Línea Internacional
Guadi Calvo
Los remesones de la Primavera Árabe, a casi quince años de sucedidos, en Yemen se siguen padeciendo en toda su magnitud. Aquellos tímidos movimientos, que terminaron con el gobierno de Ali Abdullah Saleh (1990–2012), dieron inicio a un proceso de convulsión constante, del que no se ha privado de guerras civiles ni de guerras de ocupación, como la que inició Arabia Saudita en 2015 bajo la excusa de reinstalar en el poder a Abd al-Mansour Hadi, vicepresidente de Saleh, quien tras un breve período renunció al cargo de presidente para exiliarse en Riad, donde fue obligado a reasumir.
La intervención militar saudí, conocida como Operación Tormenta Decisiva, más allá de sus incontables apoyos —esencialmente de Washington y Tel Aviv—, sumados a una entente de países árabes y musulmanes encabezados por los Emiratos Árabes Unidos (EAU), nunca pudo vencer a la resistencia houthi, por lo que el conflicto terminó desactivándose en 2020, aunque los Saud nunca reconocieron la humillante derrota.
Esta situación es la que ha terminado por acelerar la anarquía en Yemen, donde hoy juegan tres claros factores de poder. En primer lugar, el grupo Ansarullah (Partidarios de Dios), conocidos mundialmente como huthies, por el nombre de su fundador Hussein Badreddin al-Houthi, que si bien son de origen chií —lo que les proporciona innegables vínculos con Teherán—, al no ser fundamentalistas integran a sus filas sectores populares sunitas, laicos y de izquierda. Además de haber sido los vencedores de la guerra saudita, en la actualidad representan el único movimiento en el mundo que apoya a Palestina de manera concreta y efectiva, atacando cualquier embarcación relacionada con el sionismo que cruce el estrecho de Bab el-Mandeb (la Puerta de las Lamentaciones), hacia o desde el mar Rojo.
La persistente ofensiva huthí, iniciada meses después de comenzado el genocidio en Gaza, provocó un descalabro en el comercio marítimo internacional, obligando a las navieras a realizar trayectos mucho más extensos y, por ende, más demorados. Sus operaciones sobre el mar Rojo no lograron ser interrumpidas a pesar de los constantes bombardeos norteamericanos, británicos y sionistas.
Además del movimiento Ansarullah, operan en la actualidad los grupos apoyados por Arabia Saudita —tras los que se enmascaran Estados Unidos e Israel—, que respaldan al Gobierno Internacionalmente Reconocido (GIR), el cual fue desplazado de Sanná, la capital de Yemen, por Ansarullah.
El tercer actor lo conforman las bandas separatistas financiadas por los Emiratos Árabes Unidos (EAU), que alientan una nueva escisión entre el sur y el norte del país, como ya se vivió durante la Guerra Fría entre 1967 y 1990, cuando en el sur existía la República Democrática Popular del Yemen (RDPY), alineada con el Pacto de Varsovia, mientras que Yemen del Norte respondía a los intereses de Estados Unidos.
El grupo apoyado por los EAU, las fuerzas leales al Consejo de Transición del Sur (CTS), tomó a finales del año pasado, mediante la Operación Futuro Prometedor, áreas ocupadas por fuerzas aliadas del GIR en dos de las gobernaciones más grandes del país, Hadramaut y Al-Mahra, elevando las tensiones entre Riad y Abu Dabi, desde la guerra contra los hutíes, a un punto de no retorno.
La situación obligó a la intervención del reino, que el treinta de diciembre bombardeó la ciudad portuaria de Mukalla, capital de la provincia de Hadramaut, sobre el golfo de Adén, para impedir la recepción de armamento enviado por los EAU desde Fujairah, una ciudad portuaria en la costa oriental de los Emiratos.
Los sauditas consideran particularmente a la provincia de Hadramaut, fronteriza con Arabia Saudita, una zona de seguridad vital, fundamentalmente para el resguardo de las explotaciones petrolíferas próximas a esa frontera.
