Temporada de guerras en Etiopía

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Guadi Calvo

Una vez más, como un designio natural, un hecho previsto e inevitable, como la llegada de los monzones cada junio a la costa malabar en el suroeste de India, en Etiopía ha comenzado la temporada de guerras.

Cómo ya se anunciaba desde hace meses, las tensiones entre el Frente de Liberación Popular de Tigray (TPLF) y el gobierno del Primer Ministro, Abiy Ahmed, han vuelto a encenderse después de un largo periodo de reclamos, promesas incumplidas y amenazas mutuas. Un periodo que fue exactamente desde la firma del Acuerdo de Pretoria, en noviembre del 2022, con el que se ponía fin a la guerra que había comenzado en 2020, y que dejó aproximadamente un millón de muertos, la destrucción de infraestructura básica, de vastas áreas de la nordestina Región de Tigray, que fue el epicentro de la guerra civil, hasta el miércoles 23 cuando fuerzas regionales de Tigray tomaron el control de tres aeropuertos, por lo que la estatal Ethiopian Airlines debió suspender sus vuelos a la región. Además, se produjeron choques armados con las tropas federales de la Fuerza de Defensa Nacional de Etiopía (FDNE). También se registraron combates en las Regiones vecinas de Afar y Amhara. El jueves los combates prosiguieron en Yalo, en la región de Afar, a 40 kilómetros de la frontera con Tigray donde se produjeron intensos ataques con artillería pesada.

Mientras los rebeldes declaran que “ya están en guerra abierta contra el gobierno central”, se conoce que en las áreas de combate ha desatado pánico la población, que revive lo sucedido menos de tres años antes. Al tiempo que los mercados se vaciaron de mercadería, los medicamentos esenciales han desaparecido, y los que quedaron han sufrido un salto en sus precios. Sin que hasta ahora se conozca el número de muertos y desplazados, de profundizarse, se espera nuevamente que las cifras trepen con desmesura.

Esto ha estallado y no casualmente cuando recrudecen las tensiones entre Etiopia y Eritrea, tras terminar la alianza que mantuvieron durante la guerra civil, la guerra civil sudanesa, la profundización de las diferencia en Sudán del Sur, por lo que se considera que puede llegar nuevamente la guerra, antes que las elecciones de diciembre, la crónica inestabilidad somalí, ahora con un al-Shabbab fortalecido con una alianza táctica con los Houthies, sumado al incremento las tensiones por la ofensiva de estos últimos, contra las posiciones sauditas y las del gobierno títere de Adén, lo que significó el control del estrecho Bab al-Mandeb, y les permite a los rebeldes el control del paso marítimo desde y hacia el mar Rojo y el Golfo de Adén. (Ver Pirómanos en el mar Rojo) y quizá, en este panorama, el punto menos conocido, pero el más peligroso: la creciente disputa por las aguas inferiores del Nilo entre el Cairo y Addis Abeba, a partir de la puesta en marcha de que la Gran Presa del Renacimiento Etíope, un proyecto ejecutado y financiado por Beijing, lo que, de no resolver pronto, va a desatar una guerra que todavía va a desestabilizar mucho más toda la región.

El Acuerdo de Pretoria, comenzó a desmoronarse, tras el surgimiento de divisiones internas en el TPLF, dando espacio al surgimiento de un ala más extrema que reclama el control de Tigray y la expulsión de la administración interina impuesta por Addis Abeba. Uno de los puntos estipulados en los arreglos de 2022.

Esto enlaza a la vez con la reciente alianza con el objetivo de derrocar al gobierno de Ahmed, entre otras seis organizaciones armadas que responden a los intereses de otras tantas regiones del país, algunas de ellas que se han visto enfrentadas en la última guerra, como el Movimiento Nacional Amhara (Fano) ahora aliado al TPLF, cuyo nombre oficial es Alianza de las Fuerzas Populares Etíopes para la Supervivencia, aunque se está popularizando Tsimdo (Compromiso), en la que también participan: el Ejército de Liberación Oromo (OLA), el Frente Nacional de Liberación de Ogadén, el Frente de Unidad Democrática Revolucionaria Afar, el Movimiento de Liberación Popular Benishangul y el Movimiento Democrático Popular Gumuz.

