China y, sobre todo, a Dinamarca?” se preguntaba enfático en el foro.

Además, Zelenski subraya la lentitud con que ha operado la Unión Europea, a la que acusa de tender a la reflexión pretérita en vez de la actuación inmediata en el presente cuando es necesaria. En suma, una actuación temerosa, parca y lenta.

No cabe duda de que la intervención del ucranio tiene un fondo de verdad. Pero tampoco hay que olvidar que la actuación europea tenía otras posibles opciones. Y una de ellas, de la que era partidario el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, consistía en no hacer nada, mostrando la aquiescencia con los deseos de Trump.

Afortunadamente, los principales motores de la Unión Europea, Alemania y Francia, además del directamente afectado, Dinamarca, respondieron al mínimo sentimiento de soberanía que queda en las poblaciones de sus respectivos países, y decidieron una respuesta reducida pero simbólica: enviar algunos efectivos militares, para demostrar que la seguridad de la isla está asegurada. Ello, acompañado de una política declaratoria fuerte, con un argumento común: si Estados Unidos interviene contra un aliado europeo, firmaría el acta de defunción de la OTAN.

Ciertamente, no se ha tratado de una respuesta todo lo contundente que podía ser, pero todo indica que ha sido suficiente para detener al brabucón del barrio. En un rápido giro, Trump, ha anunciado que está de acuerdo con una mesa de negociación que parta de la aceptación de la soberanía de la isla y de Dinamarca.

Esta es la primera y principal lección a retener. No es cierto que la mejor estrategia frente a las amenazas del imprevisible Trump sea seguirle la corriente ante cualquier situación. Es posible y efectivo plantarle cara, aunque sea midiendo bien la dimensión de la respuesta. No hay que enfrentar al toro, pero si es necesario torearlo sin demasiado miedo.

Por otra parte, es necesario no confundir la naturaleza de la Unión Europea. La UE no es una nación que pueda actuar con la rapidez que exige una agresión externa, sino un conjunto complejo de democracias, que están sometidas a equilibrios políticos y normativas internas. Es cierto que ello alude a los procedimientos relativamente lentos de la UE para la toma de decisiones, al menos hasta no se avance hacia una modificación del Tratado de Lisboa. Y en eso consiste la segunda lección aprendida en el caso de Groelandia: la UE necesita avanzar hacia la reforma en su toma de decisiones, superando la fórmula actual de la unanimidad para tomar cualquier decisión urgente.

La tercera lección se refiere a las relaciones de la UE con Ucrania y su presidente. Cuando Zelenski acusa a la UE de no actuar o hacerlo demasiado lentamente, olvida que Europa ha acogido a más de ocho millones de ucranianos y se ha gastado cientos de miles de millones para sostener una guerra que no dirige directamente. En realidad, Ucrania se defiende con tecnología avanzada que Europa le compra a Estados Unidos para entregársela gratuitamente a Kiev; sin que tenga la garantía que no se perderán pedazos del queque antes de llegar a la mesa. Zelenski se erige así en fiscal moral de la UE, cuando no le corresponde y tiene un techo de cristal para hacerlo. Definitivamente, la UE debe de aprender la lección que se empeña en postergar: es necesario adoptar una posición independiente, no subsidiaria del gobierno de Kiev. El presidente Zelenski es bueno para representar dramas, pero no siempre posee el equilibrio político necesario, ni tiene la autoridad moral que presume (algo que se pone en evidencia ante su posición sobre Gaza).

En suma, para aumentar su autonomía estratégica, Europa tiene que plantarse ante las bravatas de Trump, avanzar en la mejora de sus procedimientos internos y adoptar decisiones propias sin aceptar los chantajes de Zelenski.

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