Explicaciones de fronteras inexplicables

La frontera México–Estados Unidos

Una línea recta que no entiende a nadie

Muro

Si uno mira el mapa con atención, la frontera entre México y Estados Unidos parece una mezcla extraña de regla, compás y capricho. Casi 3.200 kilómetros de línea que atraviesan ríos, desiertos, ciudades partidas en dos y territorios indígenas, como si la geografía, la historia y las personas hubieran sido detalles secundarios. Es una de las fronteras más vigiladas del planeta… y, al mismo tiempo, una de las más artificiales.

Todo comienza con una paradoja: durante siglos, esa línea no existió. El norte de lo que hoy es México y el sur de lo que hoy es Estados Unidos formaban un continuo humano y cultural, habitado por pueblos originarios que se movían sin pasaportes ni aduanas. Apaches, comanches, pápagos (tohono o’odham) y muchos otros no reconocían una frontera que, literalmente, aún no había sido inventada.

La línea aparece tras la guerra entre México y Estados Unidos (1846–1848), uno de esos conflictos que suelen resolverse con mapas sobre una mesa. El Tratado de Guadalupe Hidalgo le quitó a México más de la mitad de su territorio. La nueva frontera siguió en parte el curso del río Bravo (o río Grande, según de qué lado se mire) y en parte una serie de líneas rectas trazadas en Washington y Ciudad de México, muchas veces sin conocer bien el terreno. El resultado: una frontera que corta desiertos como Sonora y Chihuahua con una precisión geométrica que ignora cualquier lógica natural.

El río Bravo es, en teoría, un límite “natural”. En la práctica, es una fuente constante de absurdos. Los ríos se mueven, cambian de cauce, se secan o se desbordan. ¿Qué pasa cuando el río decide no obedecer al tratado? Surgen islas, terrenos disputados y casos surrealistas en los que una casa queda legalmente en un país, pero su entrada principal en el otro. Hubo incluso pueblos que despertaron una mañana siendo extranjeros sin haberse mudado.

Más inexplicable aún es lo que ocurre en las ciudades gemelas: Tijuana–San Diego, Nogales–Nogales, El Paso–Ciudad Juárez. Calles que antes eran una sola se convirtieron en cicatrices. Familias divididas por una reja, mercados separados por un muro, acentos idénticos que deben mostrar documentos distintos. En Nogales, por ejemplo, la valla cruza barrios enteros: una casa queda en México, la acera de enfrente en Estados Unidos. La frontera no separa culturas; las obliga a convivir a la fuerza.

El muro —o los muros, porque no hay uno solo— es el símbolo máximo de esta frontera inexplicable. Se presenta como una barrera infranqueable, pero nunca lo ha sido. A lo largo de su historia ha sido atravesado por migrantes, comerciantes, contrabandistas, animales, agua, drogas, armas y hasta túneles con ventilación y rieles. La frontera intenta ser una muralla medieval en un mundo globalizado, y por eso falla una y otra vez.

Hay también un elemento profundamente irónico: la economía de ambos países depende de que la frontera sea, al mismo tiempo, dura y porosa. Millones de personas cruzan legalmente cada año para trabajar, estudiar, comprar o visitar a su familia. Las cadenas de producción cruzan la línea varias veces antes de que un producto termine en una tienda. La frontera se vende como un “límite”, pero funciona como una costura.

En el fondo, la frontera México–Estados Unidos es inexplicable porque pretende separar lo que históricamente ha estado unido. Es una línea nacida de una guerra, reforzada por el miedo y sostenida por la ilusión de que un muro puede resolver problemas sociales, económicos y humanos. El mapa la muestra clara y precisa; la realidad la desmiente todos los días.

Quizá por eso es una de las fronteras más vigiladas del mundo y, a la vez, una de las más cruzadas. Porque no importa cuántas torres, sensores o cercas se levanten: las líneas rectas trazadas en un papel siempre tienen problemas para imponerse sobre la vida real.

Basado en el libro “Un mundo inmenso, explicación de fronteras inexplicables”

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