Milei resucita a Maquiavelo

Enrique Gomáriz Moraga

Enrique Gomariz

La intervención de Javier Milei ante el Foro de Davos apenas ha recibido la atención que el presidente argentino buscaba. Pese a su sorprendente primer anuncio, la muerte de Maquiavelo, los medios políticos y periodísticos, sobre todo en su propio país, han realizado únicamente referencias, positivas o negativas, de aspectos políticos específicos, haciendo caso omiso del contenido central de su discurso.

Creo, sin embargo, que este desprecio cultural es poco productivo, sobre todo desde quienes se oponen al planteamiento de Milei y en particular desde los ámbitos de la izquierda. Tal vez responde a esa soberbia moral e intelectual de la que se acusa al pensamiento progresista.

Soy de esa opinión, porque pocas veces se escucha un argumentario tan amplio en el plano de la cultura política. No importa si la forma en que lo plantea Milei es poco sofisticada, tanto en el fondo como en la forma. Es irrelevante la manera petulante de iniciar su intervención: “Estoy aquí frente a ustedes para decirles de modo categórico que Maquiavelo ha muerto”. Tampoco importa mucho que su presentación fuera notablemente defectuosa (dicción deficiente, equivocaciones, balbuceos). Ya se sabe que Milei no es bueno leyendo discursos. Lo que realmente interesa es el intento de desplegar un planteamiento de cultura y filosofía política, que para dar lustre a su acción de gobierno; lo cual ya es un dato significativo: al parecer, un proyecto gubernamental no se sostiene únicamente con la actuación descarnada del poder, sino que necesita de un discurso, un argumentario, un relato, que lo justifique moral y cognitivamente.

El mandatario argentino afirma que Maquiavelo ha muerto porque ya no se sostiene su máxima más conocida: el fin justifica los medios. Desde luego, las reflexiones del autor florentino son algo más amplias y complejas, pero eso tampoco es muy relevante (cabe preguntarse, desde luego, hasta dónde ha llegado Milei en su lectura de Maquiavelo).

En todo caso, el presidente no justifica bien como se relaciona la supuesta muerte de la tesis de Maquiavelo con el resto de su discurso en Davos. Parece sugerir algo que la izquierda no autoritaria ha confirmado hace mucho tiempo: que los medios tienen que poseer consistencia moral con los fines. No resulta moralmente aceptable que se empleen medios perversos para conseguir un buen fin. Algo que se ha repetido, al menos desde mediados del siglo pasado (por ejemplo, con el maestro Norberto Bobbio, que, por cierto, fue doctor honoris causa de la Universidad de Buenos Aires). De esta forma, traer a colación la difunta máxima de Maquiavelo, más que certificar su deceso supone su sorprendente resurrección.

Los dos componentes principales de la intervención de Milei han sido, por un lado, lo que los polemistas llaman “vestir al maniqueo”, es decir convertir al oponente en un estereotipo para atacarlo, y por otro lado, el que más interesa, ofrecer un planteamiento sustantivo alternativo en términos de cultura política.

El presidente argentino habla del socialismo como un universo de ideas inespecífico donde caben desde el totalitarismo estalinista hasta el pacifismo de Olof Palme. En todo caso, se trataría del elemento perturbador que ha tergiversado los valores de Occidente. De esta forma, la diferencia entre un partido laborista defensor de la libertad y la democracia y la dictadura sangrienta de Maduro solo es una cuestión de grado. El objetivo es vestir al maniqueo de forma que sea fácil apalearlo. Pero la naturaleza de esa falacia se manifiesta más claramente cuando Milei expone su planteamiento alternativo.
Aunque no se hace explícito, la causa de la muerte de la máxima maquiavélica parece ser que, para la búsqueda del bien común (fin último), ya no solo puede sostenerse que el capitalismo de libre empresa es el medio más eficiente, sino que también es un medio consustancialmente justo desde una perspectiva moral. Es decir, resulta un medio coherente con la bondad del fin.

Para demostrarlo, Milei hace un recorrido un tanto disperso que va de Jenofonte a Pareto, pero tiene como referencia frecuente al libertario español Jesús Huerta de Soto, un economista exliberal que se ha radicalizado hasta devenir en anarcocapitalista. Así, Huerta, a fuer de combatir el estatismo ahora propone la eliminación total del Estado. No ofrece algún sistema político alternativo: al más puro estilo paleoanarquista, asegura que ese sistema de organización sociopolítico se ira construyendo espontáneamente, una vez que desaparezca por completo el Estado. A la vista de las experiencias históricas, también en España, puede afirmarse que existe un alto riesgo de que sea peor el remedio que la enfermedad. No hay que confundir el consenso existente contrario al estatismo, y la consiguiente valoración del mercado como instrumento de asignación de recursos, con la utopía -vieja por lo demás- del espontaneísmo anarquista.

Cuando Milei enuncia los elementos valóricos que justifican la bondad del libre mercado alude a los valores tradicionales de occidente: la filosofía griega, el derecho romano y los valores judeo-cristianos. Es decir, aquellos valores occidentales “antes de que fueran corrompidos por el socialismo”. Este salto atrás considerable oculta una pirueta moral descarada. Simplemente desconoce el hito histórico de la triada revolucionaria (americana y europea) que dio paso a la modernidad: libertad, igualdad y fraternidad. Al retener únicamente el primer elemento (con el que suele cerrar coléricamente sus discursos), sin ubicarlo en el contexto de la triada, su planteamiento resulta sustantivamente premoderno.

Resulta falso, pues, que haya sido cualquier socialismo el responsable de corromper los valores occidentales, aunque sea cierto que la izquierda violenta y estatista lo haya hecho. La pirueta de Milei consiste en ocultar los valores occidentales modernos, los cuales, como se ha repetido mil veces, incorporan dilemas que hay que encarar democráticamente; el más frecuente, la necesidad de encontrar un equilibrio valórico e instrumental entre libertad e igualdad. Se han vertido ríos de tinta en torno a cómo enfrentar ese dilema y las nefastas consecuencias que tiene desconocerlo y optar por uno de los elementos de esa diada. La utopía de obsesionarse con la igualdad, dejando caer la libertad, ha conducido a sistemas políticos autoritarios que promueven la corrupción y destruyen la convivencia democrática. Desde el ángulo opuesto, el planteamiento de que la libertad radical, que conduce al anarquismo político y económico, permite el máximo desempeño social de manera armónica y espontanea, resulta otra nefasta utopía. Conduce inequívocamente al darwinismo social donde solo los más dotados tiene derecho al bienestar social; en términos de Milei, aquellos que son capaces de maximizar la función empresarial que mueve la sociedad.

En suma, evitar el dilema de la triada moderna no tiene nada de novedoso y mucho menos de revolucionario. Y, además, la experiencia histórica muestra sobradamente que empecinarse en desconocer los dilemas que plantea el cuadro valórico de la modernidad no es algo sostenible y produce mucho daño mientras dura.

El pomposo anuncio de que Maquiavelo ha muerto no fue otra cosa que la búsqueda desesperada de un titular, en la esperanza de que se multiplique en las redes sociales. La máxima que se atribuye al intelectual florentino hace tiempo que fue desechada por la teoría política, también por izquierda no autoritaria, precisamente a partir del cuadro valórico de la modernidad, y solamente una monumental ignorancia de la evolución de las ideas políticas en el siglo XX puede tratar de traer ese cadáver de la cultura política a la mesa, para escenificar de nuevo su deceso.

Revise también

Yayo Vicente

Inquisición

Circunloquio [*] Los juicios inquisitoriales no buscaban justicia en el sentido moderno, sino uniformidad religiosa …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *