Recordando los salones de baile, mis anotaciones

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Carlos Revilla Maroto

Carlos Revilla

Hace ya algún tiempo que tenía ganas de escribir sobre los salones de baile. Aunque no era mucho de ir a esos lugares y su música, si tengo algunas anécdotas y recuerdos que creo vale la pena compartir. En mis tiempos de juventud lo mío fueron las discotecas, de las que escribí una columna “Boogie Oogie Oogie”, donde menciono a casi todas las de San José y sus alrededores. A los salones fui realmente poco, y no era de los que le sacaba brillo al piso, más bien de los que iban a ver y tomar algunas bebidas espirituosas.

Inicio con un salón de mala muerte que había al sur de San José llamado Broadway, más conocido como “La Batidora” o “El Magirus”. El propietario era una persona cuyos nombres y apellidos se desconocen, pero todos lo recuerdan como “Veintiuno”, vaya uno a saber porqué. Su pista de baile fue famosa por el brillo y la calidad de la madera. Magirus es un fabricante de camiones con base de Alemania, y aquí en Costa Rica siempre se le ha relacionado con camiones pesados de gran potencia.

Hacia el centro de la ciudad se frecuentaban salones de mayor abolengo como “El Sesteo” (en el costado noroeste del Parque Central), donde tocaba la orquesta de Gilberto Murillo; La Orquídea (en el Paseo de los Estudiantes, hoy un parqueo en el barrio Chino), cuya orquesta titular era la de Néstor Cubero, y la Casa España. El Club Unión se caracterizaba por su elegancia, y ofrecía a la orquesta de Rafa Pérez.

En el Hotel Costa Rica se organizaban espléndidos bailes con la orquesta de Julio Barquero. En los años 40, detrás de la Librería Universal se abrió El Bambú, que durante muchos años fue la sede de la orquesta de Lubín Barahona y sus caballeros del ritmo. Ya muy mayores seguían tocando, y entonces le decían la orquesta de Lubín Barahona y sus caballeros del reuma. Aquí debutó el bolerista Jorge Duarte.

Curiosamente los equipos de fútbol tuvieron su salón de baile como la filial del Club Sport Herediano, en el centro de la capital, cerca de la avenida segunda o El salón de la Liga Deportiva Alajuelense. En general, todos los equipos de tradición o que lo fueron de primera división, tuvieron su lugar para bailar. También en los cantones más poblados hubo salas de baile, como la Unión Deportiva Tibaseña, la Unión Deportiva Moravia y en Coronado existió el Club Sport Uruguay. En general habían salones de baile ligados a los equipos de fútbol de sus localidades. En todos se ofrecían bailes con orquesta. Por esos lugares pasaron las mejores orquestas del país y una infinidad de artistas extranjeros.

Memorables también son El Valencia (Curridabat), el Salón de Chepe Sequeira (Guadalupe), El Marabú (Coronado), y el Salón Muñoz (San Pedro). En Zapote El Montecarlo, al costado suroeste del parque Nicaragua, y también El Platense, ambos de gran tradición.

En el antiguo aeropuerto de La Sabana se bailaba los fines de semana con las mejores orquestas de la capital. Por esa zona, en Sabana Sur, también se abrió el Tennis Club. En Escazú, el Country Club reunía a una clientela muy selecta o de clase alta, y la Boite Europa recibía a un público de clase media.

A inicios de los años 50 apareció una singular moda en algunos salones: el baile pirateado. Fue un estilo que hizo el bolero más rápido y cortado, casi un “barroco” del género con aires de pasos de tango. Desde luego, fue mal visto por la alta sociedad y se practicó solamente en los salones de dudosa reputación.

Se cree que ese estilo se originó en el Pirata’s Club, salón de baile en La Uruca, cerca del puente del río Torres. A ese sitio acudían los mejores bailarines, quienes sofisticaron la danza hasta fundar una nueva coreografía, manifestación cultural de la ciudad. Otros afirman que tal baile salió de los salones del centro de San José donde se reunían “marginales” que enfatizaban lo rocambolesco en el bolero. Algunos de esos salones fueron El Murciélago, en la avenida Central; otro, el Salón Rosemary, al sur de la capital, y El Atlético, en las inmediaciones de la parada de buses de la Coca-Cola. Estos lugares fueron bautizados con el nombre de “chisperos”. También se les conocía como “ollas de carne”.