Todavía se desconoce que facciones de la nueva alianza participaron en los enfrentamientos del miércoles, hay que entender que cada una de las doce Regiones o Kililoch, tiene el derecho constitucional de conformar una fuerza armada propia o liyu, que, sin ser un ejército, tienen mayores atributos que una simple policía.

Tras los sucesos del miércoles el gobierno de Abiy, responsabilizó directamente a Eritrea de haber alentado y financiado al Tsimdo, lo que Asmara se ha negado.

Un lugar cerca del mar

Fue a partir de la resolución en 1993 de la guerra entre Eritrea y Etiopía que esa última nación se convierte en un país sin acceso al mar. Conflicto que formalmente se daría por terminado en 2019, con la llegada de Abey al gobierno y lo que le posibilitó la obtención del Premio Nobel de la Paz de ese año.

Desde la pérdida de su litoral sobre el mar Rojo, Etiopía ha buscado conseguir una salida al mar, por lo que firmó el 1 de enero de 2024 el Memorando de Entendimiento (MoE) con Somalilandia, por el que Addis Abeba logró por cincuenta años el uso de una franja costera sobre el golfo de Adén de 20 kilómetros, a cambio de una serie de ventajas para el enclave separatista del norte somalí (Ver: Somalilandia o la culpa del chancho). Otra de las posibilidades de una salida al mar fue por décadas el puerto de Assab, que a poco más de cincuenta kilómetros de su frontera, en territorio eritreo, lo que habría sido tan fundamental para su desarrollo. Por lo que el presidente eritreo, Isaias Afwerki, en el poder desde 1993, siempre ha extremado su seguridad, frente a la posibilidad de que Addis Abeba, en algún momento, intente su conquista por la fuerza.

En este contexto, no es para nada menor el detalle de que el gobierno de los Estados Unidos, a principios de este mes, haya levantado las sanciones impuestas a Eritrea y a sus Fuerzas de Defensa. Más en el marco del incremento de las tensiones en el mar Rojo, considerando que las costas eritreas están a trescientos kilómetros de las costas sauditas y se encuentran literalmente a la salida norte de Bab al-Mandeb, por lo que se espera que Washington comience pronto una campaña de seducción hacia Asmara, lo que desde hace décadas también realiza Tel Aviv.

En la guerra 2020-2022, Washington apoyó a los rebeldes separatistas de Tigray, tras un viejo proyecto de balcanizar Etiopía, que, dada su estructura interna, conformada por más de ochenta grupos étnicos, que tienen poco y nada que ver entre sí, desde lo cultural y religioso, no sería demasiado difícil conseguirlo. Mientras que Etiopía, con estrechos lazos comerciales con China, está cada vez más alejada de las políticas norteamericanas.

Etiopía, a la vez, juega sus cartas sobre diferentes factores de la región, habiendo logrado convertirse en el principal aliado de los Emiratos Árabes Unidos del continente, colaborando por cuenta y orden de Abu Dabi con los paramilitares sudaneses del Grupo de Apoyo Rápido, el principal promotor de la guerra civil de ese país, a los que estaría dando entrenamiento en campamentos cercanos a la frontera de cerca de 800 kilómetros que ambos países tienen en común. Ver: Sudán, presos de un déjà vu.

De generalizarse una guerra del Tsimdo, con el apoyo encubierto de Eritrea y Egipto, a las que les podrían proveer armamento desde Sudán y Somalia, contra el gobierno central de Etiopía, algunos analistas consideran que su victoria estaría asegurada para los rebeldes con solo establecer una estrategia de desgaste contra la Fuerza de Defensa Nacional de Etiopía (FDNE), prolongada en el tiempo, con el fin de debilitar gradualmente al gobierno de Ahmed, provocar por esta vía mayor inestabilidad económica en la población, que ya está agotada de tantas guerras y conflictos.

Por lo que Etiopía, que posee una importante superioridad aérea y en el uso de drones, tendría que entrar en una rápida y fulminante guerra contra Eritrea, a quien considera en Addis Abeba como el ojo del huracán de todas las tormentas que la atraviesan.

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