Línea Internacional
Guadi Calvo
Mucho antes de que se apagaran el rumor de la Operación Radd-ul-Fitna-1 de las fuerzas de seguridad de Pakistán, para contener la Operación Herof 2.0 (Tormenta Negra) del pasado 29 de enero, una de las mayores ofensivas, en años, del histórico Ejército de Liberación de Baluchistán, por sus siglas en inglés BLA, ahora denominado por el gobierno Fitna al-Hindustan, un atentado suicida contra el imambargah (centro de reunión y recreativo religioso de la comunidad chiita) cerca del centro de Islamabad, volvía a encender las alarmas del gobierno ilegítimo del primer ministro Shehbaz Sharif.
Para la realización del ataque fue elegido el día viernes seis de febrero, por ser el más sagrado del islām y por ende cuando más fieles asisten a las oraciones. El lugar es el imambargah de Khadijah-tul-Kubra, en el barrio residencial de Tarlai a las afueras de la capital pakistaní, que dejó al menos 35 muertos y 136 heridos.
El atentado agrega todavía mucha más presión e incertidumbre al gobierno de Sharif, que por más cambios de denominación que haga a grupos como al BLA, ahora llamado Fitna al-Hindustan, o al Tehrik-i-Taliban Pakistan (TTP), el Fitna al-Khwarij, no consigue evitar que las rondas de ataques se sucedan, con una frecuencia cada vez más corta.
El ministro de Defensa pakistaní, Khawaja Asif, una vez más volvió a denunciar que estos ataques son diseñados en Afganistán y que están financiados por India, que habría triplicado los fondos destinados a estos objetivos.
Según otros analistas, el incremento de los ataques está relacionado con la reciente derrota de India, en la breve guerra de abril del año pasado, a consecuencia del ataque contra turistas indios en el valle de Palagham de la Cachemira bajo la administración de Nueva Delhi. (ver Cachemira, otra vez tormentas).
Asif informó que el shahīd detonó su chaleco explosivo en el interior del centro después de superar a la seguridad apostada en los jardines. Si bien el atacante era un ciudadano pakistaní, con varios viajes registrados a Afganistán, donde habría recibido adoctrinamiento religioso extremo y técnica en explosivos, y que había regresado de su último viaje el año pasado.
Si bien los ataques, y más los de esa magnitud, son poco frecuentes en la capital, a partir del fin del último enfrentamiento con India, los atentados han comenzado a incrementarse, siempre producidos por algunos de los grupos separatistas baluchis, de los que el BLA es el más activo, y bien del Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP), a caballo de la frontera afgano-pakistaní o la Línea Durand, como se la conoce históricamente. En numerosas oportunidades, Islamabad ha acusado a los mulás de Kabul de dar acogida y respaldo al TTP, lo que el Talibán ha rechazado de manera sistemática. Lo que a simple vista es difícil de creer, ya que se sabe que emires importantes del TTP residen en pisos francos en la capital afgana, por lo que en un último raid de la aviación pakistaní a mediados de octubre del año que tuvo a Kabul como un objetivo principal…
Además, fueron atacados blancos en Paktika, Kunar-Kurram, Angoor, Chitral y Baramcha. Y campamentos de la frontera, que es constantemente transitada por los muyahidines, que operan en Pakistán para luego refugiarse en Afganistán, donde tienen sus campamentos no lejos de esa frontera conocida como la Línea Durand.
Hechos que no han dejado de generar intensas discusiones entre Kabul e Islamabad. Cuya máxima escalada fueron los bombardeos de octubre.
Aunque es esta última oportunidad, después del ataque al centro chií, fue el Daesh-K quien se adjudicó el hecho en su canal de Telegram. Esta ha sido la operación más sangrienta en años en Islamabad. La anterior se produjo el 11 de noviembre pasado en el Kachehri (tribunales de distrito), cuando un atacante suicida se detonó en la entrada, matando a unas quince personas e hiriendo a otras cuarenta.
