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Carlos Revilla M.
Esas recetas son: máxima garantía de libertad con un mínimo de intervención estatal, minimizar el Estado social, reprivatizar la seguridad social, la economía de mercado y este como factor de armonía y la lucha cultural contra nuevos valores y pretensiones de consumo, con regreso a las virtudes antiguas.
Para llevar «prosperidad» se basa en la «teoría de la boñiga de caballo», como la llama el Dr. Thomas Meyer en su folleto Fundamentos del socialismo democrático: lo constante y lo variable donde explica que cuando el caballo come bien, es decir, que cuando la economía de mercado alcanza su plenitud, los pájaros se llenan hasta con las boñigas, o sea, que también se logra una atención satisfactoria de las clases menos favorecidas. Quienes creen en esta teoría afirman que es de mayor provecho, tanto para la economía en su totalidad como para las clases menos favorecidas, fomentar las inversiones mediante la reducción de impuestos, seguir una política orientada hacia la oferta y reducir los salarios.
El Papa Francisco llama a esto «derrame», y a mi me lo enseñaron como «goteo» haciendo la analogía con una copa de champagne totalmente llena en la cual nadan y se divierten los «ricos» y que por estar tan llena gotea o derrama algo del líquido a los «pobres» que están en el piso.
No importa la forma en que se llame, el resultado es que en todas partes donde se ha practicado ese modelo evidentemente ha fracasado, con resultados similares a los del principio del capitalismo: pobreza masiva, miseria social y enriquecimiento de pequeños grupos sociales.
La fuerza del concepto la constituye el hecho de que opera con una retórica de libertad engañosa, moviliza un apoyo masivo del capital y goza de la preferencia de las instancias financieras e inversionistas internacionales. Eso es exactamente lo que propone aquí en Costa Rica el Movimiento Libertario. Por eso ese partido con Otto Guevara a la cabeza es tan peligroso.
Recientemente el Papa Francisco escribió una carta sobre el tema económico donde habla sobre este y otros temas relacionados:
54. En este contexto, algunos todavía defienden las teorías del «derrame», que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando. Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera.
No a la nueva idolatría del dinero
55. Una de las causas de esta situación se encuentra en la relación que hemos establecido con el dinero, ya que aceptamos pacíficamente su predominio sobre nosotros y nuestras sociedades. La crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano! Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano. La crisis mundial, que afecta a las finanzas y a la economía, pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de su orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus necesidades: el consumo.
56. Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. Además, la deuda y sus intereses alejan a los países de las posibilidades viables de su economía y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real. A todo ello se añade una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales. El afán de poder y de tener no conoce límites. En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta.»
Como vemos no dice nada nuevo, pero es bueno recordar —y el Papa lo hace— que los cristianos debemos estar en permanente subversión contra el sistema económico injusto e inequitativo (e intrínsecamente idolátrico y perverso) que produce el neoliberalismo y la teoría del derrame o goteo.
Con aportes de Thomas Meyer, Fundamentos del socialismo democrático: lo constante y lo variable, Cedal 1987.
«El día en que terminemos la guerra contra la mala fe, iniciaremos una nueva guerra: la guerra contra la pobreza.»–dijo don Pepe. El problema es que desde hace algun tiempo la mala fe se incrementó y muchos tambien se nos paran en la escoba, dentro y fuera, los de adentro son los peores porque son traidores y de mals fe