Montecassino, diez ejércitos en el infierno

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Carlos Revilla Maroto

Carlos Revilla

Hay batallas que se ganan con estrategia, y otras que solo pueden sobrevivirse con una dosis de resistencia que roza lo sobrehumano. La Batalla de Montecassino, librada entre el 17 de enero y el 18 de mayo de 1944, pertenece a esta última categoría. No fue solo un enfrentamiento entre Aliados y el Eje; fue una de las contiendas más virulentas, complejas y olvidadas de la Segunda Guerra Mundial. Un crisol donde confluyeron diez ejércitos de todo el mundo —desde marroquíes y neozelandeses hasta indios y brasileños— que tuvieron que enfrentarse a un terreno hostil, un tiempo inclemente e incluso a la furia de la naturaleza en forma de erupción volcánica del Vesubio.

Para comprender la magnitud de lo ocurrido, es necesario hablar de la Línea Gustav. Tras el desembarco aliado en Salerno y el penoso avance por la bota italiana, los alemanes, bajo el mando del mariscal Albert Kesselring, construyeron una formidable red de fortificaciones que cruzaba Italia de costa a costa. Esta línea defensiva, la más sólida de las tres que los alemanes levantaron en la península, aprovechaba los accidentes geográficos más abruptos. En su centro neurálgico, dominando el valle del Liri —la puerta natural hacia Roma—, se alzaba la abadía benedictina de Montecassino.

Fundada en el siglo VI por San Benito de Nursia, la abadía se erigía como un centinela de piedra a 516 metros de altura. Mientras el complejo montañoso permaneciera intacto, el avance aliado hacia la capital italiana era un sueño imposible. Los alemanes habían convertido cada cueva, cada risco y cada sótano en un búnker. Lo que siguió fue una pesadilla de cuatro meses que la historia, gracias a autores como Peter Caddick-Adams que con su libro «Montecassino: diez ejércitos en el infierno» (de donde tomé el nombre para mi columna) está narrando con la vividez que merece.

Las fuerzas aliadas se toparon con un muro de piedra y con la determinación de los «Diablos Verdes», los paracaidistas de élite de la Luftwaffe (Fallschirmjäger). Estos soldados, veteranos de Creta y del frente ruso, eran expertos en la defensa de posiciones imposibles. En las cumbres nevadas, los gurkhas nepaleses protagonizaron asaltos suicidas con sus cuchillos kukri, mientras en los valles, los tanques estadounidenses quedaban sepultados en el lodo bajo un fuego de artillería que no daba tregua. Los soldados vivían en «foxholes» excavados en la roca viva, compartiendo el espacio con el frío glacial, los piojos y el olor de una tierra que no permitía sepultar a los muertos.

La segunda ofensiva, en febrero, estuvo marcada por un error táctico catastrófico: el bombardeo masivo de la abadía. El general neozelandés Bernard Freyberg, convencido erróneamente de que los alemanes la usaban como observatorio artillero, solicitó su destrucción. El 15 de febrero, 142 fortalezas volantes B-17 y 87 bimotores lanzaron 600 toneladas de explosivos sobre el monumento milenario.

Paradójicamente, la destrucción le regaló al enemigo un campo de ruinas perfecto. Los alemanes, que hasta ese momento no habían ocupado el monasterio por respeto a su valor histórico y religioso, se atrincheraron en los escombros. Las enormes vigas de madera, los bloques de granito y los sótanos profundos se transformaron en nidos de ametralladoras casi indestructibles. El santuario se había convertido, por obra del propio bombardeo aliado, en una fortaleza inexpugnable.

En medio de esta carnicería, surgió un gesto de lucidez que salvó la memoria de Occidente. El teniente coronel alemán Julius Schlegel, bibliotecario de profesión en Viena, previó que la abadía quedaría reducida a polvo. Sin órdenes oficiales y arriesgándose a un consejo de guerra por «derrotismo», convenció al abad Gregorio Diamare de evacuar los tesoros.

Schlegel utilizó camiones de su división para trasladar al Vaticano más de 70 000 volúmenes de la biblioteca, casi 1 200 manuscritos únicos y obras maestras de Tiziano, Rafael y Brueghel. Gracias a este oficial «culto en uniforme», las reliquias de San Benito y el patrimonio artístico de la abadía sobrevivieron al fuego aliado y a la rapiña nazi que solía acompañar estas retiradas.

La perseverancia y el sacrificio colectivo dieron frutos en mayo de 1944. En la cuarta y definitiva ofensiva, el asalto final fue encomendado al II Cuerpo Polaco del general Władysław Anders. Para estos hombres, la batalla tenía un tinte personal y trágico, eran soldados que habían sobrevivido a los campos de trabajo soviéticos (Gulags) y que ahora luchaban por una patria que sabían que sería entregada a Stalin tras la guerra.

Lucharon con la desesperación de quien no tiene nada que perder. En medio de los peñascos, la leyenda recuerda a Wojtek, un oso pardo sirio adoptado por los artilleros polacos en Irán, que cargaba cajas de municiones de 25 libras (11,3 kg) hacia las líneas de fuego. Finalmente, el 18 de mayo, una patrulla del 12º Regimiento de Lanceros de Podolia logró izar una bandera polaca improvisada sobre las ruinas humeantes de la abadia. La Línea Gustav había caído tras un avance de apenas 130 kilómetros que costó la vida de más de 50.000 soldados de ambos bandos.

Es asi como la tragedia de Montecassino nos enseña que, a veces, el ímpetu por destruir al enemigo termina destruyendo la civilización misma. Los Aliados bombardearon una joya del siglo VI creyendo que ahí estaba el mal, y lo único que lograron fue darle al mal un refugio de piedra más fuerte.

Aquella decisión, nacida de la desesperación y la falta de visión táctica, no acortó la guerra; solo la hizo más amarga y costosa. Fue una victoria que dejó un sabor a ceniza, recordándonos que cuando la fuerza bruta ignora la historia y la cultura, termina convirtiéndose en su propio obstáculo. Montecassino se reconstruyó piedra por piedra después de 1945, pero el vacío de las miles de vidas jóvenes de diez naciones distintas quedó allí, en esas laderas, como un monumento permanente a la locura de intentar «limpiar» el camino mediante la aniquilación de lo sagrado. La victoria de Roma llegó el 4 de junio, pero el mundo ya miraba hacia Normandía, dejando a los mártires de la Gustav en un olvido que solo el tiempo empieza a reparar.

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Anexo

Wojtek, el oso soldado

Montecassino
Estatua de Wojtek en Edimbugo, Escocia.

En medio de la carnicería de Montecassino, entre el estruendo de los obuses y el barro de las laderas italianas, una figura descomunal se movía entre los soldados del II Cuerpo Polaco. No llevaba uniforme, pero sí un número de serie oficial y el rango de cabo. Se llamaba Wojtek, y era un oso pardo sirio de casi 200 kilos.

Su historia comenzó en las montañas de Irán en 1942, cuando unos soldados polacos —recién liberados de los campos de trabajo soviéticos— se lo compraron a un niño huérfano a cambio de unas latas de conserva. El osezno, cuya madre había sido abatida por cazadores, se convirtió en el alma de la 22ª Compañía de Suministros de Artillería. Los soldados lo alimentaban con leche condensada en botellas de vodka vacías y, más tarde, el oso desarrolló gustos muy particulares: le encantaba beber cerveza con sus compañeros y «fumar» (o más bien comerse) los cigarrillos que le regalaban.

Cuando la unidad recibió órdenes de embarcar hacia Italia para unirse a la campaña aliada, surgió un problema burocrático: los reglamentos británicos prohibían mascotas en los barcos de transporte. La solución de los polacos fue típicamente ingeniosa: enlistaron a Wojtek oficialmente. Se le asignó el rango de soldado raso, una libreta de paga y una ración de comida militar.

Durante el asalto final a la abadía en mayo de 1944, Wojtek demostró que su alistamiento no era una broma. Al ver a sus compañeros exhaustos bajo el fuego enemigo, el oso empezó a imitarlos. Sin que nadie se lo ordenara, comenzó a cargar cajas de municiones de artillería de 25 libras desde los camiones hasta las piezas de fuego. Los testigos narran que el animal caminaba erguido sobre sus patas traseras, entregando los proyectiles con una precisión asombrosa y sin soltar ni una sola caja a pesar de las explosiones cercanas.