Será necesario preguntarse cómo los terroristas pueden generar este tipo de ataques en lo que se considera la ciudad más segura de Pakistán. Levantada de cero en los años sesenta, por lo que además es la más moderna y quizá la única planificada del país, caracterizada por amplias avenidas, sectores perfectamente delimitados, alta calidad de vida, donde se asientan las élites políticas y empresariales, íntimamente asociadas con la embajada norteamericana y con una población que apenas supera el millón de personas. Por lo que, comparada con los quince millones de Karachi o los doce de Lahore, Islamabad es prácticamente un pueblo fácil de controlar. Teniendo en cuenta que en Islamabad también se asienta la principal estación de la inteligencia militar, el Inter-Services Intelligence (ISI), una de las organizaciones más poderosas y con mayores recursos del país, se presta a suspicacias que los terroristas puedan planificar y realizar sus ataques sin ser detectados antes, a no ser que estos grupos tengan terminales desconocidas en otros centros de poder.
Más allá de que, en términos prácticos, se ha demostrado por la cantidad y la magnitud de ataques insurgentes que se producen de manera continua en Pakistán, la política antiterrorista por parte del Estado sigue siendo ineficaz y mucho más si se tiene en cuenta la estrecha relación del gobierno de Sharif con la Casablanca, por lo que se descarta la injerencia de la CIA; es mucho más que simplemente ineficaz y que resuelve solo con las acusaciones hacia India, que sin duda debe hacer su juego.
Aquí convergen intereses solapados, que podría estar dirigidos a perturbar la ejecución de las importantísimas y trascendentales inversiones de China para su propio desarrollo como la ejecución del Nuevo Camino de la Seda un complejo entramado de rutas ferroviarias y autopistas, el puerto de Gwadar sobre el mar Arábigo en la provincia de Baluchistán, un corredor económico que conecta el norte de Pakistán con el oeste de China, además de oleoducto proveniente de los países del golfo Pérsico, fundamentales para el desarrollo de Beijing.
En este contexto hay que anotar ataques a diplomáticos, ejecutivos y trabajadores chinos, información que, si bien es reservada, se sabe que desde 2021 hasta la actualidad supera los veinte muertos.
El epicentro de la muerte
Entre 2025 y principios de 2026, Asia Central, particularmente Pakistán, Afganistán y el norte de la India, se haya convertido, junto a algunas regiones de África (ver África, otra vez, otra vez y…), en epicentro de las actividades del terrorismo presumiblemente islámico. Marcado un perfil de inestabilidad permanente, rivalidades geopolíticas y la presencia de un importante número de múltiples grupos extremistas, que juegan tanto en las internas locales como en lo regional. Este fenómeno puede traer consecuencias imprevisibles, incluso guerras que, como siempre, se saben cómo comienzan, pero jamás cómo terminan.
Más allá de los innumerables enfrentamientos fronterizos entre Pakistán e India, casi siempre tras una operación terrorista en territorio indio, por parte de “insurgentes” pakistaníes, lo que generó, entre tantas otras, la guerra ya mencionada de abril de 2025, también son numerosos y cada vez más continuos los enfrentamientos que Pakistán mantiene a través de la Línea Durand, ya no con los terroristas del TTP, sino directamente con el ejército del Talibán.
Con la excusa de la persecución de terroristas, Islamabad ha provocado incontables incidentes fronterizos desde la toma del poder del Talibán en agosto del 2021. A lo que hay que agregar el factor de la cada vez más activa presencia de la Wilāyat Daesh Khorasan o ISKP, por sus siglas en inglés. Que concentra la mayoría de sus ataques contra la comunidad chií y las autoridades del talibán en Kabul y el norte del país.
El pasado 19 de enero, un ataque suicida en un restaurante chino en el distrito kabulí de Shahr-e-Naw, Kabul, reivindicado por el ISKP, provocó la muerte de cerca de una decena de personas, entre ellas un ciudadano chino.
En India, si bien los ataques terroristas, a excepción de la región de Cachemira, son menos frecuentes, el pasado 9 de noviembre un ataque explosivo se produjo en proximidades del Fuerte Rojo, uno de los sitios más visitados del país, y dejó al menos quince muertos y treinta heridos (Ver: India Pakistán: ¿Coincidencia, casualidad o acción del enemigo?).
Este panorama sobre la violencia regional remite a históricas rivalidades étnicas, religiosas, que la presencia colonial británica por más de trescientos años solo pareció acrecentar para siempre tener una excusa para la intervención de Occidente o mantener un estado de agitación permanente que les impida a estos pueblos emerger de su monótona violencia.
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