Cerca del Hospital San Juan de Dios existía un lugar famoso por la calidad de la música que contenía su rocola: El Náutico, administrado por la familia Morera; años después, esta fundó otra sala de baile no menos recordada: El Aloha, en barrio Los Ángeles, que todavía existe con el nombre de “Nuevo Aloha Discoteka”. Lo recuerdo más como “»Disco” que salón de baile. Fui varias veces a ese lugar con un amigo que conocía al DJ, que le grababa música. Por esa zona también estuvo El Orión, y en barrio Cuba El Habana.

Por diversos motivos, algunos salones de baile marcaron la historia de San José; dejaron de ser simples lugares de diversión para convertirse en iconos o en referentes de la cultura popular de nuestro país.

El salón Los Juncales, en Desamparados, era obligado para los bailarines de fin de semana por la tarde. La orquesta La Tremenda de los Juncales estaba formada por músicos de otras agrupaciones, que en las tardes tocaban ahí y por la noche cumplían con sus otros compromisos profesionales. En realidad era un balneario con salón de baile.

El Hawaii, en Moravia, fundado por Fernando Castro en 1960, fue la sede de la orquesta La Fabulosa, del recordado maestro Otto Vargas. Toda una generación se convirtió en seguidora de este grupo, y El Hawaii pasó a ser un punto de diversión que ya entró en la mitología urbana. Al Salón Hawaii fui un par de veces en mi juventud, siempre me llamó mucho la atención el anuncio que sacaban los fines de semana en La Nación. Ahora lo que hay en ese lugar es un restaurante chino.

En la misma avenida segunda de San José estaban La Terraza Oriental y El Casino. La Terraza Oriental, estaba en un segundo piso por la antigua Cañada, cerca de la iglesia de la Merced.

A principios de los años 70, en Sabanilla, al costado norte del parque, se fundó el Salón Versalles, donde siempre se presentaban grandes orquestas internacionales como la Billo’s Caracas Boys. Posteriormente se transformó en SUS, la casa del grupo Sus Diamantes con su famoso “A lo que vinimos”, que era —por supuesto— empezar a tocar y bailar. Actualmente donde estaba el salón lo que hay es un Megasuper.

En Puntarenas, durante las famosas temporadas de verano, el salón Los Baños recibía a cientos de bailadores de todo el país. Luego pasó a llamarse el Caracol. Ahí tocaron las mejores orquestas ticas y aparecieron grandes cantantes, quienes se trasladaban a San José en busca de oportunidades. De allí salieron Gilberto Hernández y Luis Molina. En ese puerto también se recuerda el Victory Club y A la Deriva.

Los últimos salones de trascendencia fueron Los Higuerones, Los Maderos, El Gran Parqueo, Los Guayabos, El Yugo, La Galera, Los Jocotes, La Galera, La Cima, El Trapiche de Lencho, Los Gallos, Cabo Kennedy, El Palenque de Ojo de Agua, El Jorón, El Bohío Espacial, El Barco del Amor, El Turrialtico (Turrialba), Las Huacas (Coronado), balneario Las Américas (Turrialba) y Los Molinos (Cartago)entre otros.

El Gran Parqueo y Los Higuerones pertenecían a la familia Astúa y quedaban en San Rafel Abajo de Desamparados, al igual que Los Guayabos y El Gallo.

Preparé un mapa con la localización de algunos de los salones de San José y sus alrededores. Ya casi todos desparecieron y en su lugar hay centros comerciales, parqueos y hasta iglesias.

 
Algunos recuerdos:

Una buena amiga mía me contó que conoció a su futuro esposo en el salón Cabo Kennedy de San Sebastián.

Las Huacas en Coronado ¿salón de baile? Hasta donde recuerdo más bien era un “desnucadero”, había que tirarse al piso para ver algo. Aunque no lo crean, fui un par de veces en mi juventud. Me señalan que los fines de semana sí funcionaba como salón de baile. Ya desapareció y paradójicamente en el lugar hicieron un iglesia evangélica, seguro para purificar tanto pecado.