Su hazaña fue tan celebrada que la unidad cambió su insignia oficial por la silueta de un oso cargando un proyectil de artillería, emblema que lucieron con orgullo hasta el final de la guerra.

Tras la victoria, Wojtek fue trasladado con su unidad a Escocia. Mientras que a sus compañeros humanos les esperaba el amargo destino de no poder regresar a una Polonia ahora bajo la bota comunista de Stalin, Wojtek encontró refugio en el Zoológico de Edimburgo en 1947. Allí vivió hasta su muerte en 1963, convertido en una celebridad local, donnde incluso le hicieon una estatua. Cuentan los cuidadores que, cada vez que escuchaba a alguien hablar en polaco entre los visitantes, el viejo oso se ponía de pie y saludaba, esperando que algún antiguo camarada le lanzara, como en los viejos tiempos en las laderas de Italia, un cigarrillo para merendar.

Hoy, la memoria de Wojtek permanece viva no solo en los libros de historia, sino en el bronce. En los Jardines de Princes Street, en Edimburgo, una estatua lo muestra caminando junto a su cuidador, mirando hacia el horizonte. Es un tributo a la lealtad de un animal que, sin entender de fronteras ni ideologías, cargó con el peso de la guerra para ayudar a sus amigos. En Polonia y Escocia, Wojtek sigue siendo el símbolo de una libertad que, aunque lejana para muchos de sus camaradas en 1945, se conquistó con garras y dientes en las ruinas de Montecassino.

Anexo 2

Los Gurkhas, los señores del acero en el Himalaya

Gurkhas

Si el asalto a Montecassino fue un infierno de piedra, los Gurkhas fueron sus guardianes más feroces. Provenientes de las altas cumbres de Nepal, estos soldados menudos pero de constitución de hierro, servían en el ejército británico bajo un lema que hiela la sangre: «Es mejor morir que vivir como un cobarde».

En las laderas de la Colina del Castillo y el Monte Hangman, donde el bombardeo aliado había convertido el terreno en un laberinto de cráteres y rocas afiladas, los Gurkhas protagonizaron gestas que rayan en lo imposible. Mientras las divisiones acorazadas quedaban atascadas en el barro del valle, los batallones de fusileros nepaleses trepaban por riscos casi verticales bajo un fuego de ametralladora incesante.

Su arma legendaria, el Kukri (un cuchillo de hoja curva y pesada), se convirtió en el terror de los paracaidistas alemanes. Se cuenta que en las noches cerradas de los Apeninos, los Gurkhas se infiltraban en las posiciones enemigas en absoluto silencio. Su técnica era tan depurada que podían eliminar centinelas sin que se disparara un solo tiro, moviéndose entre las sombras como fantasmas de la montaña.

Durante la tercera batalla en marzo de 1944, el 1er Batallón del 9º de Fusileros Gurkha logró lo que parecía un suicidio táctico: capturar una posición a solo unos cientos de metros de la abadía en ruinas. Allí, aislados durante días, sin suministros y bajo un bombardeo constante, rechazaron contraataque tras contraataque. Cuando se quedaban sin munición, recurrían a las piedras o a cargas frontales con sus cuchillos. Su resistencia fue tal que los alemanes, que respetaban profundamente el valor combativo, llegaron a llamarlos «los guerreros de la sombra».

Al final de la campaña, el sacrificio de estos hombres venidos del techo del mundo fue altísimo. Miles de kilómetros lejos de sus hogares en el Himalaya, los Gurkhas dejaron su sangre en las raíces de la cultura occidental, defendiendo una libertad que apenas conocían con una lealtad que no admitía cuestionamientos.

Hoy, en el cementerio militar de Forlì y en las placas conmemorativas de Montecassino, sus nombres resuenan con la misma fuerza que el viento de sus montañas, recordándonos que el valor no se mide en centímetros, sino en el filo de la voluntad.

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