Si bien esta rivalidad es notoria en el sur de la península arábiga, también se ha expresado en otros escenarios, particularmente en la guerra civil sudanesa, donde Abu Dabi apoya abiertamente con armamento y fondos a las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR) a cambio de ingentes cantidades de oro, además de sostener perspectivas diferentes acerca de la problemática del mar Rojo, donde el reino saudí posee más de mil ochocientos kilómetros de costa, mientras que los EAU se encuentran a más de mil doscientos kilómetros de distancia, al otro lado de la península arábiga, sobre el golfo Pérsico.
Esta injerencia llevó a que el príncipe heredero y hombre fuerte del reino, Mohammed bin Salman (MbS), en su visita a Washington del pasado noviembre, solicitara a Donald Trump que interviniera en Sudán, denunciando la injerencia emiratí en un conflicto donde se profundiza un genocidio no lo suficientemente publicitado en Darfur y Kordofán.
Las operaciones cada vez más intensas entre estas monarquías podrían derivar en una guerra que arrastrase a toda la región, de la que tanto los huthis —jugadores menores en este contexto— como las muy activas khatibas del Daesh y de al-Qaeda para la península arábiga, (AQPA), históricamente una de las más letales de la organización fundada por Osama bin Laden, sacarían claras ventajas.
Desde finales de 2022, Hadramaut, con una población aproximada de dos millones y medio de habitantes —de donde es originaria la familia bin Laden—, ha sido escenario de enfrentamientos entre los separatistas del Consejo de Transición del Sur (CTS) y el Cuerpo de la Guardia Republicana local (no confundir con su homónimo iraní), que controla el interior de la provincia, mientras el CTS es más fuerte en la ribera del golfo de Adén, zona que ha adquirido una importancia sustancial por su creciente producción petrolera, lo que incide de manera fundamental en el presupuesto nacional.
En el imbricado panorama del conflicto yemení debe anotarse otro jugador de peso: la Hermandad Musulmana, que por los vericuetos de la realpolitik se ve obligada a jugar del lado saudí, pese a ser fuerzas históricamente enfrentadas.
Razones para el conflicto
Durante el último año, las fuerzas tribales hadhramíes, lideradas por Amr bin Habrish, se han enfrentado a un discurso cada vez más agresivo por parte de Abu Dabi y sus peones del CTS. Instrumentalizando el control de los yacimientos y produciendo constantes cortes eléctricos en Adén y otros puntos, se ha generado un aumento de las tensiones que ya derivó en enfrentamientos esporádicos entre grupos apoyados por el reino saudí y los emiratíes.
Pese a que la base poblacional de la provincia de Hadramaut se niega a iniciar un conflicto fratricida, es consciente de que ese enfrentamiento solo beneficiaría a potencias extranjeras e incluso a sectores marginales del entramado yemení.
La semana pasada, una delegación conjunta saudí-emiratí intentó encontrar una solución. Mientras Riad pretende la retirada de las fuerzas del CTS del interior de la provincia en disputa y su reemplazo por la unidad creada por los sauditas en 2023 —la Fuerza del Escudo Nacional—, bajo el control directo del presidente del Consejo Presidencial, Rashad al-Alimi.
En este incremento de hostilidades que factores externos —el Reino y el Emirato— ejecutan en Yemen, no pueden obviarse dos cuestiones que golpean muy cerca de este epicentro: la grave conmoción interna de Irán, que quizás como nunca desafía el poder de los ayatolás, abriendo a Trump la excusa perfecta —como si necesitara alguna— para iniciar una escalada bélica contra la República Islámica, lo que terminaría de cerrar los planes sionistas de destruir cualquier factor de oposición a sus políticas expansionistas. En la misma dirección se inscribe el reciente reconocimiento por parte de Tel Aviv de la región semiautónoma de Somalilandia, que le daría a Israel la posibilidad de instalar bases para el monitoreo no solo del Cuerno de África y el golfo de Adén, sino también del centro y el este del continente africano, lo que intensificaría aún más las crisis de una geografía fracturada.
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