Recuerdo que en La Galera fue la fiesta de 15 años de una compañera de colegio, si no me equivoco el papá era el dueño. En este lugar se presentaban con frecuencia Los Hicsos. Un voraz incendio consumió la estructura a principios de 1987, hoy es una gasolinera que se llama igual. Es uno de los puntos más conocidos de Curridabat.

En El Jorón, estaba carretera a Desamparados, un poco después del Parque de La Paz, siempre fue todo un acontecimiento cuando venía La Sonora Santanera a la que llaman “La consentida de América”, generalmente para celebrar el Día de las Madres. La Sonora Santanera tiene 70 años, ya que fue fundada en 1955 y este 2025 celebró su septuagésimo aniversario con diversos conciertos y eventos.

Les dejo un recuerdazo de la Sonora:

Conocí el mencionado Trapiche de Lencho. Era un salón muy famoso que quedaba en la Uruca, ahí por donde está el paso a desnivel de circunvalación. Fue uno de los últimos de la vieja guardia en desaparecer. El lugar era muy popular, varias veces nos topamos bailando a conocidos de Guadalupe y Moravia. El nombre era porque Lencho Salazar era el dueño junto a su esposa que me han dicho era la administradora.

Una vez fui a El Yugo en Guadalupe, hoy una venta de ropa americana. Ahí fui a ver a Bienvenido Granda, apodado el “El bigote que canta” por el prominente bigote que siempre lo acompañó. Pude entrar porque iba con un compañero de colegio, que era hijo del dueño del salón. De más está decir que no nos cobraron la entrada y fue un llenazo de bote en bote.

El Bohío Espacial era muy curioso. Quedaba exactamente en el cruce de Guadalupe y Coronado y la figura del salón asemejaba el de una cápsula espacial del tipo Apolo de la Nasa. Se anunciaba como “La cápsula más romántica del mundo”, de hecho decían que era un lugar exclusivo para enamorados. Un conjunto habitual era Taboga. Reconozco que el concepto era muy original.

Otro salón de baile muy famoso fue El Tobogán, también balneario, que quedada en barrio Tournon; hoy un complejo de modernos edificios de oficinas de varios pisos, que por cierto se llama “Centro Corporativo El Tobogán”. El nombre se debe a un enorme tobogán de pago, que había en ese lugar donde uno iba a tirarse. El tobogán aprovechaba un gran desnivel que hay en el lugar, creado por una quebrada, que cuando pasa por ese lugar está entubada. Algunos años después cerraron el tobogán con el balneario, y solo quedó el salón de baile que conservó el nombre de El Tobogán, aunque ya no existía. En ese lugar fui a ver un concierto del desaparecido cantante argentino Leo Dan (ya un poco mayor), para una celebración del Día las Madres.

Todavía existen salones de baile clásicos y lugares para bailar que mantienen viva la tradición, aunque ya no son tan numerosos como antes. Algunos de los más destacados son El Típico Latino en Heredia, Salsa 54 en San José para ritmos latinos, El Balcón (que ofrece clases de bachata los jueves) y otros salones como Garibaldi en Desamparados y el Meylin en Plaza Víquez. Estos lugares son puntos de encuentro para adultos mayores que disfrutan de la salsa, el bolero, el swing criollo y la cumbia en un ambiente de sana diversión.

Si la sociedad es hoy inimaginable sin computadoras, celulares y malles; hace ochenta años no se la concebía sin salones de baile, sitios esenciales de encuentro y socialización que ya pasaron a mejor vida, en su gran mayoría, si cabe la expresión.

Encontré algunas imágenes de los salones de baile, la mayoría de Facebook. Como son muy viejas, las mejoré para tener la mejor experiencia visual posible. Para mejorar la experiencia, curé las imágenes con IA, para eliminarles ruido, desenfoque, y aumentarles la resolución.

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Basado en un Reportaje de Áncora, La Nación del 7 de Diciembre del 2008.

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